sábado, 22 de agosto de 2015

Un artículo de Ventura Ramos publicado hace 59 años

AMÉRICA LATINA Y EL CANAL DE SUEZ 

Por V. R. Alvarado



Una de las fases decisivas de la lucha de las grandes potencias por la retención del Canal de Suez en sus poderosas manos, contra las aspiraciones de Egipto, va a librarse en las Naciones Unidas, primero en el Consejo de Seguridad y después en la asamblea general, próxima a reunirse.

Y para librar esta batalla diplomática, ambas partes están realizando ya sus preparativos. Las grandes potencias que han creado la Asociación de Usuarios del Canal de Suez cuentan con el voto favorable de los pueblos que no significan nada en ese organismo, pero son miembros de las Naciones Unidas. En esta categoría están los países de América Latina.

El representante diplomático de Egipto en Río de Janeiro ha dirigido una apelación a los gobiernos latinoamericanos para que le presten su apoyo en la defensa de los puntos de vista de su país, en la pugna surgida por la nacionalización sorpresiva del canal.

Y naturalmente, Estados Unidos, artífice principal de la Asociación de Usuarios, de acuerdo con los pactos panamericanos firmados después de la segunda guerra mundial y la interpretación especial que se ha venido dando a la confraternidad latinoamericana, es indudable que cuenta con el respaldo latinoamericano en la ONU.

Esto plantea un serio problema, por cuanto Panamá, con iguales o mayores compromisos que las demás naciones iberoamericanas, por razones que atañen a la reserva de sus derechos soberanos, ya ha manifestado públicamente su apoyo a la causa egipcia.

Para el gobierno y el pueblo panameño la cuestión es totalmente clara y por este motivo no han vacilado en ponerse al lado del presidente Nasser. Hay un canal en su territorio que pertenece a Estados Unidos por una concesión centenaria, según la cual se separa una zona considerable de la soberanía de Panamá, con fatales consecuencias discriminatorias para los habitantes y para la integración de la nacionalidad. Y como el mundo marcha hacia la eliminación de las interferencias extrañas en la vida de los Estados y de los pueblos, es lógico pensar que Panamá, al apoyar a Egipto, está reservándose el derecho a plantear su caso en su oportunidad.

En esta circunstancia, más el hecho indiscutible de que el derecho internacional es uno en el mundo actual, la disputa del Canal de Suez tiene una gran importancia para los países de la América Latina.

Y la importancia no es solo de orden jurídico teórico, sino de orden práctico, pues las delegaciones de nuestros países latinoamericanos tendrán que sopesar su voto en las Naciones Unidas, porque al rechazar la nacionalización egipcia del Canal de Suez para apoyar a la Asociación de Usuarios, estaremos abandonando desde ahora a Panamá en la solución de su grave problema. Debemos recordar que la solidaridad interamericana no debe entenderse nunca como el respaldo obligado al país más fuerte, militar y económicamente, sino al que tenga el derecho de su parte.

Somos países aún en proceso de integración de la soberanía; nos estamos formando desde el punto de vista de la nacionalidad y sabemos que esta no existe sin soberanía plena. Este proceso es más intenso en Medio Oriente que entre nosotros, debido a que allá el colonialismo crudo se prolongó mucho más tiempo que en América. Pero aquellos países y los nuestros viven etapas semejantes, no obstante las diferencias geográficas y el grado de interferencia extraña.

El ideal es el mismo, queremos un mundo libre de la dominación de los débiles por los fuertes, en el que reine la cooperación fraternal, sin tomar en cuenta el tamaño de las naciones y su grado de desarrollo.

Desde este punto de vista y pensando en lo que el precedente del Canal de Suez pueda representar para la justicia interamericana, a nuestro juicio el voto latinoamericano debe ser a favor de la tesis egipcia, con la sola condición de que el canal quede abierto al servicio internacional bajo la garantía del Consejo de Seguridad, sin excluir a los barcos israelitas.

Y no es que apoyemos lo que los políticos ingleses y franceses llaman ambiciones de Nasser, a imitación de los dictadores totalitarios. Opinamos que es la manera de reconocer la soberanía de Egipto, con la seguridad de que al pronunciarnos en este sentido, estamos haciendo reserva expresa de la soberanía de nuestros pueblos, el de Panamá en particular, que forzosamente tiene que hallar solución al problema de la existencia de la Zona del Canal, ahora arrancada de la autoridad del Estado panameño y bajo el poder de una política extraña.

Una cosa es el régimen interno de Nasser, que quizá no sea muy democrático, y otra la expresión de la soberanía de la nación egipcia. Aquel es discutible y esta no admite discusión, porque como principio es una para todos los pueblos.

(Diario La Nación, San José, 24 de septiembre de 1956.)

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