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15 de abril de 2020

Alicia



Eugenia Alicia Suazo Bú en su nonagésimo cumpleaños, el 6 de septiembre de 2012, en su modesta casa del barrio La Guadalupe de Tegucigalpa, donde vivió durante casi sesenta años, hasta el momento de su muerte. La acompañamos, de izquierda a derecha, sus hijas María Gertrudis y María Eugenia, y su sobrina Marcia Flores. Detrás, su sobrino segundo Andy Rivera, y al frente su bisnieto Daniel Gutiérrez Ramos. Foto: Gustavo Campos.


Cuando hablo de esta maternidad insumisa, rebelde, desobediente, no se trata tanto de idealizar la maternidad como de darle ese valor político, social y económico que tiene y que le ha sido negado.
Esther Vivas

Mi mamá me enseñó a luchar.
Pinta callejera anónima

De acuerdo con mi prima Marcia, quien es el arca viva donde se depositan muchos de nuestros secretos familiares, el verdadero nombre de mi madre no era Alicia, sino Felícita. Como no le gustaba, en cuanto le fue posible se lo cambió por Eugenia Alicia, acudiendo al mecanismo de solicitar reposición de partida de nacimiento por medio de abogado, en una época en la que el trámite no requería demasiadas comprobaciones.
Tal es la razón por la que su tarjeta de identidad la declara nacida en 1928, en San Pedro Sula, y no en 1922, en Santa Cruz de Yojoa, que son su año y lugares reales de nacimiento; por tanto, legalmente habría muerto a los 91 años y no a los 97. Por mi prima, siendo adolescente, me enteré del cambio de nombre, pero entonces no le presté mucha atención a ese hecho. Ahora comprendo que fue un auténtico acto de rebeldía y de afirmación de sí misma, en una época en la que las mujeres no soñaban siquiera con atreverse a cambiar nada de lo que la sociedad, o la familia, les hubieran impuesto.
Salvo en trámites oficiales, no utilizaba su primer nombre, Eugenia, que según sus raíces griegas significa «la bien nacida, de buena estirpe»; sin embargo, me lo heredó a mí, y después a una de sus nietas. Sus hermanas y hermanos la llamaban Alicia, o «Alis» (Alice), probablemente debido a que, a pesar de las dificultades económicas familiares, logró estudiar y graduarse con honores en el centro educativo que es hoy Instituto Acasula, entonces prestigiosa academia de secretariado de San Pedro Sula, donde enseñaban inglés como segunda lengua. Fue discípula de la recordada educadora Carmen Castro, fundadora y en ese entonces directora de la institución.
Mi madre fue hija de Marcelino Suazo, un coronel de cerro, como se les llamaba por no haber asistido a ninguna academia militar, el segundo marido de mi abuela Ernestina Bú. Mi abuela era de Santa Bárbara, de piel blanca, como muchas de las mujeres de esa zona. En cambio, mi madre se parecía más a mi abuelo Marcelino, que era de piel oscura; además, tenía el cabello rizado. Por tal razón, solían decirle, cariñosa o despectivamente, según la situación, «la Negra».
Mi abuelo Marcelino, a quien no conocí sino en alguna antigua foto, forma parte de las leyendas de la familia. Siendo de filiación nacionalista, se opuso a la reelección de Tiburcio Carías Andino, quien lo habría mandado a matar. Mi mamá y mis tías juraban que una noche de tormenta, cuando mi abuelo estaba de viaje, se escucharon claramente los cascos de su caballo frente al portón de la casa. Salieron a abrir, pero no había nadie. A la mañana siguiente, a mi abuela le llevaron la noticia de que la noche anterior a su marido lo habían «venadeado», es decir, emboscado en un sendero de montaña.
Mi abuela Ernestina tuvo en total trece hijos, tres varones y diez mujeres, incluyendo dos «de crianza», como se les llamaba. Mi madre era de las hijas de en medio. De acuerdo con lo que ella misma nos contaba, era rebelde de niña, al punto de ser la víctima favorita de la faja de mi abuela, siempre ocupada y probablemente poco paciente con tantas criaturas a su cargo. Para escapar del castigo, se subía a los árboles, habilidad poco «femenina» en la Honduras de las primeras décadas del siglo XX.
No es de extrañar que mi abuela fuera anticariísta, siendo de familia liberal y habiendo quedado viuda por mandato del dictador. Pero imagino que no estaba preparada para que su hija Alicia, entonces soltera, llevara la militancia al punto de unirse a las huestes de mujeres que en los años cuarenta desafiaban al dictador, saliendo a marchar a las calles. Mi madre, junto a otras de sus compañeras, viajó de San Pedro Sula a Tegucigalpa, donde conoció a Visitación Padilla y fue su discípula. Cuando la Editorial Guaymuras me confió la tarea de narrar la vida de Visitación Padilla en forma de cuento infantil, me fue fácil hacerlo alrededor de la figura de una abuela —que es mi madre— y su nieta, que en la vida real se llama Alicia, pero es bisnieta de mi madre y tiene muchos menos años que la niña de mi historia.
Siendo participante activa en la lucha anticariísta, conoció a un hombre bastante mayor que ella, que ya había estado casado antes y tenía un hijo. Por coincidencia, él también había cambiado su nombre; sus documentos oficiales decían Buenaventura Ramos, pero él decidió acortarlo y fue, para todos los efectos, Ventura Ramos. Se unió a este hombre que, años después, fue mi padre, y por tanto, cuando yo nací, me convertí en una de las hermanas menores de su hijo Carlos Ventura. Según los estándares occidentales, mi padre no era atractivo físicamente; le decían «el Indio», y en efecto, era un campesino lenca que se había hecho maestro con grandes dificultades, y que después se convirtió en periodista autodidacta, marxista y ateo por convicción, característica esta última que yo heredé.
Aunque mi madre siguió siendo liberal y católica, lo siguió a su exilio en Guatemala. Allá, durante el golpe de Estado perpetrado por la CIA y Castillo Armas, nació mi hermana mayor, entre los bombardeos. Mientras mi padre —para entonces redactor de Nuestro Diario, el órgano oficial del gobierno democrático de Jacobo Arbenz— se asilaba en la embajada de Ecuador, mi madre subsistió con grandes penurias junto a su hija recién nacida, hasta que logró regresar a Honduras. Unos años después, mi padre también logró volver de su exilio y se reunieron como familia, en la que nací yo.
Mis primeros recuerdos de infancia son los de ambos, mi madre y mi padre, turnándose para leerme cuentos antes de dormir. Mi madre era una gran lectora y se caracterizaba por tener un amplio vocabulario y muy buena dicción. Su único título formal fue el de secretaria taquimecanógrafa, pero siempre tuvo pasión por aprender. Siempre la recuerdo combinando los quehaceres domésticos con la lectura. Estudió corte y confección y llegó a ser una modista muy solicitada por mujeres de buena posición económica. Durante mi niñez y adolescencia, siempre hizo la ropa que vestíamos mi hermana y yo, incluyendo abrigos —para cuando hacía frío en Tegucigalpa, en la época decembrina— confeccionados con muy buen gusto, combinando cuerina y lana; además, forrados y exquisitamente terminados. Debía tener ya más de cincuenta años cuando se inscribió en un curso libre de electricidad y fontanería que el Instituto Técnico Luis Bográn impartió para amas de casa.
Estas cualidades, aunadas a un liderazgo innato, hicieron de mi madre una referente familiar. A ella le pedían consejo sus hermanas y hermanos, mayores y menores. En mi casa vivieron muchos parientes, tanto del lado materno como paterno. Mi prima Marcia, hija de una de las hermanas menores de mi madre, es como mi tercera hermana, porque vivió durante unos años en mi casa. El apartamento donde yo vivo ahora fue originalmente una especie de sótano, resultado de la topografía de montaña del terreno donde mi padre construyó la casa familiar. Allí vivieron, en diferentes épocas, mi prima Justina y mi primo Aníbal, sobrinos de mi padre, ambos ya fallecidos, así como mi tía Lupe, con su esposo y sus hijas. Hoy me sorprende que, con el escaso salario de mi padre, complementado con los ingresos ocasionales de mi madre, vivíamos sin mayores estrecheces y podíamos apoyar a otros miembros de la familia; aunque en realidad no es de extrañar, porque no teníamos ningún lujo, ni siquiera comodidades dadas por hecho, como el televisor, que yo tuve por primera vez hasta que formé mi propia familia.
No fue sino hasta muchos años después que llegué a valorar las enormes dotes de ahorro con las que mi madre contrarrestaba la tendencia de mi padre a dejar su salario, primero en libros, por supuesto, y después en varias máquinas de escribir, muchos bolígrafos, que solía llevar visibles en los bolsillos de sus camisas, y que regalaba a sus estudiantes, y mucho whisky, el único lujo que se permitió mientras pudo. Íbamos a la escuela con el uniforme cuidadosamente remendado por mi madre, pero eso nunca dio lugar a que nos vieran de menos, porque nuestro medio social, en ese sentido, era mucho más indulgente que el actual.
Fue así como ambos, mi padre y mi madre, nos criaron con una visión del mundo menos centrada en comodidades materiales, y más en principios como la honestidad y el trabajo. Nos formaron en la solidaridad, no solo con la familia, sino con los movimientos sociales. Durante los años setenta, mi madre no estaba muy cómoda con que yo, a los catorce años, adquiriera un compromiso político, pero terminó resignándose. Nuestra modesta casa fue siempre lugar de reunión donde llegaban militantes de todas las edades, estudiantes y profesionales. Siendo mi padre un periodista respetado incluso por la derecha, mi hogar fue en ocasiones refugio de perseguidos políticos, como el ya fallecido Mario Sosa Navarro, dirigente del Partido Comunista, a quien recuerdo porque, siendo yo muy niña, era el señor que vivía en mi casa, de donde no salía, y que me hacía pajaritas de papel.
Fue muy doloroso para ella dejarnos ir, primero a mi hermana, a estudiar, en los años setenta, y después a mí, a principios de los ochenta, como parte de los grupos de jóvenes que no aceptábamos la aplicación de la doctrina de seguridad nacional ni la invasión de Honduras por tropas norteamericanas. Ella, como siempre lo hizo, colaboró con los movimientos revolucionarios de Centroamérica, llegando incluso a transportar en una ocasión un arma oculta en su cartera. Ahora se puede contar, sin temor de que nadie la persiga por esa razón. Años después, fue mi madre quien viajó para irnos a traer y garantizar que estuviéramos seguras, primero a mi hermana, con su hija recién nacida, y luego a mí, embarazada, en cuanto hubo condiciones para que cada una pudiera regresar.
Fallecido mi padre, el compromiso social de mi madre continuó siendo el mismo. Sin llegar a afiliarse a ningún otro partido, se alejó por completo del Liberal, corresponsable, junto con los militares, de las violaciones a los derechos humanos en Honduras en la década de los ochenta. Paradójicamente, fue durante un gobierno liberal de matices progresistas, el de Manuel Zelaya Rosales, que mi madre, y con ella sus hijas, empezamos a distanciarnos, no de las causas en las que siempre creímos, pero sí del caudillismo que caracterizó a su administración. No nos convencía en absoluto la trayectoria de un terrateniente, hijo del dueño de la hacienda donde se perpetró la matanza de Los Horcones, señalado de estar involucrado en la tala de bosques y tráfico de madera, que hizo carrera como político de profesión justamente en el partido corresponsable de la aplicación de la doctrina de seguridad nacional en Honduras. Con la socarronería propia de sus raíces de occidente, mi madre solía decir: «No puedo creer yo que alguien se acueste siendo reaccionario y se levante siendo revolucionario».
La última actividad política que recuerdo en la que mi hermana y ella participaron juntas fue acompañar la huelga de los fiscales, en 2008. El proyecto de la «cuarta urna» fue para nosotras, por principio anticontinuistas y antidictatoriales, el hecho que terminó de distanciarnos de lo que, para algunos sectores considerados de izquierda y buena parte de los gremios, era una revolución. Para nosotras sencillamente nunca lo fue.
Hoy reconozco que nuestra alergia al poder nos impidió entender en su momento que, por poco confiable que fuera la trayectoria y el estilo de gobierno de la administración liberal de Zelaya, significó un avance en cuanto a políticas sociales. No fuimos capaces de prever y no estábamos preparadas para responder cuando ocurrió el golpe de Estado de 2009, sin que ello de ninguna manera significara que lo apoyáramos, como con frecuencia se me acusa cada vez que cuestiono el caudillismo ciego y la mentalidad patriarcal de muchos de mis antiguos excompañeros.
En las elecciones de 2017, yo voté por el candidato de la alianza contra Juan Orlando Hernández, como la última y desesperada opción en ese momento para intentar detener la reelección anticonstitucional, y mi madre regresó a su antigua militancia liberal, votando por Luis Zelaya. Pero ambas coincidimos en nuestra oposición al fraude y a la dictadura.
Mi madre tuvo la fortuna de continuar siendo una mujer activa hasta más allá de los noventa años, con buena condición física y notable lucidez. Hasta hace dos años, incluso estando ya muy enferma, ella fue siempre quien preparó comidas exquisitas para las cenas familiares de Navidad y año nuevo. La celebración para la que no cocinó fue la que organizamos en casa para su nonagésimo cumpleaños, ocasión en la cual logramos reunir a varias de sus amistades y miembros de la familia. El escritor Gustavo Campos me ayudó a preparar un asado, y le llevé mariachis para que le cantaran Las mañanitas. La foto que acompaña este escrito es de ese día.
No fue sino hasta en los últimos dos o tres años de su vida que la afectó una enfermedad neurológica. Poco a poco se fue deteriorando su condición, y en el último año habíamos perdido ya a esa mujer brillante y guerrera, doblegada por un dolor constante que por momentos la hacía gritar.  Se refugió en su religión, aferrada a la esperanza de un milagro que la curara, ya que la medicina no tenía respuesta para su caso. A su avanzada edad, había sobrevivido a todos sus hermanos y hermanas, así como a prácticamente todas sus amistades. Había hecho otras nuevas, pero la dificultad para moverse, aunada al deterioro progresivo de la vista y la audición, le trajo aislamiento social, solo roto por sus bisnietos, y Olga, una de sus numerosas sobrinas, que la visitaba con sus hijas.
Estando ya muy enferma, recibió el ofrecimiento de una buena amiga, que sabía de nuestras estrecheces económicas y tenía un alto cargo en el primer período presidencial de Juan Orlando Hernández, sobre la posibilidad de recibir una pensión del Estado, en su condición de viuda del reconocido periodista Ventura Ramos. Mi padre, a pesar de haber trabajado durante décadas en el periodismo y la docencia, en sus últimos años en Diario Tiempo y en la Escuela de Periodismo de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, no logró dejarle a mi madre más que una mísera pensión por viudez del Seguro Social. Unánimemente nuestra respuesta fue que no, que muchas gracias, pero jamás recibiríamos una limosna de ese gobierno. Supongo que mi madre se lo expresó de forma más diplomática a la amiga, agradeciéndole la buena intención.
Mi hermana Gertrudis, que además de ser doctora en medicina heredó la vocación de cuidadora, consultó a numerosos especialistas sobre la enfermedad de mi madre, probó diversos tratamientos y estuvo pendiente de ella día y noche, con el apoyo de Gloria, una amiga que trabajó en mi casa cuando yo era niña, y que volvió para acompañarlas. A pesar de su esmero, mi madre dejó de comer y de dormir. Como resultado, su condición física empeoró, y ya estaba perdiendo la lucidez. Finalmente, el universo mostró un poco de misericordia. Unos minutos antes de la medianoche del domingo 12 de abril, repentinamente dejó de respirar. Cuando la ingresamos de emergencia a la clínica, en los primeros minutos del 13 de abril, ya había muerto. El acta de defunción certifica que tuvo un paro cardiorrespiratorio.
Tener un fallecimiento en la familia es difícil en cualquier circunstancia, pero lo es aún más cuando el país está en cuarentena debido a una pandemia. No pudimos honrarla como debió ser; de la morgue del hospital tuvimos que trasladarla al lugar de su entierro, y solo pudimos estar presentes sus dos hijas y una de sus nietas. Sin embargo, agradecemos infinitamente las muestras de solidaridad que centenares de personas, incluso algunas desconocidas, nos han hecho llegar por medio de redes sociales, llamadas y mensajes.
Creímos que ella, que gustaba tanto de las flores y las plantas, se iría sin una sola flor; pero una amiga generosa llegó a la puerta de la casa con dos hermosos arreglos florales, que dejamos sobre su tumba. Gracias, Gloria Rodríguez, por ese gesto. Gracias a la Cámara Hondureña del Libro, Mujeres Unidas en las Artes Leticia de Oyuela, Grupo de Sociedad Civil y Foro Nacional de Sida, por los acuerdos de duelo en los que públicamente nos han expresado sus condolencias.
Para ella, como ferviente católica que fue, los rituales religiosos eran muy importantes. Le agradezco al padre Ángel Castro el haberla visitado en nuestra casa, hace algún tiempo, por medio de la gestión de mi buena amiga Isolda Arita. Y hace aproximadamente un mes logré que llegara a confesarla un sacerdote de la iglesia La Guadalupe, parroquia a la que pertenecía. Espero haber contribuido así a que su tránsito haya sido sereno, y que, habiéndose ido en los últimos minutos de un Domingo de Resurrección, haya encontrado la luz en la que creía.
Habiendo llegado a tan avanzada edad, mi madre conoció varios mundos, temporal y geográficamente, y vivió bajo al menos tres dictaduras, incluyendo la que oficialmente fue «gobierno democrático», la de Roberto Suazo Córdova, y la actual de Juan Orlando Hernández, que nos tiene a merced de la corrupción, la impunidad y el crimen organizado.
No siempre estuvimos de acuerdo con Alicia, y en ocasiones se quejaba de que yo «le había sacado canas verdes», y que era «más rebelde que un varón». Pero me siento orgullosa de haber tenido como madre a una mujer como ella, que fue capaz de decidir su propio nombre, que desafió la autoridad materna subiéndose a los árboles, que combatió a una de las dictaduras más siniestras y prolongadas que hemos tenido, que puso su vida en riesgo en varias ocasiones por su país y por su gente. Sus luchas y contradicciones forman parte de lo que yo soy, como también forman parte de la historia de Honduras, donde siempre hemos existido mujeres tercas, empeñadas en construir, de todas las formas posibles, la esperanza.
María Eugenia Ramos
Tegucigalpa, 15 de abril de 2020.

19 de marzo de 2019

En el Día del Padre


Ventura Ramos con sus hijas María Eugenia y Gertrudis,
en su casa del barrio La Guadalupe de Tegucigalpa, años sesenta.

En Honduras, un país con tantas desigualdades y carencias, donde además históricamente ha predominado la cultura de la violencia, tener un padre presente, amoroso y protector, es un privilegio. Yo soy una de las afortunadas que lo tuvo y que vivió una infancia feliz, aunque el dinero no sobraba.

Recuerdo con cariño los remiendos que mi madre hacía en mi uniforme escolar, y entiendo ahora que esa era una de las mil maneras en las que ella se las ingeniaba para estirar el salario de mi padre, escaso a pesar de que en ese momento tenía tres empleos, como periodista y como maestro de español en jornada diurna y nocturna. Por suerte, en mi escuela pública, la República de Honduras de la colonia Alameda de Tegucigalpa, ir con el uniforme remendado no era extraño. Después entendí que, aun con mi uniforme remendado, yo poseía ciertos privilegios, como el estar bien alimentada y tener un techo confortable. Pero el mayor privilegio era el de ser una niña querida y protegida, que disfrutaba al máximo su infancia. Y ese disfrute se debió, en gran parte, a mi padre.

De rostro adusto, casi pétreo, con fuertes facciones indígenas, tanto que alguna vez le llamaron con cierta ironía «Dios del Maíz», Ventura Ramos no reflejaba a simple vista las cualidades que le hacían un gran maestro y padre excepcional. Sin embargo, sus colegas de la escuela primaria donde fungió como director durante su juventud recuerdan que solía jugar fútbol con sus estudiantes en el patio de la escuela, para indignación de los supervisores del ministerio de Educación, que exigían más «disciplina». Y ese mismo trato horizontal fue el que años después practicó en casa, con sus hijas. Con nosotras jugaba como si fuera un niño más; lo voseábamos y podíamos llamarlo «mico», lo que de hecho le encantaba. No es de extrañar que los bebés se sintieran a gusto en su presencia, y que los gatos, a los que adoraba, lo siguieran por la calle como perros, ante la extrañeza de los vecinos.

Su compromiso y militancia política no fueron excusas para no estar presente en nuestras vidas. Mi hermana mayor nació entre los bombardeos, durante el golpe de Estado contra Jacobo Arbenz en Guatemala, donde mis padres estaban exiliados, y mi padre tuvo que refugiarse en la Embajada de Ecuador, para después emigrar a Guayaquil. No pudo reunirse con su familia sino hasta tres años después, en Tegucigalpa, y tuvo que ganarse el cariño de su hija, que para entonces llamaba «papá» a uno de mis tíos maternos. Pero nunca más se volvió a alejar. Eso sí, oíamos Radio Habana Cuba de forma clandestina durante el golpe de Estado de 1963. Como periodista, mi padre siempre tuvo un aparato de radio con capacidad para captar frecuencias extranjeras. Además, en nuestra casa encontraron refugio algunos líderes, así como las pinturas de nuestro muralista Álvaro Canales, quien al exiliarse en México las dejó al cuidado de mi padre.

Cada vez que alguien cumplía años en la casa, nos despertábamos con «Las mañanitas», interpretadas por mariachi tradicional, en los discos de vinilo que mi papá ponía. Por las mañanas desayunábamos oyendo un programa de música clásica que transmitía una emisora local. Y en época navideña, esa misma música se escuchaba en casa todo el día. A él le debo mi afición por algunos clásicos como «El amor de las tres naranjas», de Prokofiev, y el ballet «La bella durmiente», de Tchaikovsky.

Aunque alguna vez mostró rezagos de machismo, como cualquier hombre hondureño, nacido además en una época cuando el patriarcado no se cuestionaba, siento que logró superar esa mentalidad, como lo demuestra el hecho de que me compartiera con entusiasmo las historias de las heroínas soviéticas y francesas de la Segunda Guerra Mundial. Con él jamás me sentí amenazada o disminuida; por el contrario, siempre me alentó y me apoyó, aunque no estuviera de acuerdo con alguna de mis decisiones.

Le debo la autoestima, esa sensación de que valgo, el sentimiento incomparable de haber sido escuchada desde niña; y también el ateísmo, que agradezco porque no acudo a poderes sobrenaturales, sino que encuentro en mi interior lo que necesito para enfrentar el mundo. Nos dejó herencias de valor incalculable: el amor por los libros y la literatura, el amor por los animales, el sentido de dignidad y justicia. Veo con alegría que mi hermano Carlos Ventura, aunque no se crió físicamente con mi padre, ha sido a su vez un progenitor responsable y amoroso, y su descendencia refleja esos mismos valores.

Los recuerdos de mi infancia, la visión del mundo que me inculcó mi padre, son el fundamento de lo que soy ahora, y también las tablas que me han hecho salir a flote cuando las circunstancias han sido difíciles. Por todo eso, papá, Ventura Ramos, gracias. Como atea que soy, no pienso que me estés viendo desde algún lugar; mejor aún, pienso que mucho de tu espíritu se quedó dentro de mí, en tu descendencia, y en esos jóvenes, hombres y mujeres, que de diversas maneras y en múltiples frentes siguen dando la pelea porque Honduras no se hunda.

Tegucigalpa, 19 de marzo de 2019.


20 de julio de 2016

La Sociedad Cultural Lempira y Gracias Convoca: treinta años de cultura y derechos humanos en Honduras

Pergamino otorgado por la Sociedad Cultural Lempira
a Ventura Ramos, el 20 de julio de 1989.
Página de Facebook de Ventura Ramos Alvarado

La Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales realizada por la Unesco en 1982 definió la cultura como el “conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social”. De acuerdo con esta definición, “engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”, y “hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos”.

En este espíritu, a finales de la década de los ochenta se fundó en Gracias, departamento de Lempira, la Sociedad Cultural Lempira, con la participación de un grupo entusiasta de jóvenes, maestros y otras personas interesadas en la promoción de la cultura, coordinados por el sacerdote católico Rudy Mejía. En julio de 1989, la Sociedad Cultural Lempira organizó la que denominó “Semana de la Identidad Nacional”, con el propósito de reivindicar la soberanía del país en contraposición a la ocupación de nuestro territorio por tropas extranjeras.

No es de extrañar, por tanto, que el evento fuera dedicado al maestro Ventura Ramos, intelectual hondureño autodidacta, de auténtica ascendencia lenca, a quien el historiador Ramón Oquelí describió como “un hondureño digno, e indignado por la situación de su país, de su gente”. A través de sus editoriales publicados en Diario Tiempo, así como en medios sindicales, Ventura Ramos denunció a lo largo de la década de los ochenta las violaciones a los derechos humanos y a la soberanía nacional que trajo consigo la estrategia contrarrevolucionaria en la región centroamericana, que utilizaba a Honduras como punta de lanza.

El pergamino otorgado el 20 de julio de 1989 a Ventura Ramos dice lo siguiente:

 “La Sociedad Cultural Lempira, en nombre del departamento natal, otorga el presente pergamino al maestro Ventura Ramos, declarándole Paladín de la Identidad Nacional, como un tributo a su persona y obra consagrados en la construcción de la verdadera patria que soñó y defendió el indio Lempira. El pueblo de Lempira se siente orgulloso de tener entre sus hijos un renombrado periodista originario del municipio de San Francisco, que ha recogido y enarbolado en este siglo la bandera de ideales que movió a Lempira a resistir hasta la rubricación [sic] con su sangre, la invasión y agresión del conquistador extranjero”.

Y a continuación agrega: “Reconociendo que la lectura y la reflexión han sido pilares básicos en la forja de su personalidad, nuestra Biblioteca Pública llevará su nombre, para que su ejemplo estimule a las presentes y futuras generaciones. Maestro Ventura Ramos, el departamento de Lempira y el pueblo hondureño le agradecemos por iluminar y fortalecer solidariamente nuestra lucha por la identidad y soberanía nacional”.

En 1992, la Sociedad Cultural Lempira organizó otra Semana de la Identidad Nacional, esta vez en el marco de la conmemoración de los 500 años de la conquista de América por los españoles. El evento tuvo gran repercusión, no solo por la importancia de la efeméride, sino porque permitió a los pueblos originarios y afrodescendientes abrir un espacio para presentar sus reivindicaciones y demandas. Hubo representación de todas las etnias de Honduras, así como delegaciones de México y Centroamérica.

De acuerdo con el pintor José Eduardo “Mito” Galeano y el catedrático universitario Misael Cárcamo, integrantes del núcleo fundador de la Sociedad Cultural Lempira, ambos eventos, aunque fueron de gran magnitud y tuvieron importantes repercusiones en la vida cultural hondureña, no contaron con ningún financiamiento, más que los aportes de los miembros de la organización y lo que lograban recaudar entre las pocas personas que en aquel momento se interesaban en la cultura. El alojamiento de los participantes era proporcionado por casas de familia y las monjas del convento, a solicitud del padre Rudy.

La falta de recursos económicos no fue el único obstáculo. La organización fue vista con recelo y temor por las personas acaudaladas y políticos tradicionales de la ciudad, que consideraban acciones subversivas el haber premiado a Ventura Ramos y dado voz a los pueblos indígenas. Los miembros de la Sociedad Cultural Lempira fueron objeto de hostigamiento; su coordinador, el padre Rudy Mejía, fue sancionado por la jerarquía católica, obligándolo a trasladarse de parroquia. Debido a estas circunstancias y al desgaste interno, el grupo se fue debilitando hasta que desapareció, si bien la mayoría de sus miembros continuó aportando desde distintos escenarios a la promoción de la cultura y la construcción de espacios democráticos.

Hoy, casi treinta años después, en la misma ciudad de Gracias existe una organización que podríamos considerar gigantesca, en comparación con las iniciativas anteriores, denominada Festival Cultural Gracias Convoca. Al igual que lo hizo la Sociedad Cultural Lempira en la década de los noventa, este festival congrega durante varios días a escritores, artistas e investigadores de todo el país.
Sin embargo, existen diferencias importantes entre ambas organizaciones. En contraste con los esfuerzos heroicos de la Sociedad Cultural Lempira en los noventa, el actual festival cuenta con el patrocinio de la empresa privada, del gobierno municipal y también del gobierno central. Lejos de considerar subversivos a los organizadores, el partido gobernante, con su estrategia de “marca país”, promueve el turismo y los negocios en la llamada “ruta lenca”, bajo el manto de la promoción cultural.

Que el Estado promueva la cultura no es reprochable, puesto que es su obligación. Lo que sí resulta paradójico, desde el concepto de cultura adoptado por la Unesco, que abarca los derechos humanos fundamentales y demanda una visión crítica y un compromiso ético, es que en el marco de la cuarta edición del Festival, realizada en julio de 2016, se le haya rendido homenaje al capitán retirado Billy Joya Améndola, reconocido líder de escuadrones de la muerte en Honduras durante la década de los ochenta, hoy próspero empresario y ejecutivo del Festival.

En 1989, una organización sin ningún apoyo ni injerencia gubernamental, que trabajaba por la cultura sin otra recompensa que la satisfacción de reivindicar a los pueblos originarios, le rindió homenaje a Ventura Ramos, hijo del pueblo lenca que como periodista mantuvo una trayectoria íntegra en defensa de los derechos humanos y de la dignidad nacional. En 2016, una organización totalmente distinta, absorbida por un gobierno que apuesta a la continuidad en el poder a cualquier costo, le rinde homenaje a un militar responsable de torturas, desapariciones y ejecuciones, de acuerdo con los testimonios recogidos por el Comisionado Nacional de los Derechos Humanos (1994) en el informe Los hechos hablan por sí mismos.

Es deber del Estado no solo apoyar coyunturalmente la producción cultural en todas sus formas, sino diseñar e implementar, con la participación de los pueblos, políticas públicas en el ramo de la cultura. En Honduras, particularmente a partir del golpe de Estado de 2009, la falta de importancia que se le da a la cultura quedó demostrada con la supresión de la secretaría de ese ramo, sustituyéndola por una simple dirección.

Hoy el afán reeleccionista del presidente Juan Orlando Hernández, perteneciente a una de las familias potentadas de Gracias, vende una imagen de oropel, confundiendo la actividad cultural con el espectáculo. El patrocinio del Festival, que ya no es apoyo, sino dominio completo, no representa una verdadera política cultural. De acuerdo con escritores y artistas que residen en Gracias, una vez que pasa el mes de julio se van los turistas, cesan los negocios y muere el interés por la cultura, al punto de que el municipio carece de una verdadera biblioteca pública, puesto que no se le dio continuidad a la que fundó la Sociedad Cultural Lempira en su momento. 

Denunciar estos hechos desafortunados no implica demeritar el talento de las y los artistas, escritores e investigadores que de buena fe han participado, como tampoco la valía de un espacio que, como ha dicho una de las artistas participantes, ha servido para mostrar su trabajo en lugares donde de otro modo no sería posible llegar. Tampoco se desconoce que, de alguna manera, el Festival ha proporcionado empleos temporales en la región y ha beneficiado a la pequeña y mediana empresa. La pregunta es: ¿qué beneficios políticos y económicos obtienen el gobierno y la gran empresa?

Mientras el gobierno promociona el turismo en la ruta lenca, se sigue asesinando a dirigentes de los pueblos indígenas que defienden los recursos naturales en sus territorios, crímenes que permanecen en total impunidad. Esta es una realidad que no se pueda negar y amerita la reflexión y toma de conciencia de la ciudadanía hondureña, en especial las personas comprometidas con un desarrollo sostenible que elimine las desigualdades, incorpore a la cultura como eje transversal y dé a los pueblos originarios y afrodescendientes el lugar que se merecen en la construcción de una sociedad más justa y democrática.


Tegucigalpa, 19 de julio de 2016.

La autora agradece a José Eduardo Galeano, Misael Cárcamo y Salvador Madrid la información proporcionada para este artículo.

22 de agosto de 2015

Un artículo de Ventura Ramos publicado hace 59 años

AMÉRICA LATINA Y EL CANAL DE SUEZ 

Por V. R. Alvarado



Una de las fases decisivas de la lucha de las grandes potencias por la retención del Canal de Suez en sus poderosas manos, contra las aspiraciones de Egipto, va a librarse en las Naciones Unidas, primero en el Consejo de Seguridad y después en la asamblea general, próxima a reunirse.

Y para librar esta batalla diplomática, ambas partes están realizando ya sus preparativos. Las grandes potencias que han creado la Asociación de Usuarios del Canal de Suez cuentan con el voto favorable de los pueblos que no significan nada en ese organismo, pero son miembros de las Naciones Unidas. En esta categoría están los países de América Latina.

El representante diplomático de Egipto en Río de Janeiro ha dirigido una apelación a los gobiernos latinoamericanos para que le presten su apoyo en la defensa de los puntos de vista de su país, en la pugna surgida por la nacionalización sorpresiva del canal.

Y naturalmente, Estados Unidos, artífice principal de la Asociación de Usuarios, de acuerdo con los pactos panamericanos firmados después de la segunda guerra mundial y la interpretación especial que se ha venido dando a la confraternidad latinoamericana, es indudable que cuenta con el respaldo latinoamericano en la ONU.

Esto plantea un serio problema, por cuanto Panamá, con iguales o mayores compromisos que las demás naciones iberoamericanas, por razones que atañen a la reserva de sus derechos soberanos, ya ha manifestado públicamente su apoyo a la causa egipcia.

Para el gobierno y el pueblo panameño la cuestión es totalmente clara y por este motivo no han vacilado en ponerse al lado del presidente Nasser. Hay un canal en su territorio que pertenece a Estados Unidos por una concesión centenaria, según la cual se separa una zona considerable de la soberanía de Panamá, con fatales consecuencias discriminatorias para los habitantes y para la integración de la nacionalidad. Y como el mundo marcha hacia la eliminación de las interferencias extrañas en la vida de los Estados y de los pueblos, es lógico pensar que Panamá, al apoyar a Egipto, está reservándose el derecho a plantear su caso en su oportunidad.

En esta circunstancia, más el hecho indiscutible de que el derecho internacional es uno en el mundo actual, la disputa del Canal de Suez tiene una gran importancia para los países de la América Latina.

Y la importancia no es solo de orden jurídico teórico, sino de orden práctico, pues las delegaciones de nuestros países latinoamericanos tendrán que sopesar su voto en las Naciones Unidas, porque al rechazar la nacionalización egipcia del Canal de Suez para apoyar a la Asociación de Usuarios, estaremos abandonando desde ahora a Panamá en la solución de su grave problema. Debemos recordar que la solidaridad interamericana no debe entenderse nunca como el respaldo obligado al país más fuerte, militar y económicamente, sino al que tenga el derecho de su parte.

Somos países aún en proceso de integración de la soberanía; nos estamos formando desde el punto de vista de la nacionalidad y sabemos que esta no existe sin soberanía plena. Este proceso es más intenso en Medio Oriente que entre nosotros, debido a que allá el colonialismo crudo se prolongó mucho más tiempo que en América. Pero aquellos países y los nuestros viven etapas semejantes, no obstante las diferencias geográficas y el grado de interferencia extraña.

El ideal es el mismo, queremos un mundo libre de la dominación de los débiles por los fuertes, en el que reine la cooperación fraternal, sin tomar en cuenta el tamaño de las naciones y su grado de desarrollo.

Desde este punto de vista y pensando en lo que el precedente del Canal de Suez pueda representar para la justicia interamericana, a nuestro juicio el voto latinoamericano debe ser a favor de la tesis egipcia, con la sola condición de que el canal quede abierto al servicio internacional bajo la garantía del Consejo de Seguridad, sin excluir a los barcos israelitas.

Y no es que apoyemos lo que los políticos ingleses y franceses llaman ambiciones de Nasser, a imitación de los dictadores totalitarios. Opinamos que es la manera de reconocer la soberanía de Egipto, con la seguridad de que al pronunciarnos en este sentido, estamos haciendo reserva expresa de la soberanía de nuestros pueblos, el de Panamá en particular, que forzosamente tiene que hallar solución al problema de la existencia de la Zona del Canal, ahora arrancada de la autoridad del Estado panameño y bajo el poder de una política extraña.

Una cosa es el régimen interno de Nasser, que quizá no sea muy democrático, y otra la expresión de la soberanía de la nación egipcia. Aquel es discutible y esta no admite discusión, porque como principio es una para todos los pueblos.

(Diario La Nación, San José, 24 de septiembre de 1956.)

23 de marzo de 2015

Ventura Ramos, una dignidad para los tiempos

Por Félix Cesario

Segundo de izquierda a derecha, el autor de este artículo; a a su lado,
Ventura Ramos, durante una actividad del Sindicato de Trabajadores de
la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (años ochenta).
 Foto: Del archivo de Cesario Padilla. Ver foto en la página original

Era de mediana estatura, parco y suave a la hora de hablar. En pocas palabras resumía el análisis de cualquier tema de actividad social —entendiendo por actividad social todo acto humano o un consejo para el amigo—. Físicamente no era agraciado, pero era propietario de la belleza del patriotismo nacional, como tres o cuatro hondureños más que le han dado gloria a la patria. Con claridad educativa en los escritos, ya que fue por casi diez años editorialista de Diario Tiempo.

Es y ha sido el poeta del poema más bello y concreto de la historia literaria nacional, apenas de nueve palabras: “ alba de mis sueños, siempre  en pos de ti”, bellísimo poema amoroso social que leído a lo largo de mi vida, la nostalgia sosegada, y la furia contenida y –por qué no decirlo— frustrada porque nunca miró la santísima libertad por él soñada en el templo de la patria prostituida por hombres y mujeres sin decoro.

Alejado del dogmatismo ideológico —que tanto daño causó al Partido Comunista Hondureño— se percibía en sus editoriales el sereno, patriótico y educativo mensaje del sentido de nacionalidad… a grado tal que en cierta ocasión llegó hasta la dirección general del influyente y desaparecido Diario El Cronista, específicamente hasta la oficina de doña Carlota Bertrand de Valladares, un señor de apellido Larach con dos cheques; uno como contribución por la defensa y ponderación de una controversia del Mercado Común Centroamericano. Y le dijo textualmente: “Este cheque es un aporte para el periódico, por la defensa de la empresa privada hondureña…y este otro es para que corra al comunista aquel” señalándole al maestro Ventura. Doña Carlota se sonrió y le contestó: “Mire, no puedo aceptarle dichos cheques”. “¿Por qué…?”, le ripostó el señor Larach. “Simple”, le dijo Doña Carlota, “porque ese comunista es el que hace los editoriales defendiendo al empresariado hondureño”. Así son de torpes los señores adinerados de mi país. Y así actúa un patriota en defensa de los intereses de la nacionalidad, alejado de prejuicios ideológicos. Nadie pondrá en duda el accionar marxista de don Ventura Ramos.

La historia con la veracidad y frialdad de las emociones y pasiones, y los historiadores, han abundado sobre la vida de don Ventura, y lo han situado en el lugar de honor que se merece, sin quitarle y más bien agregándole a su hoja de vida datos, más bien anecdóticos, a su ejemplar conducta. Con él fuimos compañeros de trabajo. Por razones de su dignidad y de su capacidad didáctica, un grupo de compañeros de la Escuela de Periodismo, allá por los primeros años de la década de los ochenta, hicimos gestiones de que impartiera cátedra en dicho departamento en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Fue mi maestro en las asignaturas de Periodismo de Opinión y Ética y Legislación de Prensa. Así que Ventura Ramos forjó una generación de profesionales de la comunicación que hoy por hoy recordamos al severo y humanístico maestro Ramos Alvarado.

Intereses mezquinos y fascistoides hicieron que el maestro don Ventura Ramos, como lo llamábamos aquella generación estudiantil, maniobraran hasta lo imposible para que la Escuela de Periodismo de la UNAH nos arrebatara del privilegio de contar con la calidad pedagógica de tan ejemplar docente. La historia nos dio la razón; hoy por hoy la UNAH y la historia ha situado a don Ventura Ramos en el altar de honor patrio que él se merece y que aún le quedan debiendo. Hoy por hoy don Ventura es Ventura Ramos, la historia solamente hizo justicia. El maestro Ventura Ramos es uno de los de siempre en la hectografía [sic] hondureña, sobra y basta con esto. Los que intentaron ensuciar su nombre son y serán argamasa de su pedestal cívico. Observadlos bien, son parte de la zoología nacional.

25 de noviembre de 2014

El modelo educativo de la UNAH y la participación estudiantil


El modelo educativo define la orientación y la esencia de cualquier institución de carácter académico; por tanto, es fundamental, mucho más si se trata de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, responsable por mandato constitucional de organizar y dirigir la educación superior. De allí que los constructores de la reforma universitaria fueran muy cuidadosos en cuanto a asegurar el consenso sobre los fundamentos y la metodología para definir un modelo concebido como pieza clave en el camino trazado hacia 2015 y 2025.

Si bien en el documento se reconoce que “teóricamente, el modelo es ideal y abstracto” y “no podrá ser reproducido de manera fiel ya que la realidad es contradictoria y compleja”, también se declara enfáticamente que el modelo “permite adoptar una posición, tener una opción frente a los diferentes paradigmas en forma clara, permite también orientar la práctica” (UNAH, 2009. Serie de Publicaciones de la Reforma Universitaria No. 3, El modelo educativo de la UNAH, p. 23).

Y la posición que traza el modelo educativo de la UNAH es clara cuando establece que “su centro de atención son las y los estudiantes, y los docentes se convierten en mediadores pedagógicos”. Plantea, además, “el desarrollo de la capacidad de análisis, la reflexión y la confrontación como parte de la responsabilidad social y política (…) garantizando un diálogo permanente a fin de determinar las necesidades reales de la sociedad nacional y los compromisos concretos que se asumen para su solución” (ídem, p. 24).

Hoy, cinco años después de la definición del modelo educativo de la UNAH, la institución ha logrado avances significativos tanto en el fortalecimiento institucional como en las mejoras académicas. Sin embargo, hay un vacío en lo que respecta a la aplicación del modelo educativo y al papel mismo de la universidad como gestora de las profundas transformaciones que el país requiere para construir una sociedad más justa y equitativa. Ese vacío es la falta de participación estudiantil.

Desapareció la Federación de Estudiantes Universitarios, que había perdido su condición de organización estudiantil para convertirse en feudo de políticos profesionales aliados con autoridades involucradas en casos de corrupción y de violaciones a los derechos humanos; desapareció también no solo la paridad estudiantil, sino el derecho elemental de los estudiantes a contar con una representación para velar por sus intereses y participar en el proceso de reforma, no de forma simbólica o decorativa, sino real.

Esta falta de representación ha traído como consecuencia la inconformidad estudiantil debido a que se toman decisiones que les afectan, ya sea de tipo académico o administrativo, sin contar con ningún espacio donde sus opiniones sean verdaderamente consideradas. Los frentes estudiantiles tradicionales, lejos de fortalecer a la organización estudiantil universitaria, la han debilitado al reproducir exactamente los mismos vicios de los partidos políticos a los que representan.

Sin embargo, no se puede desconocer que hay importantes sectores estudiantiles cuyas acciones demuestran preocupación y conciencia en lo que concierne a su entorno social y académico. En la UNAH Valle de Sula un considerable sector del estudiantado se ha organizado por su propia cuenta en asociaciones por carrera y desde allí ha presentado a las autoridades universitarias un planteamiento muy bien fundamentado donde —dicho sea de paso — en ninguna parte hay oposición a la elevación del índice académico mínimo; por el contrario, lo que se propone es aplicarlo gradualmente y a la vez mejorar las condiciones físicas y académicas, especialmente la preparación docente.

De acuerdo con informaciones periodísticas, pende una amenaza de sanciones que podrían llegar hasta la expulsión tanto en el caso de dirigentes estudiantiles del Valle de Sula como de Ciudad Universitaria, donde seis estudiantes han sido llamados a audiencias de descargo por haber participado en un movimiento que implicó la toma temporal de algunos edificios.  

La respuesta a las demandas estudiantiles en ambos casos no puede ser la aplicación a rajatabla de unos reglamentos emitidos mucho antes de la definición del nuevo modelo educativo de la UNAH y cuyo carácter, por tal razón, es más represivo que formativo. Porque, como ya lo dijo el maestro Ventura Ramos, “cuando el disentimiento de la juventud se manifiesta en el reclamo de un mejor nivel académico, los jóvenes no están alterando el orden, porque este no equivale a pasividad y mucho menos a sumisión o renuncia a enjuiciar a sus mentores”.


Tegucigalpa, 19 de noviembre de 2014. 

14 de julio de 2014

La mejor causa del periodismo es la defensa de los derechos de nuestros pueblos

En 1991, por medio de la siempre recordada y querida doña Lety de Oyuela, tuve el honor de conocer al maestro Andrés Fábregas Puig, antropólogo mexicano que se encontraba de visita en Tegucigalpa, creo que para impartir unas conferencias en la antigua Escuela Superior del Profesorado, hoy Universidad Pedagógica Nacional. Desde entonces, a lo largo de los años, he tenido el placer de verlo en los encuentros de escritores e intelectuales Chiapas-Centroamérica organizados durante la década de los noventa gracias a su empeño en crear vínculos entre la gente que se dedica a la creación y el pensamiento en la región. Allí conocí a intelectuales chiapanecos como Jesús Morales Bermúdez, Carlos Gutiérrez Alfonso, y las hermanas Marisa y Socorro Trejo Sirvent, entre otros investigadores que impartían cátedra en la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, fundada por Fábregas Puig.
En mayo de este año, con ocasión de celebrarse el Día del Periodista Hondureño, envié a algunos amigos, entre ellos don Andrés, un artículo escrito por mi padre Ventura Ramos, "La misión cultural del periodismo". Para mi sorpresa, ya que se trata de alguien muy ocupado investigando, escribiendo, dando conferencias y viajando, don Andrés me respondió con un escrito que en un solo párrafo expresa con gran profundidad, acierto y sentimiento latinoamericanista, quién era y cuál era la misión del periodista Ventura Ramos.
Nada mejor entonces para recordar a mi padre hoy 14 de julio, aniversario de su nacimiento, que compartir estas líneas que generosamente le dedicó uno de los más reconocidos intelectuales mexicanos contemporáneos.

Ventura Ramos
Su nombre evoca a lo mejor de las tradiciones del periodismo de Nuestra América. Escribió Ventura con la pasión del convencimiento en que la mejor causa del periodismo es la defensa de los derechos de nuestros pueblos, la difusión de la cultura y la brega por el logro de un mejor destino en estos pueblos nuestros, y en su caso, su entrañable Honduras. Para él, el periodismo debía cumplir una misión cultural en la más amplia acepción de la palabra. Esa misión conlleva, en la vocación de Ventura Ramos, la finalidad de elevar el espíritu humano, desterrar la desigualdad social y hacer realidad una sociedad fraterna. Desde las páginas de El Cronista y Tiempo —históricos textos— Ventura Ramos defendió el compromiso con Honduras, que es Latinoamérica y el Caribe, con su gente, con su historia, poniendo por delante al humanismo como argumento contra la deshumanización de los círculos de poder. Muerto hace 22 años, la presencia de Ventura Ramos sigue vigente en Nuestra América. Su hija, María Eugenia, es ya una voz consolidada y escuchada, formando parte de las amplias corrientes intelectuales que buscan la trasformación de esta América nuestra.
Andrés Fábregas Puig

25 de mayo de 2014

La misión cultural del periodismo

Por VENTURA RAMOS

Ventura Ramos en su escritorio de la redacción
del ya desaparecido Diario El Cronista, decano
de la prensa nacional.
El periodista verdadero tiene en cuenta, en primer lugar, los valores del humanismo; la paz; la democracia en el sentido de conjunto de garantías para que los pueblos puedan autodeterminarse; los derechos humanos, a fin de que cada quien pueda escoger libremente su sistema económico, político, social y cultural. En segundo lugar, esa formación humana demanda el dominio de las técnicas indispensables para convertir los datos informativos en noticia.

El principio de la objetividad es la base en que se fundamenta la técnica para elaborar y valorar la noticia. Esta y el reportaje deben ser verídicos. Deben responder exactamente a la verdad, pero no una verdad a retazos, una verdad a medias, sino una imagen completa de los acontecimientos. A este respecto, el Código Ético de la Unesco, emitido con el consenso de unos 400,000 periodistas organizados del mundo, establece lo siguiente:

Artículo 2. La tarea primordial del periodista es la de servir el derecho de una información verídica y auténtica por la adhesión honesta a la realidad objetiva, situando conscientemente los hechos en su contexto adecuado, manifestando sus relaciones esenciales, sin que ello entrañe distorsiones, empleando toda la capacidad creativa del profesional, a fin de que el público reciba un material apropiado que le permita formarse una imagen precisa y coherente del mundo, donde el origen, naturaleza y esencia de los acontecimientos, procesos y situaciones sean comprendidos de la manera más objetiva posible.

Si hacemos el mínimo esfuerzo de aplicar el amplio contenido del artículo 2 del Código Ético de la Unesco a nuestra política informativa, encontramos como generalidad una separación alarmante entre el contenido del mensaje y la técnica predominante.

Esto no quiere decir que el país carezca totalmente de profesionales del periodismo empeñados en dar vigencia a la unidad necesaria que debe existir entre la adhesión honesta a la realidad objetiva y la adhesión igualmente honesta a los valores del humanismo, especialmente en la defensa de la paz, la democracia, los derechos humanos, progreso social, liberación nacional. Hay esfuerzos muy significativos en esta dirección.

Por otra parte, debemos recordar aquí la vulnerabilidad de nuestra cultura común, esa cultura de la mayoría del público, incluso del que ha pasado por las aulas universitarias. La cultura tradicional de las personas alfabetizadas y del gran sector analfabeto consiste en ese saber estereotipado, ese saber convertido en clisé, al margen del proceso evolutivo de los pueblos. La ley de la evolución pareciera que no funcionara y la sociedad de hoy sigue siendo casi igual a la que formaron nuestros antepasados. Esta cultura de clisé no va sola en nuestro medio. Va acompañada y complementada con ese otro factor negativo y de mayor violencia que se llama prejuicio.

De allí que hay que repensar la responsabilidad que pesa sobre aquel sector del periodismo hondureño que aún no ha perdido su nacionalidad, por renuncia tácita o expresa. 

Los periodistas e intelectuales todos no podemos ser ajenos a lo que sucede en Honduras. No podemos escapar a nuestra propia historia nacional. Por ello tenemos que asumir la responsabilidad que nos corresponde como ciudadanos y como difusores y creadores de la cultura que debe orientar al pueblo marginado hasta del pan de cada día.

Debemos partir de un hecho: las clases gobernantes no son la patria, no son la Honduras eterna, la Honduras que mucho tiene que aportar si su pueblo toma la conciencia debida para convertirse en el sujeto de su propia historia, en sustitución patriótica de todos aquellos sectores que claudicaron y se rindieron.

Es nuestra obligación ciudadana sustituir la degradación política en que ha caído el mundo oficial, base sobre la cual descansa la simulación y el ocultamiento de la subordinación que tanto deteriora la imagen de Honduras. La mentira, el engaño y el cinismo oficiales deben ser sustituidos por la verdad y la dignidad que la patria reclama como puntos de partida para recobrar el prestigio perdido en escala internacional.

Extractos de Honduras, guerra y antinacionalidad (Editorial Guaymuras, 1987). Capítulo IV: “El periodismo nacional frente a la crisis”, pp. 123-138). Los subrayados son míos. (MER) 

Más información sobre Ventura Ramos en su página oficial de Facebook, Ventura Ramos Alvarado, defensor de la soberanía nacional

Más sobre Ventura Ramos en este blog

25 de julio de 2013

Análisis psicoanalítico de la obra de María Eugenia Ramos

Mujer saliendo del psicoanalista,
obra de Remedios Varo.
Haciendo una búsqueda sobre análisis literario psicoanalítico en Honduras me encontré con este estudio sobre mi obra preparado por la médica psiquiatra Alejandra Munguía Matamoros como trabajo para la clase de Métodos de Crítica Literaria II, mientras cursaba la licenciatura en Letras en la Universidad Pedagógica Nacional, grado que por cierto ya obtuvo y con honores. 


Aunque no necesariamente coincido con todas las inferencias y conclusiones del estudio, me pareció interesante y por eso lo transcribo literalmente, con la ortografía y redacción originales, tal como aparece en el sitio buenastareas.com. Nótese que el trabajo fue elaborado en 2010, así que algunos datos ya no están vigentes. 



Análisis psicoanalítico de la obra de María Eugenia Ramos 

Introducción:

El Psicoanálisis ha ejercido una doble influencia sobre la literatura contemporánea: Ha dado nuevas vislumbres al lector y al crítico literario, y ha abierto al escritor la comprensión de nuevos ámbitos. En consecuencia, la crítica ha descubierto nuevas direcciones; el teatro, la poesía y la novela tienen, los tres, nuevos materiales y nuevos útiles para aprovechar esos materiales. (1)
El propio Freud se interesaba por la poesía, las obras de teatro y las novelas y obtuvo muchos atisbos gracias a su estudio de obras literarias. En documentos como “El poeta y la fantasía”, Freud analiza las fuentes de la capacidad creadora y, en especial, el misterio de la interacción entre el escritor y el lector. Además que él mismo, fue un maestro de la prosa alemana, ya que recibió el Premio Goethe. El enfoque de él para los poetas era que a través de la poesía, canalizaban su neurosis; sin embargo los psicoanalistas contemporáneos no están de acuerdo en eso, ya que la poesía no sólo es capaz de expresara patología. (1,2,3)
En síntesis, sí es importante la relación que existe en entre el psicoanálisis y la literatura y ese es el objeto de este estudio.

Biografía:

María Eugenia Ramos Suazo, nació en Tegucigalpa M.D.C, el 26 de noviembre de 1959. Su padre fue el maestro de generaciones en el periodismo hondureño, don Ventura Ramos y su madre es la señora Eugenia Alicia Suazo. Comenzó a escribir desde los 5 años. Tenía 9 años cuando el escritor Medardo Mejía le publicó un cuento en la revista Ariel. Se llamaba Quink, basado en los cuentos de hadas. (4).
En la adultez joven escribió: Porque ningún sol es el último. Estudió en la Escuela Normal de Tegucigalpa, posteriormente en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, la carrera de Letras, con orientación en Literatura. En todos esos años fue dirigente estudiantil y obtuvo primeros lugares en concursos de oratoria y en teatro, como mejor actriz. En 1978 obtuvo el primer premio en la rama de poesía en el certamen literario: “Independencia Nacional”, auspiciado por el Banco Atlántida. El otro premio al que se hizo acreedora fue por el bicentenario de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. (4,5,6)
Su poesía está reunida en su libro; Porque ningún sol es el último. Ediciones Paradiso, Tegucigalpa, 1989. Ha tenido apoyo y reconocimiento de grandes poetas como ser: José Adán Castelar, Rigoberto Paredes, Helen Umaña y Clementina Suárez, quien le prologó su libro. Su obra ha sido incluída en una antología bilingüe francés-español de poesía hondureña publicada por Ediciones Patiño, Suiza, en 1997. (4,5)
Fundó la Editorial Guardabarranco junto a su esposo; la cual surgió para la promoción y difusión de la creación literaria y artística de jóvenes creadores; sin embargo al separarse de él, ella ya dejó de trabajar en ese proyecto que tenían en común. (6)
Posterior a varias pérdidas en su vida, comenzó a presentar cuadros depresivos, los cuales se ven reflejados en algunas de sus obras, las que describiremos posteriormente.
Tiene un libro de cuentos llamado: Una cierta nostalgia.
Colabora con las páginas de opinión de Diario El Heraldo y con la Revista Vida, suplemento del mismo diario, dirigido por el poeta Oscar Acosta, quien la reprendía porque había dejado de escribir y eso la impulsaba a seguir.(4)
Actualmente labora en el Comisionado Universitario de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras y está vinculada con varios proyectos de jóvenes poetas en San Pedro Sula. (6)

Análisis Psicoanalítico:

Comenzaremos mencionando el hecho que en esta escritora tuvo una influencia determinante su padre, quien era periodista y maestro de generaciones. En este punto encontramos entonces un principio psicoanalítico que son las relaciones objetales: Cuando nos referimos a Objeto, queremos decir que es “algo” con lo que se puede satisfacer la pulsión o deseo. Y esta relación con los objetos, establece los primeros intercambios del niño con el mundo. Según René Spitz, quien identificó los tres marcadores sociales en la vida de un niño o niña, que son: La sonrisa social (2 meses), Identificación de extraños (8 meses), la presencia del “NO” (2 años); a partir del segundo marcador social (identificación de extraños), ya el niño o niña tienen introyectada (tienen un concepto claro de la existencia de fuente primaria de afecto) la figura materna y paterna. En este caso, impresiona que la figura determinante fue la paterna (asociado a los cuidados, ejemplo y sobre todo a la información que la misma madre de la escritora le brindaba a ella sobre su padre). (7)
Margaret Mahler, nos habla de un “autismo normal”, el cual está dado entre el nacimiento y los dos meses de vida; en este período el niño o niña está en su propio mundo, sólo interesándole que le sean resueltas sus necesidades vitales y es en este hecho en el que también se centra Melanie Klein, ya que se “introyecta” (formar un concepto) de lo que es el “seno bueno” y el “seno malo”. Este dato, aparentemente en la vida de la escritora estuvo bien satisfecho por parte de su madre. (8)
Continuando el análisis, encontraremos que la figura central para la obra poética de María Eugenia Ramos, fue su padre y esto desde el punto de vista psicoanalítico, implica la persistencia de un Complejo de Edipo, el cual es manifiesto por la vocación y ocupación de la autora. Cuando hablamos de Complejo de Edipo, nos referimos al hecho, que según las etapas psicosexuales de Freud, entre los 5-7 años, es normal que el niño se “enamore” de su madre y la niña de su padre; ya que entre los 3-5 años, ocurrió la etapa de identificación de género. (Conflictiva en el caso de la homosexualidad).
Entonces, cuando esta etapa persiste en la vida adulta, se observan formas “aceptables” de acercamiento con el padre; en este caso, a través de la actividad literaria. (9)
En la biografía de Ventura Ramos Alvarado, encontramos que fue Maestro de Educación Primaria y Periodista autodidacta, siendo el director del Editorial del periódico Tiempo por trece años y observamos en la línea de vida de María Eugenia algo similar: Estudió en la Escuela Normal Mixta, egresando como Maestra de Educación Primaria y se ha dedicado a actividades periodísticas e inclusive apoyaba al poeta Oscar Acosta en el suplemento vida de el diario El Heraldo.
En el poema Retrato, habla claramente de su padre y así mismo lo expresa: “Así era mi papá a esa edad, nunca cambió, siempre creyó que Honduras podía ser un país mejor”.

RETRATO 
En este país
vive un viejo de ochenta años,
enfermo, casi sordo,
lleno de rituales y de afectos.

Con su andador de niño
va de su cuarto al comedor,
pelea con su mujer y con las nietas,
va al patio, regresa.

Desde su escritorio
sueña con un país mejor,
el verdadero,
se conmueve, se indigna
y con la furia de su espera
lanza páginas en llamas
contra los enemigos de la patria.

Freud sostenía que los seres humanos nos movemos en un vaivén entre dos principios: El de la vida (Eros) y el de la muerte (Tanatos) y que dependiendo de las circunstancias de la vida, es que hay cercanía hacia uno u otro extremo. Explica que las conductas autodestructivas (beber, fumar, comer, en exceso, “chivear”, estar en relaciones de pareja patológicas, entre otras cosas), nos acercan al principio de la muerte; pero que el estar pleno, satisfecho con lo que se hace y realizando actividades para crecer; nos acerca al principio del Eros o vida. (9).
Esto es importante mencionarlo, porque en la autora se reflejan en diferentes momentos de su vida: En su poema Ausencia, refiere que es autobiográfico, ya que tuvo que salir del país, por razones políticas y familiares (en la época de los 80) y sentía nostalgia por su tierra, lo cual a través del análisis de Freud, estaría acercándola al polo o extremo de tanatos:

AUSENCIA 
Alguien se fue
y dejó todos los cuadernos
abiertos en la página 21,
servidos el café
y los frijoles
en la mesa,
caliente
la cama sin hacer,
el perro
esperando su comida,
una cita de amor
puesta a secar en la ventana
y en los vacíos del ropero
el olor de los sueños.

Aquí se evidencia lo ya mencionado: La tristeza por las pérdidas, que en términos psicoanalíticos, es una reminiscencia de la pérdida del objeto primario de amor: La madre o cuidador primario: Por ello son tan importantes los primeros tres años de vida de un niño o una niña, porque es en ese período de tiempo en el que se forma la personalidad y se introyectan las figuras parentales. En este caso se observa que la escritora las tiene bien cimentadas. Añora el calor de hogar (café, frijoles, mesa caliente, cama sin hacer, etc). Y los placeres de la vida (cita de amor). Incluso ella en la entrevista que se le realizó, menciona ese hecho, que le gusta disfrutar la vida y lo hace tomándose un buen café, paseando, leyendo, etc. Con pequeñas cosas y pequeños momentos. (8)
Las ideas revolucionarias que ha tenido la escritora, son un proceso propio; pero además de identificación con su padre, ya que él tuvo influencia Marxista y esto se observa en los poemas Base U.S. Army y De este país y de estas gentes.
U.S. ARMY 
Nadie conoce el volcán
pero todos saben de su existencia.
Allí donde la neblina es más densa
y una angustia de hierro
oprime los pulmones,
los omnipotentes señores de la tierra
multiplican los alambres de púas
para que ningún pájaro osado
pueda traspasar esa vergüenza.

Freud también habla sobre los impulsos sexuales y agresivos; y los matices que ambos pueden tener, en el sentido que la sexualidad no siempre puede ser expresada como tal, por lo que puede canalizarse en actividades placenteras como comer, pasear, bailar, contar chistes, viajar, reír, JUGAR (esta última es, según Freud, una de las primeras manifestaciones de vivencia sexual). En el poema SUEÑO, observamos este hecho claramente:
SUEÑO 
Anoche me acosté
pensando en soledades
y en ruedas de molino,
pero por la mañana
tuve un sueño gracioso
y me despertaron los pasos
de mi propia risa.

Poco a poco, nos vamos acercando a la etapa adulta de la escritora, la cual está llena de eventos cotidianos que cuando son negativos pueden llevar a crisis existenciales y a pasar al extremo del tanatos (muerte) y por ende desarrollar cuadros emocionales, como la depresión, y se pueden observar algunos signos en su poema Elegía:

ELEGÍA 
Aunque sea igual que siempre 
y quisiéramos decirle a un ser humano
“hermano, te amo tanto”
cuando ya no puede escucharnos;
aunque la impotencia nos convierta
en árboles vacíos
igual que si un rayo nos tocara,
quién sabe cuanto tiempo
andaremos buscando,
regando los rincones
como si esperáramos
que germinen semillas,
hasta que un día
nos deslumbre la certeza
de que ellos están vivos
y nosotros somos los muertos.

Freud realiza importantes aportes a la literatura, en lo que él llamó: “Psicoanálisis aplicado”.
Freud, al advertir el papel decisivo que desempeña en el varón el deseo de poseer en exclusiva a su madre y de eliminar al padre rival, recordó el antiguo mito de Edipo y descubrió que los mismos conflictos psíquicos que había hallado en los individuos se encontraban en manifestaciones colectivas del espíritu, como los mitos de los pueblos. A este carácter universal del mito se debe el análisis de su existencia en el arte dramático y épico. En la escritora, lo observamos en sus poemas dedicados al país. (1,10)
En la Interpretación de los sueños, relacionó los mitos con los sueños, señalando que ambos revelan sentimientos demasiado dolorosos para nuestra conciencia. La escritora relata en la entrevista realizada, que soñaba con su padre o que estaba en otro lugar, donde había justicia, entre otras cosas.
La psicobiografía es otro aporte de Freud a la literatura y en la escritora es evidente, como ya lo mencionamos anteriormente, varios poemas reflejan su partida del país, nostalgia, añoranza de su figura paterna, sueños, tristezas, etc. Es difícil, desvincular al autor de su obra, aunque eso es lo que debería poder hacer un buen escritor. (Según los expertos en literatura), aunque Freud defiende la psicobiografía de una forma extrema, ya que parte de que somos un solo individuo y que no nos podemos fragmentar ni disociar; de hecho menciona los tres componentes del aparato psíquico: El SUPER YO (Las reglas morales, sociales, etc), El YO (El criterio de realidad) y el ID (Instintos sexuales y agresivos). Sostiene que tenemos que expresar esos componentes en alguna esfera de nuestra vida y que los escritores lo hacen a través de sus obras, que no implica necesariamente el haberlo vivido; pero sí el haberlo deseado y un ejemplo claro de ello, es Sor Juana Inés de la Cruz y el erotismo de sus poemas. En el caso de la escritora en estudio, encontramos que la mayoría de su obra está dominada por el SUPER YO y el YO; de hecho, no encontramos en la muestra de poemas estudiados, alguno con alusiones sexuales, lo cual no implica que no existieran. (1,2,10)
En cuanto a la psicobiografía, la escritora lo resume así: -¿Qué tanto expresa su obra sus vivencias? Y ella respondió: “todo”.
Ha publicado dos libros: Uno de poesía, el cual como ya observamos es autobiográfico y encierra una época temprana de su vida (albores de la adolescencia y adultez joven) en la década de los ochentas; y otro de narrativa en la década de los noventas, siendo un libro de cuentos, llamado: Una cierta nostalgia, con énfasis en lo oscuro, en la muerte, enfocando otra época en la vida de la autora (época de pérdidas: Fallecimiento de su padre, divorcio, etc); sin embargo lo interesante de esta obra, es que pese al ambiente lúgubre y sombrío de la autora, lo dedicó a su única hija, que actualmente tiene 23 años; es decir que en este libro de cuentos convergen: EROS y TANATOS.
Finalmente, podemos concluir que la escritora tuvo unas relaciones objetales adecuadas, identificación con su género, con persistencia del Edipo, con períodos de acuerdo a las circunstancias que oscilan entre el principio de la vida y el de la muerte, este último asociado a crisis existenciales y estados emocionales bajos y los de vida asociados a actividades lúdicas, de recreación y creativas como escribir.
En cuanto al aparato psíquico, no se observan muchas manifestaciones del ID (impulsos sexuales y agresivos), si no más expresiones del SUPER YO y del YO. (Reglas, análisis racional).
La escritora tiene predominancia del principio de la vida y actualmente lo está manifestando con proyectos asociados a poetas jóvenes en la ciudad de San Pedro Sula.
El psicoanálisis nos ayuda a entender las razones del por qué de las cosas; sin embargo no las define ni estigmatiza.

Bibliografía:
1. Ruitenbeek H (1994): Psicoanálisis y literatura. Fondo de Cultura Económica. Pp. 1-33, 157-173,
2. Rey C (2009): Las otras lecturas de Freud. Psicoanálisis y literatura. Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. Vol. XXIX. n 103, pp. 145-155.
3. Huaman M (2003):Literatura y psicoanálisis. Pp. 149-179.
4. Pineda A. (1998): Honduras: Mujer y poesía. Pp. 435-444.
5. Umaña H (2009). La palabra iluminada. Pp. 677-679.
6. Munguía A (2010): Entrevista realizada a María Eugenia Ramos, el 5 de Agosto del 2010.
7. Ramos V. Bibliografía facebook
8. Rutter (2002): Psicología del desarrollo. Pp. 356-359, 549-468.
9. Obras Completas de Freud.
10. Guimón J (1993):Psicoanálisis y literatura. Editorial Kairós, Barcelona, España. Pp.13-63.
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