31 de marzo de 2018

Semana Santa en Granada - Un texto de Federico García Lorca

Semana Santa en Granada

Federico García Lorca

Estatua de Federico García Lorca en la Plaza de Santa Ana, Madrid.
Foto: Lourdes Cardenal (Wikimedia Commons).

El viajero sin problemas, lleno de sonrisas y gritos de locomotoras, va a las fallas de Valencia. El báquico, a la Semana Santa de Sevilla. El quemado por un ansia de desnudos, a Málaga. El melancólico y el contemplativo, a Granada, a estar solo en el aire de albahaca, musgo en sombra y trino de ruiseñor que manan las viejas colinas junto a la hoguera de azafranes, grises profundos y rosa de papel secante que son los muros de la Alhambra. A estar solo. En la contemplación de un ambiente lleno de voces difíciles, en un aire que a fuerza de belleza es casi pensamiento, en un punto neurálgico de España donde la poesía de meseta de San Juan de la Cruz se llena de cedros, de cinamomos, de fuentes, y se hace posible en la mística española ese aire oriental, ese ciervo vulnerado que asoma, herido de amor, por el otero.

A estar solo, con la soledad que se desea tener en Florencia; a comprender cómo el juego de agua no es allí juego como en Versalles, sino pasión de agua, agonía de agua. O para estar amorosamente acompañado y ver cómo la primavera vibra por dentro de los árboles, por la piel de las delicadas columnas de mármoles, y cómo suben por las cañadas arrojando a la nieve, que huye asustada, las bolas amarillas de los limones.

El que quiera sentir junto al aliento exterior del toro ese dulce tictac de la sangre en los labios, vaya al tumulto barroco de la universal Sevilla; el que quiera estar en una tertulia de fantasmas y hallar quizá un vieja sortija maravillosa por los paseíllos de su corazón, vaya a la interior, a la oculta Granada. Desde luego, se encontrará el viajero con la agradable sorpresa de que en Granada no hay Semana Santa. La Semana Santa no va con el carácter cristiano y antiespectacular del granadino. Cuando yo era niño, salía algunas veces el Santo Entierro; algunas veces, porque los ricos granadinos no siempre querían dar su dinero para este desfile.

Estos últimos años, con un afán exclusivamente comercial, hicieron procesiones que no iban con la seriedad, la poesía de la vieja Semana de mi niñez. Entonces era una Semana Santa de encaje, de canarios volando entre los cirios de los monumentos, de aire tibio y melancólico como si todo el día hubiera estado durmiendo sobre las gargantas opulentas de las solteronas granadinas, que pasean el Jueves Santo con el ansia del militar, del juez, del catedrático forastero que las lleve a otros sitios. Entonces toda la ciudad era como un lento tiovivo que entraba y salía de las iglesias sorprendentes de belleza, con una fantasía gemela de las grutas de la muerte y las apoteosis del teatro. Había altares sembrados de trigo, altares con cascadas, otros con pobreza y ternura de tiro al blanco: uno, todo de cañas, como un celestial gallinero de fuegos artificiales, y otro, inmenso, con la cruel púrpura, el armiño y la suntuosidad de la poesía de Calderón.

En una casa de la calle de la Colcha, que es la calle donde venden los ataúdes y las coronas de la gente pobre, se reunían los «soldaos» romanos para ensayar. Los «soldaos» no eran cofradía, como los jacarandosos «armaos» de la maravillosa Macarena. Eran gente alquilada: mozos de cuerda, betuneros, enfermos recién salidos del hospital que van a ganarse un duro. Llevaban unas barbas rojas de Schopenhauer, de gatos inflamados, de catedráticos feroces. El capitán era el técnico de marcialidad y les enseñaba a marcar el ritmo, que era así: «porón..., ¡chas!», y daban un golpe en el suelo con las lanzas, de un efecto cómico delicioso. Como muestra del ingenio popular granadino, les diré que un año no daban los «soldaos» romanos pie con bola en el ensayo, y estuvieron más de quince días golpeando furiosamente con las lanzas sin ponerse de acuerdo. Entonces el capitán, desesperado, gritó: «Basta, basta; no golpeen más, que, si siguen así, vamos a tener que llevar las lanzas en palmatorias», dicho granadinísimo que han comentado ya varias generaciones.

Yo pediría a mis paisanos que restauraran aquella Semana Santa vieja, y escondieran por buen gusto ese horripilante paso de la Santa Cena y no profanaran la Alhambra, que no es ni será jamás cristiana, con tatachín de procesiones, donde lo que creen buen gusto es cursilería, y que sólo sirven para que la muchedumbre quiebre laureles, pise violetas y se orinen a cientos sobre los ilustres muros de la poesía.

Granada debe conservar para ella y para el viajero su Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa, que yo recuerdo que el aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la plaza Nueva.

Porque así será perfecta su primavera de nieve y podrá el viajero inteligente, con la comunicación que da la fiesta, entablar conversación con sus tipos clásicos. Con el hombre océano de Ganivet, cuyos ojos están en los secretos lirios del Darro; con el espectador de crepúsculos que sube con ansias a la azotea; con el enamorado de la sierra como forma sin que jamás se acerque a ella; con la hermosísima morena ansiosa de amor que se sienta con su madre en los jardinillos; con todo un pueblo admirable de contemplativos, que, rodeados de una belleza natural única, no esperan nada y sólo saben sonreír.

El viajero poco avisado encontrará con la variación increíble de formas, de paisaje, de luz y de olor la sensación de que Granada es capital de un reino con arte y literatura propios, y hallará una curiosa mezcla de la Granada judía y la Granada morisca, aparentemente fundidas por el cristianismo, pero vivas e insobornables en su misma ignorancia.

La prodigiosa mole de la catedral, el gran sello imperial y romano de Carlos V, no evita la tiendecilla del judío que reza ante una imagen hecha con la plata del candelabro de los siete brazos, como los sepulcros de los Reyes Católicos no han evitado que la media luna salga a veces en el pecho de los más finos hijos de Granada. La lucha sigue oscura y sin expresión... ; sin expresión, no, que en la colina roja de la ciudad hay dos palacios, muertos los dos: la Alhambra y el palacio de Carlos V, que sostienen el duelo a muerte que late en la conciencia del granadino actual.

Todo eso debe mirar el viajero que visite Granada, que se viste en este momento el largo traje de la primavera. Para las grandes caravanas de turistas alborotadores y amigos de cabarets y grandes hoteles, esos grupos frívolos que las gentes del Albaicín llaman "los tíos turistas", para ésos no está abierta el alma de la ciudad.


23 de enero de 2018

Despedida a un gran poeta y a un gran periodista


2017 ha terminado y 2018 comienza con la pérdida de vidas valiosas para Honduras. Además de las muertes resultado de las acciones represivas contra la población que se manifiesta en las calles contra el fraude electoral, han partido dos de los personajes más representativos del siglo XX, que desde diversas trincheras contribuyeron a forjar ciudadanía: el poeta José Adán Castelar y el periodista Manuel Gamero.

José Adán Castelar, uno de los más reconocidos y queridos poetas hondureños, falleció el 25 de diciembre de 2017, a los 76 años de edad. Lo conocí a finales de la década de los ochenta, en las tertulias literarias de la época. Era un hombre sencillo, de voz pausada, que obsequiaba generosamente sus libros y sus lecturas. Escribió unas palabras para la contratapa de mi libro de poesía Porque ningún sol es el último. Años después tuve el honor de colaborar en la edición de uno de sus poemarios, dedicado a Ramón Oquelí, otra de las figuras ilustres de la Honduras del siglo XX.

El poeta Castelar compartió las ideas antiimperialistas de mi padre, Ventura Ramos, de quien fue amigo personal, como también lo fue el periodista Manuel Gamero, quien falleció el 14 de enero de 2018, a los 81 años de edad, gozando de un respeto bien ganado como uno de los pocos comunicadores sociales en Honduras que ha hecho honor a la función del periodismo, que va mucho más allá de simplemente informar o entretener.

Conocí a Manuel Gamero en las oficinas de Diario Tiempo, del que fuera fundador y director desde su fundación en 1976 hasta su cierre forzado en 2015, ante las acciones judiciales contra las empresas del grupo Rosenthal. Mi padre, Ventura Ramos, era el editorialista del diario, cargo que desempeñó desde su fundación hasta que se vio forzado a renunciar a mediados de la década de los ochenta, a consecuencia de las presiones ejercidas en su contra, que los dueños del medio no pudieron enfrentar.

Con gran generosidad, Manuel Gamero me permitió trabajar como reportera del diario durante unas vacaciones, de diciembre de 1976 a enero de 1977. En ese entonces yo era una adolescente que acababa de finalizar el segundo año de magisterio, pero mi padre quería que desarrollara mi habilidad para escribir. Así fue como durante dos meses compartí el ambiente de aprendizaje y compañerismo que se vivía en el diario, con periodistas en ese entonces apenas un poco mayores que yo, como Vilma Gloria Rosales, que fue mi mentora, y Héctor Barletta, entre otros.

Fui testigo de la gran amistad entre mi padre y Manuel Gamero, forjada en el trabajo, pero también en las lecturas, el gusto por la buena música y el buen licor. Durante años se reunieron a diario para conversar sobre el editorial del día, lo que naturalmente implicaba analizar la realidad del país. Mi padre era marxista y Manuel Gamero era liberal. Pero ambos compartían profundas convicciones democráticas y un amor por su país y por su gente que iba más allá de sus respectivas militancias. Cuando mi padre se vio forzado a renunciar al diario que contribuyó a fundar, Manuel Gamero le dijo: “Don Ventura, aquí siempre va a haber una oficina para usted”. Aunque por dignidad no aceptó el ofrecimiento, mi padre agradeció profundamente esas palabras.

No tengo dudas de que el poeta Castelar y el periodista Gamero, comprometidos por distintos caminos con el ideal de una sociedad democrática, partieron con el dolor de ver el enorme retroceso de Honduras en materia de derechos civiles y políticos. Vivieron sus últimos días en la atmósfera de zozobra e incertidumbre generadas por un golpe de Estado permanente, iniciado en 2009 y afianzado con una reelección inconstitucional y la instauración de una dictadura que demuestra valerse de cualquier medio para aplastar a la oposición.

Más allá de los discursos de ocasión, los aportes de Castelar y Gamero se suman a los de Visitación Padilla, Clementina Suárez, Ventura Ramos y demás hombres y mujeres cuyas vidas han sido ejemplo de compromiso con el oficio de escribir y con la misión de construir patria. Ellos y ellas son nuestros referentes, las luces que esperamos alumbren el camino y nos permitan encontrar el final del túnel.

Tegucigalpa, 17 de enero de 2018.

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