21 de agosto de 2015

El reflejo de las antorchas

Hoy volvía a casa después del taller sobre imaginarios sociales de FLACSO, donde se habló, entre otras cosas, de la desconfianza y el miedo que nos han caracterizado como sociedad en los últimos años. Esperaba un colectivo que no pasaba y ya casi era de noche (el miedo asomando ya). La cola de vehículos era interminable porque tenían cerrado el paso por Casa Presidencial. Me atreví a preguntarle a un taxista sin pasajeros si me llevaba "colectivo". Me preguntó hasta dónde iba y cuando le dije, me contestó que sí. Mientras la fila avanzaba a cuentagotas, hablábamos de que en la Presidencial tienen pavor de las marchas de los viernes. Luego me contó que en realidad debía recoger a un cliente; pero me sacó de donde estaba, me dejó en un punto de taxis, recomendada con el despachador, y no me quiso cobrar. Después de todo, las antorchas sí iluminan un trecho de esta Honduras.

(Foto tomada de la página de Facebook Renuncia JOH)

12 de junio de 2015

Literatura hondureña para el nuevo siglo: perspectivas y desafíos

Portada del Anuario 1999. Fotografía:
"A contramarcha... hacia el futuro", de
Efraín Ascencio Cedillo.
Hace tres lustros escribí este texto para presentarlo como ponencia en uno de los encuentros de escritores e intelectuales Chiapas-Centroamérica, desarrollados a lo largo de la década de los noventa como un espacio de diálogo y discusión para escritores, pensadores y artistas de la región. (Véase al respecto la conferencia Experiencias de los encuentros de intelectuales Chiapas-Centroamérica, impartida por el Dr. Andrés Fábregas Puig en Costa Rica.) 

He querido reproducir el artículo hoy, quince años después, porque me parece interesante establecer una comparación entre la situación de la cultura, el arte y la literatura en Honduras a comienzos del siglo XXI y lo que tenemos hoy. En el año 2000, para el caso, no teníamos instituciones de cooperación como el Centro Cultural de España en Tegucigalpa, que ha desempeñado un importante papel en la promoción y difusión del quehacer artístico y cultural; el internet y las redes sociales apenas comenzaban a usarse en el país. 

Ahora se escribe y se publica más, ¿pero cuánto hemos avanzado en términos cualitativos? ¿Qué papel desempeñan la educación formal y no formal? ¿Los problemas del sector editorial siguen siendo los mismos? En términos estructurales, ¿sigue el país en situación de desastre? Las preguntas quedan planteadas. 
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Literatura hondureña para el nuevo siglo: perspectivas y desafíos[1]

María Eugenia Ramos

El final del siglo XX y el inicio de un nuevo milenio implica para los pueblos latinoamericanos la disyuntiva de elegir entre asumir su identidad, como un proceso forjado en un entorno social e histórico específico, o plegarse incondicionalmente a las exigencias de una globalización que pretende arrasar con nuestra memoria histórica y terminar de uniformarnos en los parámetros de una tecnología a ultranza, que en nuestros países subdesarrollados se convierte en analfabetismo tecnificado.

En estas circunstancias, la literatura y el arte, como componentes esenciales de la memoria y la identidad de los pueblos, podrían significar las tablas de salvación que nos permitan hacernos escuchar en los centros culturales hegemónicos y contribuir, no solo a nuestra supervivencia como pueblos, sino a la reafirmación de nuestro propio ser.

Lograr esta aspiración implica una relectura apropiada de las contribuciones universales, así como la interpretación y codificación de signos, para estar en capacidad de generar una obra con la solidez suficiente para lograr validez universal, al tiempo que reafirme el proceso de construcción de la identidad.[2]

Estos desafíos demandan, a la vez que una toma de conciencia individual por parte de escritores y artistas, la construcción de las condiciones mínimas indispensables en el entorno social para posibilitar la creación, difusión y consolidación de la obra artística y literaria. Tales condiciones abarcan la promulgación de políticas estatales apropiadas y coherentes; toma de conciencia de la sociedad civil sobre la cultura como un derecho fundamental; promoción de la lectura en todos los estratos y en todas las formas posibles; y apertura y consolidación de espacios para la creación, la investigación, la difusión, la crítica y el intercambio cultural.

Si el cumplimiento de estos parámetros es difícil aun en países que constituyen auténticas potencias culturales en el ámbito latinoamericano, como México, Argentina o Colombia, las dificultades adquieren grados alarmantes en los países centroamericanos, históricamente desplazados al último rincón del traspatio.

El huracán Mitch puso de relieve las debilidades estructurales, económicas, políticas y sociales de la región centroamericana. En Honduras, el país más afectado por este fenómeno natural, las características de la sociedad hondureña, la dependencia, el atraso, las desigualdades sociales, la corrupción, la ineficiencia gubernamental y privada, la falta de conciencia sobre nuestras responsabilidades, agravaron el impacto del huracán y continúan incidiendo para que no se haya avanzado mucho desde entonces.

Una situación de desastre no es el marco más deseable para el fomento de la cultura. Sin embargo, muchos sectores han reconocido que la pregonada “reconstrucción” no servirá de nada si se limita a sustituir carreteras, edificios y redes de servicio público obsoletas por otra infraestructura igualmente deficiente. De lo que se trata es de generar y aplicar alternativas propias que comprendan como una necesidad básica el derecho a la educación y a la cultura —incluyendo la creación artística y literaria— como elementos imprescindibles del desarrollo humano.

Y aquí entra en discusión un problema esencial, que entraña una diversidad de subcomponentes y limitantes, y está íntimamente relacionado con la cultura y la creación; el sistema educativo, en sus dimensiones formal y no formal. Actualmente, las agencias de cooperación internacional y el gobierno están auspiciando una serie de encuentros dirigidos, según se ha informado, a lograr la participación de la sociedad civil y la concertación de los diversos sectores en la elaboración de las políticas educativas.[3]

Hasta ahora, dichos encuentros se han limitado a abordar el tema desde la perspectiva de cómo entrenar individuos aptos para competir en los mercados internacionales de la globalización, es decir, dotados de destrezas computacionales y conocimientos de inglés. No obstante, la esencia del problema es de carácter humano, y por tanto filosófico; el inglés y la computación no serán más que adornos para venderse mejor si se carece de una formación humanística integral que capacite, no solo para entender, sino para decidir sobre el uso de las herramientas tecnológicas.

La educación y la cultura deben ser democratizadas, no solo en cuanto al acceso a los bienes y servicios, sino también como parte de un proceso de democratización de la sociedad en su conjunto. La cultura (y por tanto la literatura y las artes) debería ser “el espacio en que se participa, se juzga y se escoge”.[4]

Teniendo en cuenta las premisas anteriores, resulta más fácil comprender el por qué en Honduras la literatura y las artes continúan luchando, no solo por romper el hermetismo de la sociedad hondureña y ocupar un espacio propio, sino por trascender las fronteras, antes geográficas y ahora comerciales.

En estos últimos años se ha manifestado un creciente interés, tanto desde adentro como fuera del país, por aproximarse a la literatura hondureña y revalorarla para subsanar los graves vacíos de que adolecen la mayoría de las antologías y textos críticos sobre literatura latinoamericana, en los que olímpicamente se ignora lo que se hace en Honduras, quizás porque es más cómodo, al estilo de los antiguos europeos, asegurar que algo no existe cuando en realidad no se conoce.

Los estudios más exhaustivos demuestran que en la narrativa, y más específicamente la cuentística, hay un número considerable de autores cuyo trabajo merece ser considerado, no solo por su sensibilidad hacia el entorno social, sino también por reflejar criterios estéticos a la altura de los parámetros universales.[5] Cabe señalar, asimismo, como resultado de la correspondencia entre la realidad social y el trabajo literario, la presencia de un número significativo de autoras, sobre todo en poesía, y en menor medida en narrativa.

En cuanto a la novela, aún queda un largo camino por recorrer. No se puede dejar de destacar el trabajo de Julio Escoto, no solo por su volumen y constancia, sino por sus recursos estilísticos y su capacidad de explorar la identidad y la memoria histórica a través de los códigos lingüísticos, sin caer en lo discursivo, lo costumbrista, la linealidad ni la xenofobia. Por su parte, Marcos Carías, narrador y ensayista, sobresale por su búsqueda experimental.

La poesía es mucho más abundante y por lo mismo requiere un mayor trabajo de descombro, sin que por ello desconozcamos que, como apunta Helen Umaña, “todo es un proceso de lenta maduración en la que una etapa prepara a la otra. (…) En este aspecto, ningún autor es innecesario. Todos (…) ponen peldaños en la construcción del legado literario”.[6]

Es necesario decir que la reducida industria editorial hondureña no ha logrado sobrepasar los límites de un mercado cautivo, conformado por profesores de nivel medio y universitario que obligan a sus estudiantes a comprar textos cuya selección no obedece siempre a criterios estéticos, literarios ni aun pedagógicos, sino más bien atendiendo a la comisión resultante de la venta o a la comodidad de no tener que hacer una investigación más profunda para estar en capacidad de orientar a los estudiantes.

Desde esta perspectiva, en Honduras se sigue reproduciendo el cliché de que “la gente no lee”, lo cual es cierto, pero por las mismas razones por las que no escucha música clásica, prefiere un cuadro costumbrista a una instalación abstracta o vota por cualquiera de los dos partidos tradicionales: porque es lo único que le han puesto al alcance, sin restricciones.

A la par de “reeducar a los educadores”, es imperativo buscar mecanismos alternativos para oxigenar la producción editorial. En este aspecto, cabría pensar en la posibilidad de que algunas editoriales pequeñas del área centroamericana, que por lo general están más vinculadas a la creación artística y literaria porque sus objetivos van más allá del éxito comercial, participaran en proyectos conjuntos de publicación.

México, y especialmente el Estado de Chiapas, han propiciado el intercambio cultural entre los países de la región. Y aquí no podemos dejar de mencionar el importante papel desempeñado por intelectuales mexicanos como Andrés Fábregas Puig, Jesús Morales Bermúdez y su equipo de colaboradores, quienes iniciaron la tradición de estos encuentros entre intelectuales, artistas y trabajadores de la cultura, que han facilitado el intercambio de experiencias, así como la reafirmación de nuestros lazos comunes.[7] Esta saludable influencia podría expandirse mediante la convocatoria a certámenes regionales y publicaciones conjuntas de obras que, a través de la literatura o la investigación social y cultural, contribuyan a reafirmar nuestras identidades como países y como región.

En conclusión, es largo el camino que la literatura hondureña debe recorrer, y no lo andarán solos los narradores, poetas, ensayistas y dramaturgos. Se tendrá que ir definiendo y recorriendo a la par de los pueblos que conformamos la Nuestramérica que predicó Martí. Tenemos conciencia de que, en el decir del poeta hondureño José Luis Quesada,

Nuestro tiempo es difícil.
Pero la vida lo rebasará.
Unos con otros nos ayudaremos. Unos con otros.[8]

Y, como el poeta guatemalteco Humberto A’kabal, pedimos fervientemente

Que la luz no le dé paso a la oscuridad
para no perder la seña de nuestro camino.[9]

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NOTAS


[1] Artículo publicado en el Anuario 1999 del Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica, Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. Tuxtla Gutiérrez, 2000. Presentado originalmente como ponencia en el marco del tercer Encuentro de Escritores e Intelectuales Chiapas-Centroamérica.
[2] Arzú Quioto, Santos (2000). “La identidad en el nuevo orden mundial y el artista que genera libertad”. En Trayectos, revista de arte, literatura y pensamiento social. Al momento de escribir este artículo, el primer número de esta publicación de gran formato (editada por María Eugenia Ramos, con un comité editorial del que formaban parte Santos Arzú Quioto, Tito Ochoa, Nolban Medrano y Ruth Helena Jaramillo) estaba diagramado y listo para impresión. Desafortunadamente no llegó a publicarse.
[3] UNESCO (1999). Hacia la transformación de la educación hondureña. Tegucigalpa.
[4] Licona Calpe, Winston (1995). “El debate internacional sobre las políticas culturales”, en revista Huellas No. 44, agosto de 1995. Universidad del Norte, Barranquilla.
[5] Umaña, Helen (1999). Panorama crítico del cuento hondureño (1881-1999), Letra Negra - Editorial Iberoamericana. Guatemala. P. 461.
[6] Ídem, p. 460.
[7] Encuentros de escritores e intelectuales Chiapas-Centroamérica, realizados en la década de los noventa. Desde 2013, Centroamérica cuenta, evento anual organizado por un equipo de escritores e intelectuales liderado por Sergio Ramírez en Nicaragua, cumple un papel similar en cuanto al intercambio de visiones y experiencias de escritores y artistas de la región centroamericana.
[8] Quesada, José Luis (1981). Cuaderno de testimonios. Editorial Universitaria, Tegucigalpa. P. 79.
[9] En Cinco puntos cardinales (1998). Organización de Estados Americanos, Santafé de Bogotá, 1988. Ilustraciones del artista hondureño Santos Arzú Quioto.

18 de mayo de 2015

En memoria de Andrés Manuel Carrasco Parada

Foto tomada de Facebook.
Andrés Manuel Carrasco Parada tenía 29 años. Quienes lo conocieron, entre ellos mi hija, saben que era inteligente, leal, cariñoso, entusiasta, generoso, sensible. Su familia, sus amigos, sus compañeros, sus profesores, lo querían y respetaban. No bebía, no fumaba, no tenía enfermedades conocidas. No podemos creer que se haya quitado la vida, pero lo hizo; o al menos eso se piensa, aunque quizás no fue así. Tendemos a asociar toda muerte con la oscuridad, pero esta es aún mucho más oscura. No sabemos el porqué, ni tenemos una nota o antecedente previo, así que cabe preguntarnos si alguien más nos lo quitó.

Me duele muchísimo porque siento como propio el dolor de mi hija, con quien eran amigos muy cercanos. Me duele porque era alguien que daba luz a los demás y sin duda tenía muchísimo más que dar. Veo el dolor de mi niña y el de las muchachas y muchachos que fueron sus compañeros en el Instituto Jean Piaget, que formaron parte con él de su primera promoción de bachilleres, promoción de oro.

Espero de todo corazón que algún día se sepa qué pasó, y cualquiera que esté involucrado reciba el castigo que merece. Pero, si se quitó la vida, de ninguna manera me atrevería a juzgarlo ni a condenarlo por su decisión; primero, porque no tengo autoridad moral para juzgar a los demás, especialmente a un ser humano valioso como lo fue él; segundo, porque no tengo telarañas religiosas que me hagan santiguarme y creerme superior; tercero, porque soy respetuosa del derecho ajeno, lo que incluye el derecho a vivir la vida o renunciar a ella.

Buen viaje, Andrés Manuel. No importa si no conversamos más que unas pocas veces, en estos últimos minutos siento que he llegado a apreciarte y quererte como si fuera de tu promoción piagetista.


12 de mayo, 2015.

30 de abril de 2015

Poema a Lorenzo Zelaya

Fotografía de Lorenzo Zelaya tomada de archivos policiales.
Fuente: Honduras Laboral
Lorenzo Zelaya, Hermelindo Villalobos, Rufino López, Benito Díaz, Aquileo Izaguirre, Benedicto Cartagena y José María Izaguirre, eran campesinos hondureños que se alzaron en armas contra el golpe de Estado de 1963 y fueron masacrados por el ejército el 30 de abril de 1965, hecho que históricamente se recuerda como la masacre de El Jute.

En 1983, cuando tenía 23 años, escribí el poema que transcribo a continuación, del que solo eliminé algunas líneas por considerar que sobraban. Mi amigo Gustavo Irías lo encontró entre viejos papeles y hoy 30 de abril, 50 aniversario de la masacre de los mártires de El Jute, lo publicó en su cuenta de Facebook y además tuvo la gentileza de transcribirlo y enviármelo. Ni qué decir tiene lo grato que fue para mí recuperar un poema del que no conservaba copia. 

Más o menos de la misma época es mi poema "Comandante Guevara", que se imprimió en afiche en los años en que fundé y dirigí mi primer proyecto editorial. Tampoco tengo copia de ese poema. Espero que alguna amiga o amigo generoso se tome la molestia de copiarlo cuando lo encuentre por allí y enviármelo.

Mientras tanto, comparto estas líneas como un humilde homenaje a la memoria de los mártires.


Lorenzo Zelaya

Yo quería conversar con vos,
Lorenzo, y contarte algo
de lo que estamos haciendo.
Pero me pongo a pensar
y a fin de cuentas
no hay nada de estas cosas
que estamos construyendo
que vos no hayas soñado
cuando subiste a la montaña
decidido a echar verga
para encender la luz más clara del mundo
en las ventanas de los rostros de los niños.

En la costa norte de Honduras
hay muchas maneras de morir.

Vos no te quisiste morir
de la picadura del barba,
de paludismo,
de puñalada o tiro de revólver
en una reyerta de cantina,
ni venadeado en un cruce de caminos
ni borracho en la línea del tren
ni solo
colgado de una cruz
como otros tantos solos
que no saben que son fuertes
si juntaran las hambres,
los hijos, las  miserias,
los “no puedo”, los “por qué”,
los “que Dios quiera”,
las esperanzas clandestinas,
los odios, la ternura.

Vos escogiste el camino
donde la muerte es un accidente
pero no el término del viaje,
prolongaste tu cuerpo
hasta heredarnos
tu inmensa sed de vida
que nos nutre, nos da el derecho de ser parte
de esta llama de América
y no decirte nada
porque para qué, hermano,
si vos sos nuestra punta de vanguardia.

María Eugenia Ramos
(1983)


23 de marzo de 2015

Ventura Ramos, una dignidad para los tiempos

Por Félix Cesario

Segundo de izquierda a derecha, el autor de este artículo; a a su lado,
Ventura Ramos, durante una actividad del Sindicato de Trabajadores de
la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (años ochenta).
 Foto: Del archivo de Cesario Padilla. Ver foto en la página original

Era de mediana estatura, parco y suave a la hora de hablar. En pocas palabras resumía el análisis de cualquier tema de actividad social entendiendo por actividad social todo acto humano o un consejo para el amigo. Físicamente no era agraciado, pero era propietario de la belleza del patriotismo nacional, como tres o cuatro hondureños más que le han dado gloria a la patria. Con claridad educativa en los escritos, ya que fue por casi diez años editorialista de Diario Tiempo.

Es y ha sido el poeta del poema más bello y concreto de la historia literaria nacional, apenas de nueve palabras: “ alba de mis sueños, siempre  en pos de ti”, bellísimo poema amoroso social que leído a lo largo de mi vida, la nostalgia sosegada, y la furia contenida y –por qué no decirlo frustrada porque nunca miró la santísima libertad por él soñada en el templo de la patria prostituida por hombres y mujeres sin decoro.

Alejado del dogmatismo ideológico que tanto daño causó al Partido Comunista Hondureño se percibía en sus editoriales el sereno, patriótico y educativo mensaje del sentido de nacionalidad… a grado tal que en cierta ocasión llegó hasta la dirección general del influyente y desaparecido Diario El Cronista, específicamente hasta la oficina de doña Carlota Bertrand de Valladares, un señor de apellido Larach con dos cheques; uno como contribución por la defensa y ponderación de una controversia del Mercado Común Centroamericano. Y le dijo textualmente: “Este cheque es un aporte para el periódico, por la defensa de la empresa privada hondureña…y este otro es para que corra al comunista aquel” señalándole al maestro Ventura. Doña Carlota se sonrió y le contestó: “Mire, no puedo aceptarle dichos cheques”. “¿Por qué…?”, le ripostó el señor Larach. “Simple”, le dijo Doña Carlota, “porque ese comunista es el que hace los editoriales defendiendo al empresariado hondureño”. Así son de torpes los señores adinerados de mi país. Y así actúa un patriota en defensa de los intereses de la nacionalidad, alejado de prejuicios ideológicos. Nadie pondrá en duda el accionar marxista de don Ventura Ramos.

La historia con la veracidad y frialdad de las emociones y pasiones, y los historiadores, han abundado sobre la vida de don Ventura, y lo han situado en el lugar de honor que se merece, sin quitarle y más bien agregándole a su hoja de vida datos, más bien anecdóticos, a su ejemplar conducta. Con él fuimos compañeros de trabajo. Por razones de su dignidad y de su capacidad didáctica, un grupo de compañeros de la Escuela de Periodismo, allá por los primeros años de la década de los ochenta, hicimos gestiones de que impartiera cátedra en dicho departamento en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Fue mi maestro en las asignaturas de Periodismo de Opinión y Ética y Legislación de Prensa. Así que Ventura Ramos forjó una generación de profesionales de la comunicación que hoy por hoy recordamos al severo y humanístico maestro Ramos Alvarado.

Intereses mezquinos y fascistoides hicieron que el maestro don Ventura Ramos, como lo llamábamos aquella generación estudiantil, maniobraran hasta lo imposible para que la Escuela de Periodismo de la UNAH nos arrebatara del privilegio de contar con la calidad pedagógica de tan ejemplar docente. La historia nos dio la razón; hoy por hoy la UNAH y la historia ha situado a don Ventura Ramos en el altar de honor patrio que él se merece y que aún le quedan debiendo. Hoy por hoy don Ventura es Ventura Ramos, la historia solamente hizo justicia. El maestro Ventura Ramos es uno de los de siempre en la hectografía [sic] hondureña, sobra y basta con esto. Los que intentaron ensuciar su nombre son y serán argamasa de su pedestal cívico. Observadlos bien, son parte de la zoología nacional.