29 de marzo de 2019

De cómo conocí a Margarita Velásquez y aprendí a respetar a Juana la Loca

Afiche: Tomado de MUA: Mujeres en las Artes

Juana la Loca y yo nunca fuimos amigas. Soy más bien retraída, nunca he sido visitante asidua de cafés ni bares, y dejé de ir a fiestas desde antes de salir de la adolescencia. Cuando consumo alcohol, procuro que no sea en exceso, y de preferencia lo hago entre amistades de mucha confianza. Me molesta el humo del cigarro y rehúyo los espacios donde lo que empieza como diversión termina en insultos, agresiones o vómitos. Sí, lo sé, soy fresa y aburrida; pero agradezco que me permitan ser y sentirme cómoda. Por estas razones, el personaje de Juana la Loca me intimidaba, y tristemente no conocía a Margarita Velásquez, la mujer que estaba detrás.
Hace más de tres décadas, yo salía una noche del Teatro Manuel Bonilla acompañada de un grupo de personas, después de haber asistido a una de las presentaciones del Festival Bambú. Sorpresivamente, escuché que una mujer que yo no conocía nos gritaba: «¡Ajá, grandes putas que andan corriendo atrás de un pene comunista!». Asustada y avergonzada, pregunté quién era, y alguien me dijo: «Es Juana la Loca».
Reconozco que me ganó el prejuicio, y durante mucho tiempo no fui capaz de valorar la poesía de Juana Pavón.  Sin embargo, con los años aprendí a reevaluar muchos de mis criterios, sobre todo desde la óptica de la reivindicación de las mujeres. No había logrado interesarme por completo en esta autodenominada «poeta de la calle», cuyo desparpajo me seguía intimidando, pero había podido entender e identificarme con algunos de sus poemas.

Cuando Juana enfermó gravemente comencé a percibirla de otra manera. Coincidimos en una lectura de poesía que se hizo en el Parque Central de Tegucigalpa, y nos fotografiamos juntas. No me insultó, y yo la saludé con respeto. Para mi sorpresa, después me envió una «solicitud de amistad» por una red social, y la acepté de inmediato. Me alegró que comentara una foto de mi gata Matilda, y así me enteré de que tenía compañeros felinos, como yo.
La vida hizo que el teatro, tal como aquella lejana noche me mostró la parte agresiva de Juana la Loca, el personaje, después me permitiera conocer a Margarita Velásquez, la mujer. El grupo teatral Bambú, el mismo que todos los años organiza el festival del mismo nombre, montó la obra Juana la Loca del salvadoreño Carlos Velis, adaptada y dirigida por la maestra Luisa Cruz, como parte de su campaña para recaudar fondos destinados al tratamiento de Juana. La obra fue escrita en 2002, y seguramente ya había sido representada muchas veces; pero para mí fue todo un descubrimiento, porque por primera vez conocí la historia de Margarita Velásquez, huérfana, pobre, abusada y violada a temprana edad, golpeada una y otra vez, presa, engañada, maltratada (ahora lo sé) hasta por hombres icónicos del pensamiento marxista hondureño. Entonces me di cuenta de que ese muro de insultos, ese apenas subsistir entre el estado alcohólico y la resaca, eran la única forma posible de mantener la cordura. Y entendí también cuán increíblemente brillante tuvo que ser su talento poético para nacer y afianzarse entre tanta miseria.
Margarita Velásquez falleció en la madrugada del 28 de marzo, me ilusiona creer que en paz, rodeada del cariño sincero que le prodigaba la gente. Soy por naturaleza escéptica y muchas veces me quejo de nuestra ingenuidad como pueblo; pero el que de muchas maneras se haya comprendido y reivindicado a Juana me muestra que aún hay esperanza.
Despedimos a Margarita Velásquez, pero Juana Pavón se queda. Por derecho propio tiene un lugar junto a Clementina Suárez, Amanda Castro y otras precursoras y transgresoras. Solo espero que, como en el caso de Clemen, pasado el fragor de las anécdotas podamos llegar a la justa valoración de su vida y su obra. Y, puestas a esperar, también espero que terminen la misoginia, el abuso y el maltrato. Que ninguna niña ni mujer tenga que pasar por lo que pasó Margarita. Que no sea necesario pelear con tanta desesperación por ocupar el lugar que como mujeres, como seres humanos, nos pertenece.
María Eugenia Ramos
Tegucigalpa, 29 de marzo de 2019.

19 de marzo de 2019

En el Día del Padre


Ventura Ramos con sus hijas María Eugenia y Gertrudis,
en su casa del barrio La Guadalupe de Tegucigalpa, años sesenta.

En Honduras, un país con tantas desigualdades y carencias, donde además históricamente ha predominado la cultura de la violencia, tener un padre presente, amoroso y protector, es un privilegio. Yo soy una de las afortunadas que lo tuvo y que vivió una infancia feliz, aunque el dinero no sobraba.

Recuerdo con cariño los remiendos que mi madre hacía en mi uniforme escolar, y entiendo ahora que esa era una de las mil maneras en las que ella se las ingeniaba para estirar el salario de mi padre, escaso a pesar de que en ese momento tenía tres empleos, como periodista y como maestro de español en jornada diurna y nocturna. Por suerte, en mi escuela pública, la República de Honduras de la colonia Alameda de Tegucigalpa, ir con el uniforme remendado no era extraño. Después entendí que, aun con mi uniforme remendado, yo poseía ciertos privilegios, como el estar bien alimentada y tener un techo confortable. Pero el mayor privilegio era el de ser una niña querida y protegida, que disfrutaba al máximo su infancia. Y ese disfrute se debió, en gran parte, a mi padre.

De rostro adusto, casi pétreo, con fuertes facciones indígenas, tanto que alguna vez le llamaron con cierta ironía «Dios del Maíz», Ventura Ramos no reflejaba a simple vista las cualidades que le hacían un gran maestro y padre excepcional. Sin embargo, sus colegas de la escuela primaria donde fungió como director durante su juventud recuerdan que solía jugar fútbol con sus estudiantes en el patio de la escuela, para indignación de los supervisores del ministerio de Educación, que exigían más «disciplina». Y ese mismo trato horizontal fue el que años después practicó en casa, con sus hijas. Con nosotras jugaba como si fuera un niño más; lo voseábamos y podíamos llamarlo «mico», lo que de hecho le encantaba. No es de extrañar que los bebés se sintieran a gusto en su presencia, y que los gatos, a los que adoraba, lo siguieran por la calle como perros, ante la extrañeza de los vecinos.

Su compromiso y militancia política no fueron excusas para no estar presente en nuestras vidas. Mi hermana mayor nació entre los bombardeos, durante el golpe de Estado contra Jacobo Arbenz en Guatemala, donde mis padres estaban exiliados, y mi padre tuvo que refugiarse en la Embajada de Ecuador, para después emigrar a Guayaquil. No pudo reunirse con su familia sino hasta tres años después, en Tegucigalpa, y tuvo que ganarse el cariño de su hija, que para entonces llamaba «papá» a uno de mis tíos maternos. Pero nunca más se volvió a alejar. Eso sí, oíamos Radio Habana Cuba de forma clandestina durante el golpe de Estado de 1963. Como periodista, mi padre siempre tuvo un aparato de radio con capacidad para captar frecuencias extranjeras. Además, en nuestra casa encontraron refugio algunos líderes, así como las pinturas de nuestro muralista Álvaro Canales, quien al exiliarse en México las dejó al cuidado de mi padre.

Cada vez que alguien cumplía años en la casa, nos despertábamos con «Las mañanitas», interpretadas por mariachi tradicional, en los discos de vinilo que mi papá ponía. Por las mañanas desayunábamos oyendo un programa de música clásica que transmitía una emisora local. Y en época navideña, esa misma música se escuchaba en casa todo el día. A él le debo mi afición por algunos clásicos como «El amor de las tres naranjas», de Prokofiev, y el ballet «La bella durmiente», de Tchaikovsky.

Aunque alguna vez mostró rezagos de machismo, como cualquier hombre hondureño, nacido además en una época cuando el patriarcado no se cuestionaba, siento que logró superar esa mentalidad, como lo demuestra el hecho de que me compartiera con entusiasmo las historias de las heroínas soviéticas y francesas de la Segunda Guerra Mundial. Con él jamás me sentí amenazada o disminuida; por el contrario, siempre me alentó y me apoyó, aunque no estuviera de acuerdo con alguna de mis decisiones.

Le debo la autoestima, esa sensación de que valgo, el sentimiento incomparable de haber sido escuchada desde niña; y también el ateísmo, que agradezco porque no acudo a poderes sobrenaturales, sino que encuentro en mi interior lo que necesito para enfrentar el mundo. Nos dejó herencias de valor incalculable: el amor por los libros y la literatura, el amor por los animales, el sentido de dignidad y justicia. Veo con alegría que mi hermano Carlos Ventura, aunque no se crió físicamente con mi padre, ha sido a su vez un progenitor responsable y amoroso, y su descendencia refleja esos mismos valores.

Los recuerdos de mi infancia, la visión del mundo que me inculcó mi padre, son el fundamento de lo que soy ahora, y también las tablas que me han hecho salir a flote cuando las circunstancias han sido difíciles. Por todo eso, papá, Ventura Ramos, gracias. Como atea que soy, no pienso que me estés viendo desde algún lugar; mejor aún, pienso que mucho de tu espíritu se quedó dentro de mí, en tu descendencia, y en esos jóvenes, hombres y mujeres, que de diversas maneras y en múltiples frentes siguen dando la pelea porque Honduras no se hunda.

Tegucigalpa, 19 de marzo de 2019.


18 de marzo de 2019

De cercanías y extrañamientos: "Crónica de una cercanía", de Janet Gold


Palabras para la presentación del libro Crónica de una cercanía. Escritos sobre literatura hondureña*


Agradezco a Isolda Arita la deferencia de haberme pedido que la acompañe en la presentación de esta colección de ensayos sobre literatura hondureña que nos obsequia Janet Gold, con el título de Crónica de una cercanía.

Quiero comenzar refiriéndome a la cuidada presentación del libro, que en la cubierta tiene una fotografía de las gradas del barrio La Leona, con flores y plantas colgantes, complementada en la contracubierta por una Janet muy joven, con pañuelo en la cabeza, sosteniendo un ramo de flores en los arcos de los apartamentos Walter. Son imágenes que retratan una Tegucigalpa que vive en nuestra nostalgia, pero de la que solo quedan pequeños islotes en un mar de concreto y puentes a desnivel que nos han quitado identidad como ciudad. En consonancia con el título del libro, nos hacen imaginar el contenido testimonial de estas crónicas, en las que la autora nos narra los inicios de su aproximación a la literatura hondureña y sus impresiones de Honduras y su gente a lo largo de cuatro décadas.

Nuestro medio no es el más propicio para la literatura, como bien lo constata Janet Gold.  La sociedad hondureña está signada por el prejuicio, la politiquería, la mentalidad patriarcal, el clientelismo y la corrupción, males que se reflejan en las dificultades que aún hoy persisten en la tarea de escribir y publicar; no es de extrañar que para las mujeres escritoras el desafío de ser entendidas y aceptadas ha sido, y sigue siendo, mayor que para los escritores hombres. 

Janet Gold vino a Honduras la primera vez para dar clases en una escuela privada, pero cuando regresó, años después, lo hizo atraída por la figura de una mujer que no solo desafió los tabúes de la época, sino que se desafió a sí misma, evolucionando como poeta hasta llegar a constituir una voz precursora cuyos ecos nos siguen nutriendo. Me refiero, por supuesto, a Clementina Suárez. La biografía que Janet Gold escribió, Retrato en el espejo, sigue siendo el principal referente a la hora de profundizar en la vida de esta poeta fundacional, precursora del vanguardismo en Honduras. Cuando, en conjunto con la Editorial Guaymuras, nos propusimos acercar la vida de esta mujer icónica a los niños y niñas de Honduras, no resultó difícil, porque ya existía esta investigación aderezada con el cariño que Janet llegó a sentir por Clementina y por Honduras.

Pero Clementina no ha sido la única mujer destacada que Janet Gold encontró en sus exploraciones del mundo literario y cultural hondureño. En este libro hay referencias a muchas mujeres, incluyendo los primeros intentos de organización de las mujeres escritoras, que datan de los años noventa. Y hace especial mención de dos mujeres que por diferentes razones son imprescindibles en la historia de la vida cultural del país: Leticia de Oyuela y Amanda Castro. Doña Lety aparece retratada con la elegancia y refinamiento europeo que la caracterizaban y su trabajo incansable en la investigación y la difusión del arte y la cultura de Honduras. Amanda aparece como poeta, editora y luchadora social, figura destacada del movimiento LGTBI en el país. Ambas, al igual que Clementina, ya fallecieron, pero al igual que ella continúan viviendo en nuestro imaginario social.

Crónica de una cercanía, sin embargo, no está dedicada exclusivamente a las mujeres escritoras, sino que es un panorama general construido a retazos, con base en conferencias y trabajos académicos, así como en vivencias personales de su autora, y contextualizado en nuestra realidad política y social, incluyendo el golpe de Estado de 2009. Por sus páginas desfilan iniciativas editoriales privadas y del Estado, la tradición oral, algunos colectivos culturales, organizaciones no gubernamentales, la visión de Janet del pueblo minero de Santa Lucía, Miriam Sevilla y su esfuerzo por hacer teatro infantil en una ciudad pequeña, y escritores de épocas y estilos tanto coincidentes como divergentes, entre ellos, Roberto Castillo, Roberto Sosa, José Luis Quesada y Raúl Arturo Pagoaga.

No es un trabajo exhaustivo ni actualizado; la autora está consciente de ello y así nos lo advierte en el preámbulo. Se trata más bien de una recopilación de nombres, datos y experiencias que por determinadas razones la atrajeron como investigadora. Sin embargo, tiene mucho valor como testimonio del devenir histórico de la literatura hondureña, desde la mirada de una académica extranjera. En lo personal, yo espero que Janet continúe su cercana relación con Honduras y con nuestra literatura; ojalá, por ejemplo, incluya en futuros estudios la ficción de los últimos 18 años, en especial la narrativa escrita por mujeres.

Quiero felicitar a Editorial Guaymuras por esta publicación, y agradecerle a Janet Gold por el cariño que estas páginas demuestran hacia un país donde constantemente nos preguntamos si vale la pena escribir, o simplemente vivir, y donde, como Janet acertadamente intuyó, permanece una sensación de pérdida y extrañamiento más que de cercanía. Parafraseando a Clementina Suárez, y en el espíritu de búsqueda e inconformidad de Janet Gold como investigadora, la respuesta sería que tenemos que “destruir y construir, ser relámpago, trueno, despertar a los niños y a las niñas, para arrasar las podridas raíces de este pueblo”[1].

Tegucigalpa, 1 de agosto de 2018.



* 2018. Tegucigalpa: Editorial Guaymuras. 308 pp. ISBN 978-99926-54-94-1
[1] Suárez, Clementina (1969). “Combate”, en El poeta y sus señalesTegucigalpa: Universidad Nacional Autónoma de Honduras, 1969.

1 de marzo de 2019

Carta a mi hija

María Eugenia Ramos y su hija Andrea, 1987.
Hace unos años yo tenía a una recién nacida en brazos y pensaba: “¿qué voy a hacer con esta niña?” Eran tiempos duros, aún estaba vigente en Honduras la doctrina de seguridad nacional, y yo apenas dos meses atrás había regresado de años de exilio, con una panza de siete meses. Volví pensando ingenuamente que la criatura que llevaba en el vientre debía nacer en mi país, y también porque mi familia me extrañaba y me había brindado su ala protectora.

Mi embarazo, especialmente en los primeros meses, no fue agradable. Nunca lo describiría como una experiencia maravillosa. No tiene nada de maravilloso, primero, darte cuenta de que estás embarazada cuando no tenés estabilidad de ningún tipo, y segundo, vomitar varias veces al día, como pasó durante los primeros tres meses. Según la creencia popular, los vómitos indican que la criatura tendrá mucho pelo, y al menos en este caso la predicción fue acertada, porque lo primero que vi de mi niña fue una gran mata de cabello oscuro, parado como el de sus ancestros lencas.

Las cosas mejoraron en el último trimestre. Don Leo Valladares, que posteriormente fue Comisionado Nacional de los Derechos Humanos, intercedió para que pudiera regresar a Honduras. Él me recibió personalmente en el aeropuerto; por ello le guardo gratitud eterna. Los días previos al nacimiento estuvieron marcados siempre por la incertidumbre y el temor, pero ya estaba en mi país y en mi casa.

A las doce de la noche de un 11 de septiembre (aniversario del golpe de Estado en Chile) me ingresaron en el Hospital Materno Infantil, hoy Hospital Escuela. Un amigo exdirigente estudiantil, quien hacía su internado, ofreció estar pendiente de mí. En la práctica, no pudo hacer otra cosa que saludarme con la mano desde la ventanilla, y velar desde afuera, supongo. Fueron otros médicos los que nos atendieron a un grupo de parturientas, entre ellas una niña de catorce años. Había gritos por todas partes, y los médicos y las enfermeras hacían chistes, diciendo que estábamos pagando el gusto que nos dimos en las navidades del año anterior.

Yo, otra vez ingenuamente, había estado leyendo sobre el “parto sin dolor”, y pensé que con estar mentalizada sería suficiente. Resistí unas horas, pero no soporté más cuando el médico metió su mano en mi vagina para romper la fuente y acelerar el parto. Aun ahora puedo gritar fuerte cuando me lo propongo, así que me imagino que mis alaridos estuvieron entre los más destacados del concierto. Ya uno de los residentes jóvenes había previsto que mi parto tendría que ser por cesárea, porque soy bajita y de caderas estrechas, pero el médico jefe se empeñó en que tenía que ser “natural”. No fue sino hasta la aparición de meconio, signo de sufrimiento fetal, que el médico jefe entendió que la cesárea era inevitable.

No todo fue terrible, por supuesto. Entre los residentes de obstetricia se encontraba un antiguo conocido, Rigoberto, con quien habíamos sido compañeros en el grupo de teatro del Instituto Hibueras. Él me confortó diciéndome: “yo te voy a hacer la cesárea, vas a ver que no te va a quedar mal la cicatriz”. Sin embargo, el médico jefe se empeñó en que el estudiante no podía hacerla, y él mismo me practicó un corte vertical desde el ombligo hasta el pubis, como se acostumbraba en la época, que me dejó una cicatriz muy abultada, que solo se suavizó con el tiempo. Mi hija nació a las doce del mediodía de un 12 de septiembre, gritando a todo pulmón, con su cabello como bandera, y lo primero que hizo cuando la pusieron sobre la camilla fue darse vuelta, como presagio de lo valiente y obstinada que sería en lo adelante.

Parir era la parte fácil, como lo sabe toda mujer que ha pasado por esa experiencia. Después vinieron las noches interminables de desvelo, el quedarme dormida dando de mamar, la pila de pañales sucios, todo ello acompañado del dolor de la cesárea. Fue como si un tren me hubiera pasado encima. No, no fue agradable en lo absoluto. Le doy el crédito a Marlom, el padre de mi hija, porque me acompañó y asumió sin reservas toda la carga, salvo dar de mamar, porque no podía. No es un hombre ni un padre perfecto, porque nadie lo es, pero mientras convivimos lo dio todo con la mejor voluntad, especialmente en esa época.

Así que no, esa no fue una experiencia maravillosa. Pero hay algo que sí es maravilloso. Con todos mis tropiezos, por alguna razón mi única hija es inteligente, hermosa, valiente, perseverante, estudiosa, esforzada, sensible y de buen corazón. Creció casi sin que me diera cuenta y es ahora mi mejor amiga, la que está pendiente de mí, la que sabe lo que me llega al alma; y, mejor aún, sabe ser ella misma, luchar por sus propios sueños. Desde niña ha enfrentado adversidades y agresiones, ha sabido disfrutar cada etapa de su vida y asumir cualquier desafío. Ella no necesita copiar lo que yo soy, no es una versión de mí; es una mujer independiente que me hace cada día no solo quererla, sino también admirarla.

En esta fecha celebro dos vidas: la de mi hija Andrea y la de mi padre Ventura Ramos, “Tata” para la familia, que nos dejó físicamente el 12 de septiembre de 1992. Sé que estaría muy orgulloso de ver los logros de la “mapachina”, como la llamó cariñosamente alguna vez, por su costumbre, cuando bebé, de ver el mundo recostada en mi hombro, de tal manera que solo asomaban sus ojos grandes y oscuros.

Feliz cumpleaños, Andrea María. No sabés lo orgullosa que me siento de verte fuerte, empoderada y noble, de compartir y aprender de vos en este recorrido. Ese es el significado de que yo te diga “mami” más veces de las que te digo “hija”, porque los papeles se entrecruzan e intercambian, y mi experiencia de vida se enriquece con la tuya.

Tu mami.

12 de septiembre de 2018.

Publicado en la revista digital de letras y artes La Zebra, septiembre de 2018.