26 de abril de 2020

Mujer que cambió el curso del sol

Prólogo al libro Presente estás, homenaje póstumo a Amanda Castro

Foto: Patricia Toledo.

Este libro es un hermoso homenaje de la Red Lésbica Cattrachas, en conmemoración del décimo aniversario de la desaparición física de Amanda Castro, una de las hondureñas más sobresalientes de la última década del siglo XX y la primera del siglo XXI. Poeta, escritora, académica, militante de la comunidad LGTBI y combatiente en múltiples trincheras, Amanda es de muchas formas el símbolo de esa otra Honduras que se resiste a la corrupción, a la dictadura, a la homofobia, a la misoginia; de esa Honduras que crea y construye, aun en un contexto de tiranía, corrupción y desesperanza.

Fallecida antes de cumplir los cincuenta años, Amanda Castro logró, sin embargo, dejar una obra académica y literaria que trascendió fronteras y obtuvo reconocimientos destacados. La editora del presente libro, Victoria Ochoa, aborda detalladamente esos logros, como también lo han hecho otras académicas, entre ellas Helen Umaña y Janet Gold. No me voy a detener, por tanto, en estos aspectos, sino más bien en su trayectoria de vida, definida por la constancia con la que enfrentó cada obstáculo que se le presentó: su condición de migrante en los Estados Unidos; su lesbianismo en un país heteronormado y reacio a cualquier asomo de diferencia; su diagnóstico de fibrosis quística con un pronóstico de vida muy corto; su compromiso con el arte y la cultura en un medio poco propicio para desarrollarse en estos campos; y, finalmente, un golpe de Estado que marcó un enorme retroceso en un país que ya históricamente arrastra muchos rezagos en materia política, económica, social y cultural.

Como migrante, Amanda Castro, a pesar de ser discriminada por “ser extranjera, de color y clase baja” [1], obtuvo un doctorado y un puesto destacado en la comunidad académica de Estados Unidos, que aprovechó para estudiar la cultura y sociedad hondureñas. La tesis para su doctorado en sociolingüística se tituló Usted porque no lo conozco o usted porque lo quiero mucho, trabajo que aborda las funciones semánticas del habla hondureña para analizar las variantes sociales e individuales de la sociedad.[2]

Como miembro de la comunidad LGTBI, Amanda Castro fue una de las primeras mujeres en reconocerse abiertamente, primero como bisexual, y posteriormente lesbiana. Desde su condición de escritora, académica y promotora cultural, abrió caminos para el reconocimiento del derecho a la diversidad desde los años noventa, cuando el tema era tabú en la conservadora sociedad hondureña, aun en los espacios considerados progresistas. En lo personal, le guardo gratitud por ser una de las primeras en enseñarme el significado de diversidad, y a entender que no existe una forma única ni binaria de ser humana.

En 1994, cuando Amanda trabajaba como catedrática de la Universidad de Colorado, en Estados Unidos, le diagnosticaron fibrosis quística, con un pronóstico de vida de solo cinco años. Terca, sin embargo, logró duplicar ese pronóstico, y durante dieciséis años más continuó escribiendo, investigando y promoviendo el trabajo cultural en Honduras y Centroamérica, por medio de la editorial que fundó, Ixbalam, y el colectivo artístico Siguatas (Ochoa, 2020).

Una de las artistas que colaboró con ella en diversos proyectos y fue su amiga muy cercana, Patricia Toledo, recuerda que Amanda Castro “creó talleres de creación literaria en Honduras y Nicaragua, promovió y participó activamente en el diseño de políticas orientadas a garantizar derechos y servicios a la comunidad artística de Honduras, organizó encuentros, presentaciones y coloquios (...) apoyó la lucha de los pueblos originarios de Honduras y los movimientos sociales de resistencia”.[3]

El golpe de Estado de junio de 2009 en Honduras desencadenó un movimiento social que, aun cuando no logró revertir esos hechos ni evitar el fraude y dictadura que se instauraron posteriormente, incubó una generación que no se calla, que cuestiona y exige mayor apertura, no solo a la dictadura, sino a las propias dirigencias formadas en una cultura patriarcal, heteronormada e impositiva. Amanda dedicó sus últimos meses de vida a combatir el golpe de Estado, y su ejemplo inspiró a esa generación cuestionadora, de la que forman parte profesionales y artistas de gran talento, que la consideran su maestra.

Y al mencionar la palabra “maestra”, me remonto a la primera vocación de Amanda, el magisterio, y al primer recuerdo que tengo de ella, con el uniforme ocre y beige de la extinta Escuela Normal Mixta de Tegucigalpa, donde ambas estudiamos y militamos en el movimiento estudiantil. Creo que es justamente esa primera vocación, el magisterio, entendido más allá de la docencia, como la pasión de formarse y contribuir a formar, la que le ha permitido a Amanda desafiar la muerte, y con ello “cambiar el curso del sol”, como dice en uno de sus versos.

Gracias a la Red Lésbica Cattrachas y a Victoria Ochoa por esta publicación, que en estos momentos de desesperanza nos recuerda que en Honduras tenemos precursoras y luchadoras que de muchas y diversas maneras han abierto caminos, no solo para que los sigamos recorriendo, sino para que abramos otros nuevos. El espíritu de Amanda Castro seguirá viviendo en cada escrito, cada pintura, cada canción, cada colectivo, cada nueva y propia manera de entender el mundo y luchar para convertirlo en un lugar mejor.
María Eugenia Ramos
Tegucigalpa, marzo de 2020.

Leer el libro completo aquí: Presente estás




[1] Cálix Barahona, Jackson (2012). “Entrevista con Amanda Castro en Tegucigalpa”, en The Free Library. https://www.thefreelibrary.com/Entrevista+con+Amanda+Castro+en+Tegucigalpa.-a0288872512
[2] Ídem.
[3] Estrada, Oscar (2020). “Amanda Castro, la Mujer Palabra”, en El Pulso, 20 de enero 2020. https://elpulso.hn/amanda-castro-la-mujer-palabra/

15 de abril de 2020

Alicia



Eugenia Alicia Suazo Bú en su nonagésimo cumpleaños, el 6 de septiembre de 2012, en su modesta casa del barrio La Guadalupe de Tegucigalpa, donde vivió durante casi sesenta años, hasta el momento de su muerte. La acompañamos, de izquierda a derecha, sus hijas María Gertrudis y María Eugenia, y su sobrina Marcia Flores. Detrás, su sobrino segundo Andy Rivera, y al frente su bisnieto Daniel Gutiérrez Ramos. Foto: Gustavo Campos.


Cuando hablo de esta maternidad insumisa, rebelde, desobediente, no se trata tanto de idealizar la maternidad como de darle ese valor político, social y económico que tiene y que le ha sido negado.
Esther Vivas

Mi mamá me enseñó a luchar.
Pinta callejera anónima

De acuerdo con mi prima Marcia, quien es el arca viva donde se depositan muchos de nuestros secretos familiares, el verdadero nombre de mi madre no era Alicia, sino Felícita. Como no le gustaba, en cuanto le fue posible se lo cambió por Eugenia Alicia, acudiendo al mecanismo de solicitar reposición de partida de nacimiento por medio de abogado, en una época en la que el trámite no requería demasiadas comprobaciones.
Tal es la razón por la que su tarjeta de identidad la declara nacida en 1928, en San Pedro Sula, y no en 1922, en Santa Cruz de Yojoa, que son su año y lugares reales de nacimiento; por tanto, legalmente habría muerto a los 91 años y no a los 97. Por mi prima, siendo adolescente, me enteré del cambio de nombre, pero entonces no le presté mucha atención a ese hecho. Ahora comprendo que fue un auténtico acto de rebeldía y de afirmación de sí misma, en una época en la que las mujeres no soñaban siquiera con atreverse a cambiar nada de lo que la sociedad, o la familia, les hubieran impuesto.
Salvo en trámites oficiales, no utilizaba su primer nombre, Eugenia, que según sus raíces griegas significa «la bien nacida, de buena estirpe»; sin embargo, me lo heredó a mí, y después a una de sus nietas. Sus hermanas y hermanos la llamaban Alicia, o «Alis» (Alice), probablemente debido a que, a pesar de las dificultades económicas familiares, logró estudiar y graduarse con honores en el centro educativo que es hoy Instituto Acasula, entonces prestigiosa academia de secretariado de San Pedro Sula, donde enseñaban inglés como segunda lengua. Fue discípula de la recordada educadora Carmen Castro, fundadora y en ese entonces directora de la institución.
Mi madre fue hija de Marcelino Suazo, un coronel de cerro, como se les llamaba por no haber asistido a ninguna academia militar, el segundo marido de mi abuela Ernestina Bú. Mi abuela era de Santa Bárbara, de piel blanca, como muchas de las mujeres de esa zona. En cambio, mi madre se parecía más a mi abuelo Marcelino, que era de piel oscura; además, tenía el cabello rizado. Por tal razón, solían decirle, cariñosa o despectivamente, según la situación, «la Negra».
Mi abuelo Marcelino, a quien no conocí sino en alguna antigua foto, forma parte de las leyendas de la familia. Siendo de filiación nacionalista, se opuso a la reelección de Tiburcio Carías Andino, quien lo habría mandado a matar. Mi mamá y mis tías juraban que una noche de tormenta, cuando mi abuelo estaba de viaje, se escucharon claramente los cascos de su caballo frente al portón de la casa. Salieron a abrir, pero no había nadie. A la mañana siguiente, a mi abuela le llevaron la noticia de que la noche anterior a su marido lo habían «venadeado», es decir, emboscado en un sendero de montaña.
Mi abuela Ernestina tuvo en total trece hijos, tres varones y diez mujeres, incluyendo dos «de crianza», como se les llamaba. Mi madre era de las hijas de en medio. De acuerdo con lo que ella misma nos contaba, era rebelde de niña, al punto de ser la víctima favorita de la faja de mi abuela, siempre ocupada y probablemente poco paciente con tantas criaturas a su cargo. Para escapar del castigo, se subía a los árboles, habilidad poco «femenina» en la Honduras de las primeras décadas del siglo XX.
No es de extrañar que mi abuela fuera anticariísta, siendo de familia liberal y habiendo quedado viuda por mandato del dictador. Pero imagino que no estaba preparada para que su hija Alicia, entonces soltera, llevara la militancia al punto de unirse a las huestes de mujeres que en los años cuarenta desafiaban al dictador, saliendo a marchar a las calles. Mi madre, junto a otras de sus compañeras, viajó de San Pedro Sula a Tegucigalpa, donde conoció a Visitación Padilla y fue su discípula. Cuando la Editorial Guaymuras me confió la tarea de narrar la vida de Visitación Padilla en forma de cuento infantil, me fue fácil hacerlo alrededor de la figura de una abuela —que es mi madre— y su nieta, que en la vida real se llama Alicia, pero es bisnieta de mi madre y tiene muchos menos años que la niña de mi historia.
Siendo participante activa en la lucha anticariísta, conoció a un hombre bastante mayor que ella, que ya había estado casado antes y tenía un hijo. Por coincidencia, él también había cambiado su nombre; sus documentos oficiales decían Buenaventura Ramos, pero él decidió acortarlo y fue, para todos los efectos, Ventura Ramos. Se unió a este hombre que, años después, fue mi padre, y por tanto, cuando yo nací, me convertí en una de las hermanas menores de su hijo Carlos Ventura. Según los estándares occidentales, mi padre no era atractivo físicamente; le decían «el Indio», y en efecto, era un campesino lenca que se había hecho maestro con grandes dificultades, y que después se convirtió en periodista autodidacta, marxista y ateo por convicción, característica esta última que yo heredé.
Aunque mi madre siguió siendo liberal y católica, lo siguió a su exilio en Guatemala. Allá, durante el golpe de Estado perpetrado por la CIA y Castillo Armas, nació mi hermana mayor, entre los bombardeos. Mientras mi padre —para entonces redactor de Nuestro Diario, el órgano oficial del gobierno democrático de Jacobo Arbenz— se asilaba en la embajada de Ecuador, mi madre subsistió con grandes penurias junto a su hija recién nacida, hasta que logró regresar a Honduras. Unos años después, mi padre también logró volver de su exilio y se reunieron como familia, en la que nací yo.
Mis primeros recuerdos de infancia son los de ambos, mi madre y mi padre, turnándose para leerme cuentos antes de dormir. Mi madre era una gran lectora y se caracterizaba por tener un amplio vocabulario y muy buena dicción. Su único título formal fue el de secretaria taquimecanógrafa, pero siempre tuvo pasión por aprender. Siempre la recuerdo combinando los quehaceres domésticos con la lectura. Estudió corte y confección y llegó a ser una modista muy solicitada por mujeres de buena posición económica. Durante mi niñez y adolescencia, siempre hizo la ropa que vestíamos mi hermana y yo, incluyendo abrigos —para cuando hacía frío en Tegucigalpa, en la época decembrina— confeccionados con muy buen gusto, combinando cuerina y lana; además, forrados y exquisitamente terminados. Debía tener ya más de cincuenta años cuando se inscribió en un curso libre de electricidad y fontanería que el Instituto Técnico Luis Bográn impartió para amas de casa.
Estas cualidades, aunadas a un liderazgo innato, hicieron de mi madre una referente familiar. A ella le pedían consejo sus hermanas y hermanos, mayores y menores. En mi casa vivieron muchos parientes, tanto del lado materno como paterno. Mi prima Marcia, hija de una de las hermanas menores de mi madre, es como mi tercera hermana, porque vivió durante unos años en mi casa. El apartamento donde yo vivo ahora fue originalmente una especie de sótano, resultado de la topografía de montaña del terreno donde mi padre construyó la casa familiar. Allí vivieron, en diferentes épocas, mi prima Justina y mi primo Aníbal, sobrinos de mi padre, ambos ya fallecidos, así como mi tía Lupe, con su esposo y sus hijas. Hoy me sorprende que, con el escaso salario de mi padre, complementado con los ingresos ocasionales de mi madre, vivíamos sin mayores estrecheces y podíamos apoyar a otros miembros de la familia; aunque en realidad no es de extrañar, porque no teníamos ningún lujo, ni siquiera comodidades dadas por hecho, como el televisor, que yo tuve por primera vez hasta que formé mi propia familia.
No fue sino hasta muchos años después que llegué a valorar las enormes dotes de ahorro con las que mi madre contrarrestaba la tendencia de mi padre a dejar su salario, primero en libros, por supuesto, y después en varias máquinas de escribir, muchos bolígrafos, que solía llevar visibles en los bolsillos de sus camisas, y que regalaba a sus estudiantes, y mucho whisky, el único lujo que se permitió mientras pudo. Íbamos a la escuela con el uniforme cuidadosamente remendado por mi madre, pero eso nunca dio lugar a que nos vieran de menos, porque nuestro medio social, en ese sentido, era mucho más indulgente que el actual.
Fue así como ambos, mi padre y mi madre, nos criaron con una visión del mundo menos centrada en comodidades materiales, y más en principios como la honestidad y el trabajo. Nos formaron en la solidaridad, no solo con la familia, sino con los movimientos sociales. Durante los años setenta, mi madre no estaba muy cómoda con que yo, a los catorce años, adquiriera un compromiso político, pero terminó resignándose. Nuestra modesta casa fue siempre lugar de reunión donde llegaban militantes de todas las edades, estudiantes y profesionales. Siendo mi padre un periodista respetado incluso por la derecha, mi hogar fue en ocasiones refugio de perseguidos políticos, como el ya fallecido Mario Sosa Navarro, dirigente del Partido Comunista, a quien recuerdo porque, siendo yo muy niña, era el señor que vivía en mi casa, de donde no salía, y que me hacía pajaritas de papel.
Fue muy doloroso para ella dejarnos ir, primero a mi hermana, a estudiar, en los años setenta, y después a mí, a principios de los ochenta, como parte de los grupos de jóvenes que no aceptábamos la aplicación de la doctrina de seguridad nacional ni la invasión de Honduras por tropas norteamericanas. Ella, como siempre lo hizo, colaboró con los movimientos revolucionarios de Centroamérica, llegando incluso a transportar en una ocasión un arma oculta en su cartera. Ahora se puede contar, sin temor de que nadie la persiga por esa razón. Años después, fue mi madre quien viajó para irnos a traer y garantizar que estuviéramos seguras, primero a mi hermana, con su hija recién nacida, y luego a mí, embarazada, en cuanto hubo condiciones para que cada una pudiera regresar.
Fallecido mi padre, el compromiso social de mi madre continuó siendo el mismo. Sin llegar a afiliarse a ningún otro partido, se alejó por completo del Liberal, corresponsable, junto con los militares, de las violaciones a los derechos humanos en Honduras en la década de los ochenta. Paradójicamente, fue durante un gobierno liberal de matices progresistas, el de Manuel Zelaya Rosales, que mi madre, y con ella sus hijas, empezamos a distanciarnos, no de las causas en las que siempre creímos, pero sí del caudillismo que caracterizó a su administración. No nos convencía en absoluto la trayectoria de un terrateniente, hijo del dueño de la hacienda donde se perpetró la matanza de Los Horcones, señalado de estar involucrado en la tala de bosques y tráfico de madera, que hizo carrera como político de profesión justamente en el partido corresponsable de la aplicación de la doctrina de seguridad nacional en Honduras. Con la socarronería propia de sus raíces de occidente, mi madre solía decir: «No puedo creer yo que alguien se acueste siendo reaccionario y se levante siendo revolucionario».
La última actividad política que recuerdo en la que mi hermana y ella participaron juntas fue acompañar la huelga de los fiscales, en 2008. El proyecto de la «cuarta urna» fue para nosotras, por principio anticontinuistas y antidictatoriales, el hecho que terminó de distanciarnos de lo que, para algunos sectores considerados de izquierda y buena parte de los gremios, era una revolución. Para nosotras sencillamente nunca lo fue.
Hoy reconozco que nuestra alergia al poder nos impidió entender en su momento que, por poco confiable que fuera la trayectoria y el estilo de gobierno de la administración liberal de Zelaya, significó un avance en cuanto a políticas sociales. No fuimos capaces de prever y no estábamos preparadas para responder cuando ocurrió el golpe de Estado de 2009, sin que ello de ninguna manera significara que lo apoyáramos, como con frecuencia se me acusa cada vez que cuestiono el caudillismo ciego y la mentalidad patriarcal de muchos de mis antiguos excompañeros.
En las elecciones de 2017, yo voté por el candidato de la alianza contra Juan Orlando Hernández, como la última y desesperada opción en ese momento para intentar detener la reelección anticonstitucional, y mi madre regresó a su antigua militancia liberal, votando por Luis Zelaya. Pero ambas coincidimos en nuestra oposición al fraude y a la dictadura.
Mi madre tuvo la fortuna de continuar siendo una mujer activa hasta más allá de los noventa años, con buena condición física y notable lucidez. Hasta hace dos años, incluso estando ya muy enferma, ella fue siempre quien preparó comidas exquisitas para las cenas familiares de Navidad y año nuevo. La celebración para la que no cocinó fue la que organizamos en casa para su nonagésimo cumpleaños, ocasión en la cual logramos reunir a varias de sus amistades y miembros de la familia. El escritor Gustavo Campos me ayudó a preparar un asado, y le llevé mariachis para que le cantaran Las mañanitas. La foto que acompaña este escrito es de ese día.
No fue sino hasta en los últimos dos o tres años de su vida que la afectó una enfermedad neurológica. Poco a poco se fue deteriorando su condición, y en el último año habíamos perdido ya a esa mujer brillante y guerrera, doblegada por un dolor constante que por momentos la hacía gritar.  Se refugió en su religión, aferrada a la esperanza de un milagro que la curara, ya que la medicina no tenía respuesta para su caso. A su avanzada edad, había sobrevivido a todos sus hermanos y hermanas, así como a prácticamente todas sus amistades. Había hecho otras nuevas, pero la dificultad para moverse, aunada al deterioro progresivo de la vista y la audición, le trajo aislamiento social, solo roto por sus bisnietos, y Olga, una de sus numerosas sobrinas, que la visitaba con sus hijas.
Estando ya muy enferma, recibió el ofrecimiento de una buena amiga, que sabía de nuestras estrecheces económicas y tenía un alto cargo en el primer período presidencial de Juan Orlando Hernández, sobre la posibilidad de recibir una pensión del Estado, en su condición de viuda del reconocido periodista Ventura Ramos. Mi padre, a pesar de haber trabajado durante décadas en el periodismo y la docencia, en sus últimos años en Diario Tiempo y en la Escuela de Periodismo de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, no logró dejarle a mi madre más que una mísera pensión por viudez del Seguro Social. Unánimemente nuestra respuesta fue que no, que muchas gracias, pero jamás recibiríamos una limosna de ese gobierno. Supongo que mi madre se lo expresó de forma más diplomática a la amiga, agradeciéndole la buena intención.
Mi hermana Gertrudis, que además de ser doctora en medicina heredó la vocación de cuidadora, consultó a numerosos especialistas sobre la enfermedad de mi madre, probó diversos tratamientos y estuvo pendiente de ella día y noche, con el apoyo de Gloria, una amiga que trabajó en mi casa cuando yo era niña, y que volvió para acompañarlas. A pesar de su esmero, mi madre dejó de comer y de dormir. Como resultado, su condición física empeoró, y ya estaba perdiendo la lucidez. Finalmente, el universo mostró un poco de misericordia. Unos minutos antes de la medianoche del domingo 12 de abril, repentinamente dejó de respirar. Cuando la ingresamos de emergencia a la clínica, en los primeros minutos del 13 de abril, ya había muerto. El acta de defunción certifica que tuvo un paro cardiorrespiratorio.
Tener un fallecimiento en la familia es difícil en cualquier circunstancia, pero lo es aún más cuando el país está en cuarentena debido a una pandemia. No pudimos honrarla como debió ser; de la morgue del hospital tuvimos que trasladarla al lugar de su entierro, y solo pudimos estar presentes sus dos hijas y una de sus nietas. Sin embargo, agradecemos infinitamente las muestras de solidaridad que centenares de personas, incluso algunas desconocidas, nos han hecho llegar por medio de redes sociales, llamadas y mensajes.
Creímos que ella, que gustaba tanto de las flores y las plantas, se iría sin una sola flor; pero una amiga generosa llegó a la puerta de la casa con dos hermosos arreglos florales, que dejamos sobre su tumba. Gracias, Gloria Rodríguez, por ese gesto. Gracias a la Cámara Hondureña del Libro, Mujeres Unidas en las Artes Leticia de Oyuela, Grupo de Sociedad Civil y Foro Nacional de Sida, por los acuerdos de duelo en los que públicamente nos han expresado sus condolencias.
Para ella, como ferviente católica que fue, los rituales religiosos eran muy importantes. Le agradezco al padre Ángel Castro el haberla visitado en nuestra casa, hace algún tiempo, por medio de la gestión de mi buena amiga Isolda Arita. Y hace aproximadamente un mes logré que llegara a confesarla un sacerdote de la iglesia La Guadalupe, parroquia a la que pertenecía. Espero haber contribuido así a que su tránsito haya sido sereno, y que, habiéndose ido en los últimos minutos de un Domingo de Resurrección, haya encontrado la luz en la que creía.
Habiendo llegado a tan avanzada edad, mi madre conoció varios mundos, temporal y geográficamente, y vivió bajo al menos tres dictaduras, incluyendo la que oficialmente fue «gobierno democrático», la de Roberto Suazo Córdova, y la actual de Juan Orlando Hernández, que nos tiene a merced de la corrupción, la impunidad y el crimen organizado.
No siempre estuvimos de acuerdo con Alicia, y en ocasiones se quejaba de que yo «le había sacado canas verdes», y que era «más rebelde que un varón». Pero me siento orgullosa de haber tenido como madre a una mujer como ella, que fue capaz de decidir su propio nombre, que desafió la autoridad materna subiéndose a los árboles, que combatió a una de las dictaduras más siniestras y prolongadas que hemos tenido, que puso su vida en riesgo en varias ocasiones por su país y por su gente. Sus luchas y contradicciones forman parte de lo que yo soy, como también forman parte de la historia de Honduras, donde siempre hemos existido mujeres tercas, empeñadas en construir, de todas las formas posibles, la esperanza.
María Eugenia Ramos
Tegucigalpa, 15 de abril de 2020.

23 de abril de 2019

En el Día del Libro


Mis primeros recuerdos de los libros datan de cuando tenía tres años. Mi padre y mi madre se turnaban para leernos, a mi hermana y a mí, muchas y muy variadas historias. El primer libro que recuerdo es uno de formato pequeño, con el título Flor de leyendas, reunidas por Alejandro Casona. Según mi madre, a esa edad yo pedía: «¡El anillo de Tala quelo!», refiriéndome a «El anillo de Sakuntala». Curiosamente, no recuerdo la frase que ella me atribuye, pero sin duda recuerdo el pequeño libro, con forro de cubierta, como se acostumbraba en la época, y una leve sensación de reconfortante tristeza que me quedaba después de escuchar esa historia y otra igualmente melancólica, «El anillo de los nibelungos».

Tenía cinco años y aún no iba a la escuela cuando fui capaz de leer por mí misma esas historias, y a partir de allí me convertí en devoradora de libros, que me gustaba leer en la cama, boca abajo, mientras me comía un par de naranjas. Poco después aprendí a hacer yo misma pequeñas ediciones caseras, mecanografiando mis primeros cuentos, ilustrándolos y encuadernándolos. La vida después me trajo muchos vuelcos, y ha habido períodos en los que leer no ha sido la prioridad; pero aun así he aprovechado cualquier pequeño espacio para apropiarme de otros mundos con la cabeza hundida en el libro, por convulsa que fuera la realidad de ese momento.

Los libros me han permitido viajar a miles de kilómetros de distancia, y no en sentido figurado, sino real. Por ellos he podido visitar México, Colombia, Argentina, Nicaragua e Italia. Me han permitido estrechar la mano de Juan Gelman, abrazar a Claribel Alegría, tomarme un refresco de arroz con piña obsequiado por Tulita, la esposa de Sergio Ramírez, compartir el alojamiento con Leonardo Padura, compartir mesa con Gioconda Belli, y hacer amistad con gente que escribe que además son personas maravillosas, como Giovanna Rivero, de Bolivia, y Ulises Juárez Polanco, que ya no está físicamente.

Por las historias que sembraron dentro de mí, por las nacieron de mí y por las que vienen, nunca podré agradecer lo suficiente a los libros y a la palabra escrita.

29 de marzo de 2019

De cómo conocí a Margarita Velásquez y aprendí a respetar a Juana la Loca

Afiche: Tomado de MUA: Mujeres en las Artes

Juana la Loca y yo nunca fuimos amigas. Soy más bien retraída, nunca he sido visitante asidua de cafés ni bares, y dejé de ir a fiestas desde antes de salir de la adolescencia. Cuando consumo alcohol, procuro que no sea en exceso, y de preferencia lo hago entre amistades de mucha confianza. Me molesta el humo del cigarro y rehúyo los espacios donde lo que empieza como diversión termina en insultos, agresiones o vómitos. Sí, lo sé, soy fresa y aburrida; pero agradezco que me permitan ser y sentirme cómoda. Por estas razones, el personaje de Juana la Loca me intimidaba, y tristemente no conocía a Margarita Velásquez, la mujer que estaba detrás.
Hace más de tres décadas, yo salía una noche del Teatro Manuel Bonilla acompañada de un grupo de personas, después de haber asistido a una de las presentaciones del Festival Bambú. Sorpresivamente, escuché que una mujer que yo no conocía nos gritaba: «¡Ajá, grandes putas que andan corriendo atrás de un pene comunista!». Asustada y avergonzada, pregunté quién era, y alguien me dijo: «Es Juana la Loca».
Reconozco que me ganó el prejuicio, y durante mucho tiempo no fui capaz de valorar la poesía de Juana Pavón.  Sin embargo, con los años aprendí a reevaluar muchos de mis criterios, sobre todo desde la óptica de la reivindicación de las mujeres. No había logrado interesarme por completo en esta autodenominada «poeta de la calle», cuyo desparpajo me seguía intimidando, pero había podido entender e identificarme con algunos de sus poemas.

Cuando Juana enfermó gravemente comencé a percibirla de otra manera. Coincidimos en una lectura de poesía que se hizo en el Parque Central de Tegucigalpa, y nos fotografiamos juntas. No me insultó, y yo la saludé con respeto. Para mi sorpresa, después me envió una «solicitud de amistad» por una red social, y la acepté de inmediato. Me alegró que comentara una foto de mi gata Matilda, y así me enteré de que tenía compañeros felinos, como yo.
La vida hizo que el teatro, tal como aquella lejana noche me mostró la parte agresiva de Juana la Loca, el personaje, después me permitiera conocer a Margarita Velásquez, la mujer. El grupo teatral Bambú, el mismo que todos los años organiza el festival del mismo nombre, montó la obra Juana la Loca del salvadoreño Carlos Velis, adaptada y dirigida por la maestra Luisa Cruz, como parte de su campaña para recaudar fondos destinados al tratamiento de Juana. La obra fue escrita en 2002, y seguramente ya había sido representada muchas veces; pero para mí fue todo un descubrimiento, porque por primera vez conocí la historia de Margarita Velásquez, huérfana, pobre, abusada y violada a temprana edad, golpeada una y otra vez, presa, engañada, maltratada (ahora lo sé) hasta por hombres icónicos del pensamiento marxista hondureño. Entonces me di cuenta de que ese muro de insultos, ese apenas subsistir entre el estado alcohólico y la resaca, eran la única forma posible de mantener la cordura. Y entendí también cuán increíblemente brillante tuvo que ser su talento poético para nacer y afianzarse entre tanta miseria.
Margarita Velásquez falleció en la madrugada del 28 de marzo, me ilusiona creer que en paz, rodeada del cariño sincero que le prodigaba la gente. Soy por naturaleza escéptica y muchas veces me quejo de nuestra ingenuidad como pueblo; pero el que de muchas maneras se haya comprendido y reivindicado a Juana me muestra que aún hay esperanza.
Despedimos a Margarita Velásquez, pero Juana Pavón se queda. Por derecho propio tiene un lugar junto a Clementina Suárez, Amanda Castro y otras precursoras y transgresoras. Solo espero que, como en el caso de Clemen, pasado el fragor de las anécdotas podamos llegar a la justa valoración de su vida y su obra. Y, puestas a esperar, también espero que terminen la misoginia, el abuso y el maltrato. Que ninguna niña ni mujer tenga que pasar por lo que pasó Margarita. Que no sea necesario pelear con tanta desesperación por ocupar el lugar que como mujeres, como seres humanos, nos pertenece.
María Eugenia Ramos
Tegucigalpa, 29 de marzo de 2019.

19 de marzo de 2019

En el Día del Padre


Ventura Ramos con sus hijas María Eugenia y Gertrudis,
en su casa del barrio La Guadalupe de Tegucigalpa, años sesenta.

En Honduras, un país con tantas desigualdades y carencias, donde además históricamente ha predominado la cultura de la violencia, tener un padre presente, amoroso y protector, es un privilegio. Yo soy una de las afortunadas que lo tuvo y que vivió una infancia feliz, aunque el dinero no sobraba.

Recuerdo con cariño los remiendos que mi madre hacía en mi uniforme escolar, y entiendo ahora que esa era una de las mil maneras en las que ella se las ingeniaba para estirar el salario de mi padre, escaso a pesar de que en ese momento tenía tres empleos, como periodista y como maestro de español en jornada diurna y nocturna. Por suerte, en mi escuela pública, la República de Honduras de la colonia Alameda de Tegucigalpa, ir con el uniforme remendado no era extraño. Después entendí que, aun con mi uniforme remendado, yo poseía ciertos privilegios, como el estar bien alimentada y tener un techo confortable. Pero el mayor privilegio era el de ser una niña querida y protegida, que disfrutaba al máximo su infancia. Y ese disfrute se debió, en gran parte, a mi padre.

De rostro adusto, casi pétreo, con fuertes facciones indígenas, tanto que alguna vez le llamaron con cierta ironía «Dios del Maíz», Ventura Ramos no reflejaba a simple vista las cualidades que le hacían un gran maestro y padre excepcional. Sin embargo, sus colegas de la escuela primaria donde fungió como director durante su juventud recuerdan que solía jugar fútbol con sus estudiantes en el patio de la escuela, para indignación de los supervisores del ministerio de Educación, que exigían más «disciplina». Y ese mismo trato horizontal fue el que años después practicó en casa, con sus hijas. Con nosotras jugaba como si fuera un niño más; lo voseábamos y podíamos llamarlo «mico», lo que de hecho le encantaba. No es de extrañar que los bebés se sintieran a gusto en su presencia, y que los gatos, a los que adoraba, lo siguieran por la calle como perros, ante la extrañeza de los vecinos.

Su compromiso y militancia política no fueron excusas para no estar presente en nuestras vidas. Mi hermana mayor nació entre los bombardeos, durante el golpe de Estado contra Jacobo Arbenz en Guatemala, donde mis padres estaban exiliados, y mi padre tuvo que refugiarse en la Embajada de Ecuador, para después emigrar a Guayaquil. No pudo reunirse con su familia sino hasta tres años después, en Tegucigalpa, y tuvo que ganarse el cariño de su hija, que para entonces llamaba «papá» a uno de mis tíos maternos. Pero nunca más se volvió a alejar. Eso sí, oíamos Radio Habana Cuba de forma clandestina durante el golpe de Estado de 1963. Como periodista, mi padre siempre tuvo un aparato de radio con capacidad para captar frecuencias extranjeras. Además, en nuestra casa encontraron refugio algunos líderes, así como las pinturas de nuestro muralista Álvaro Canales, quien al exiliarse en México las dejó al cuidado de mi padre.

Cada vez que alguien cumplía años en la casa, nos despertábamos con «Las mañanitas», interpretadas por mariachi tradicional, en los discos de vinilo que mi papá ponía. Por las mañanas desayunábamos oyendo un programa de música clásica que transmitía una emisora local. Y en época navideña, esa misma música se escuchaba en casa todo el día. A él le debo mi afición por algunos clásicos como «El amor de las tres naranjas», de Prokofiev, y el ballet «La bella durmiente», de Tchaikovsky.

Aunque alguna vez mostró rezagos de machismo, como cualquier hombre hondureño, nacido además en una época cuando el patriarcado no se cuestionaba, siento que logró superar esa mentalidad, como lo demuestra el hecho de que me compartiera con entusiasmo las historias de las heroínas soviéticas y francesas de la Segunda Guerra Mundial. Con él jamás me sentí amenazada o disminuida; por el contrario, siempre me alentó y me apoyó, aunque no estuviera de acuerdo con alguna de mis decisiones.

Le debo la autoestima, esa sensación de que valgo, el sentimiento incomparable de haber sido escuchada desde niña; y también el ateísmo, que agradezco porque no acudo a poderes sobrenaturales, sino que encuentro en mi interior lo que necesito para enfrentar el mundo. Nos dejó herencias de valor incalculable: el amor por los libros y la literatura, el amor por los animales, el sentido de dignidad y justicia. Veo con alegría que mi hermano Carlos Ventura, aunque no se crió físicamente con mi padre, ha sido a su vez un progenitor responsable y amoroso, y su descendencia refleja esos mismos valores.

Los recuerdos de mi infancia, la visión del mundo que me inculcó mi padre, son el fundamento de lo que soy ahora, y también las tablas que me han hecho salir a flote cuando las circunstancias han sido difíciles. Por todo eso, papá, Ventura Ramos, gracias. Como atea que soy, no pienso que me estés viendo desde algún lugar; mejor aún, pienso que mucho de tu espíritu se quedó dentro de mí, en tu descendencia, y en esos jóvenes, hombres y mujeres, que de diversas maneras y en múltiples frentes siguen dando la pelea porque Honduras no se hunda.

Tegucigalpa, 19 de marzo de 2019.