1 de marzo de 2011

El círculo

Rompiendo el círculo vicioso, Remedios Varo.
Técnica mixta, 1962.
LA PUERTA DEL AUTOBÚS se cerró violentamente y Marta se asió del tubo más próximo, tratando de acomodarse lo mejor posible para que sus rodillas no golpearan con las del vecino. Haciendo un esfuerzo, logró ver a Daniel, de pie cerca de los últimos asientos, haciendo equilibrio entre una mujer voluminosa de vestido rojo y un viejo con aspecto de mecánico. Marta cerró los ojos y trató de no sentir el vaho ácido de los cuerpos demasiado juntos. Durante un rato estuvo esforzándose por no dormirse, pero finalmente cedió al cansancio, pensando que faltaba mucho para llegar y siempre se despertaría a tiempo. En el sueño se vio a sí misma como una niña, de pie junto a una fuente. Sentía mucho calor y deseaba humedecerse las manos y la cara, pero cuando iba a hacerlo veía una sombra obscura reflejada en el agua y retrocedía con angustia. Se despertó sobresaltada, justo cuando el autobús se detenía en la estación de su barrio. Se volvió para ver a Daniel, que le hacía señales de bajar, mientras se abría paso a su vez hacia la puerta trasera. Marta logró recuperar de.entre la multitud su bolsa con los recipientes vacíos del almuerzo y se abalanzó hacia la puerta delantera. Tuvo que saltar porque el autobús ya había arrancado, pero logró pararse en la acera sin perder el equilibrio. La calle estaba en penumbra. Sin embargo, pudo distinguir a Daniel, que se había detenido a encender un cigarro. “Mejor que se lo vaya fumando aquí”, pensó. Empezó a caminar las tres cuadras que faltaban hasta la casa, dejando que Daniel la siguiera.
Sintió alivio al empujar el desvencijado portón y atravesar el modesto jardín sembrado de geranios. Dejó abierta la puerta para que entrara Daniel y fue a lavarse las manos en el pequeñísimo baño del pasillo. Al levantar la cabeza, se vio reflejada en el trozo de espejo colgado sobre el lavamanos, el que Daniel utilizaba para verse cuando se rasuraba. Recordó la pesadilla del autobús y se estremeció, porque le pareció ver una sombra por detrás de su cabeza. Se apartó rápidamente y sin siquiera secarse se dirigió a la cocina.
Como todas las noches, mientras recalentaba los frijoles y freía unos huevos para la cena, buscó alivio al obligado silencio del día contándole a Daniel sus preocupaciones. El supervisor había estado esa mañana más grosero que nunca, echándole en cara su lentitud para trabajar. No era culpa de ella que los huesos le dolieran algunas veces más que de costumbre. Se había hecho todos los remedios aconsejados por doña Raquel, pero la artritis avanzaba. Dentro de poco tal vez ya no podría trabajar en la maquila. Siempre despedían a la gente mayor para contratar jovencitas, que además de producir más podían descontar su sueldo acompañando al patrón coreano al cine o a los nait clubs. En realidad no se explicaba cómo no la habían despedido. Dentro de poco habría que estirar el sueldo de Daniel. Tendrías que ir dejando de fumar tanto y no ir al billar tan seguido. Sí, ya sé que no tenés otros vicios y que no fumás adentro de la casa, pero yo también hago sacrificios. Doña Raquel dice que parezco retrato, sólo tengo tres vestidos. Parece raro en una trabajadora de la maquila, pero ya sabés que me gusta ahorrar. Es cierto que no tenemos hijos, pero por eso mismo necesitamos un respaldo para cuando no podamos trabajar. Gracias a Dios no te ha gustado andar buscando otras mujeres, nunca hemos tenido problemas por eso. Te acordás que tu compadre Ramón te reclamaba la falta de hijos y te ofrecía darte una ayudita. Pero vos siempre has dicho que estamos bien así. Tu mamá, que en paz descanse, me regañaba por planificar, por no aceptar lo que el Señor nos manda. Y yo nunca planifiqué, ni sabía qué era eso. Seguramente Dios no quiso que vinieran más niños a sufrir. Siempre hemos sido sólo los dos y yo he hecho todo el oficio. Claro que algunos días estoy muy cansada, como hoy. Fijate que me dormí en el bus y tuve un sueño feo. Te lo voy a contar para que se me quite el miedo. Sí, tuve miedo. Era una niña y me paraba al lado de una fuente, pero no me podía acercar al agua porque veía una sombra y eso me asustaba. Ni televisor tenemos para decir que he estado viendo películas de miedo. Me imagino que todavía no sabés cuándo te lo va a entregar tu compadre. Ese es el problema de que te hagan favores, hasta que saque todo el trabajo que tiene en el taller lo va a arreglar. Es como doña Raquel cuando le digo que me haga un vestido para que no me vea siempre de retrato. Si yo tuviera máquina costuraría aunque fuera los domingos. Pero desde que se la robaron nunca volvimos a comprar otra. Bueno, estos frijoles ya están. Ya te podés lavar las manos. ¿Daniel?
Imaginó que Daniel estaría afuera fumándose otro cigarro. Bueno, no me oyó nada de lo que le dije. Voy a cambiarme esta ropa antes de ir a llamarlo.
En la penumbra del pasíllo, Marta empujó la puerta del dormitorio grande y retrocedió. Sobre la cama dormía un hombre que no era Daniel. Marta vio la sábana que apenas le cubría el torso, la misma sábana con el agujero zurcido por ella la noche anterior. Sin hacer ruido, cerró la puerta y se dirigió al dormitorio contiguo: La puerta estaba abierta, pero no se veía nada. Marta se detuvo lo mismo que ante la fuente. Tengo que saber, se dijo, y encendió la luz. La habitación no tenía muebles, pero sobre un petate dormían una mujer y un niño.
La única posibilidad era que Daniel estuviera lavándose las manos. Marta se dirigió hacia el baño, tratando de convencerse a sí misma de que esos desconocidos no estaban allí, sólo era el cansancio. Daniel le diría que se tomara una pastilla y se durmiera. Pero Daniel no estaba en el baño.
Frente al espejo, Marta se detuvo para contemplar a la mujer canosa que la veía con un ligero temblor en la comisura izquierda de los labios. Estoy sola, Daniel. No estás aquí. No entraste a la casa. No venías conmigo. No te bajaste del bus. No estabas en el bus. No sé si estuviste alguna vez. Este no es Daniel. Esta no soy yo. Yo no tengo hijos. No sé de quién es esta casa. No sé qué hago aquí.
Cuando la sombra que acechaba desde el reflejo se desenrolló como una serpiente, Marta volvió la cabeza y avanzó por el pasillo hasta la puerta de la calle. En el dintel se detuvo, indecisa. Se despidió mentalmente de esa casa ahora extraña. Cerró los ojos y extendió una mano hacia la sombra. Luego extendió la otra y dio un paso primero, después otro, dejando que las tinieblas la palparan, la recorrieran, la ascendieran lentamente, hasta que la puerta se cerró detrás de ella y el círculo quedó concluido.
(De Una cierta nostalgia, Editorial Iberoamericana, 2011, segunda edición.)
© María Eugenia Ramos
* * *

Remedios Varo

Presencia inquietante. Óleo de Remedios Varo, 1959.

La española Remedios Varo es una de mis pintoras favoritas. Nació en 1908, el mismo año en que nació mi padre y uno de sus muchos nombres era Alicia, como el de mi madre. En 1959, año de mi nacimiento, pintó Presencia inquietante, que representa muy bien la presencia oscura que subyace en mis cuentos. Además, le gustaban los gatos, apoyaba la causa republicana y estuvo exiliada.

Estos son sus datos biográficos, según Wikipedia:
"María de los Remedios Alicia Rodriga Varo y Uranga (n. 16 de diciembre de 1908 en Anglès (Gerona), España, m. 8 de octubre de 1963 en Ciudad de México), más conocida como Remedios Varo, fue una pintora surrealista hispano-mexicana.
Nacida el 16 de diciembre de 1908 en Anglès (Gerona), España. Mostró desde pequeña una natural inclinación e interés por la pintura. Alentada por su padre ingresó en 1924, a la edad de 15 años, a la Academia de San Fernando en Madrid.
Al final de sus estudios, contrajo matrimonio con uno de sus compañeros de estudios, Gerardo Lizárraga, con quien parte a París, Francia, donde residirá durante un año. A su retorno en 1932, se establece en Barcelona, donde ejerce en compañía de su esposo el oficio de dibujante publicitario.
En 1935 se separó de su primer esposo, y conoce al pintor Esteban Francés, quien la introduce al círculo surrealista de André Breton. Una vez familiarizada con el movimiento surrealista, se integra al grupo logicofobista, que pretendía representar los estados mentales internos del alma, utilizando formas sugerentes de tales estados. Durante su colaboración con este grupo, Remedios Varo pinta L´Agent Double, obra que ya anticipa su estilo reconocido posteriormente.
Durante la guerra civil española, Remedios Varo opta sin dudar por el lado republicano. También durante este período y en buena medida gracias a su activo apoyo a los antifascistas, conoce al poeta Benjamín Péret, con quien establece una relación amorosa, y parte por segunda vez a París, ciudad donde residirá hasta la invasión nazi.
En 1941 la pintora y el poeta abandonan la Francia ocupada y emigran a México, país donde gracias a la política del presidente Lázaro Cárdenas de acogida de refugiados políticos, son rápidamente naturalizados y autorizados a desarrollar una actividad laboral.
En 1947 Remedios se separa de Benjamín Péret, quien retorna al París ya liberado para entonces. Gracias a sus contactos anteriores y sus actividades en México, Remedios parte ese año a Venezuela, como integrante de una expedición científica del Instituto Francés de América Latina. Estando en Venezuela, además de su trabajo de ilustradora entomológica, la pintora pudo continuar enviando carteles publicitarios para Bayer, así como trabajar un corto lapso para el instituto de malariología venezolano.
En el año de 1949 retorna a México, donde continuará con su labor de ilustradora publicitaria. Hasta que en 1952 contrae segundas nupcias con el político austríaco Walter Gruen, con quien permanecerá hasta el final de sus días. Es Gruen quien convence a Remedios Varo de abandonar sus labores comerciales, para consagrarse totalmente a la pintura.
En 1955, la pintora presenta al público sus trabajos en una primera exposición colectiva, en la Galería Diana de la Ciudad de México, seguida al año siguiente de una exposición individual.
Durante su estancia en México, la pintora conoció personalmente a artistas como Frida Kahlo y Diego Rivera, pero estableció nexos de amistad más fuertes con otros intelectuales en el exilio, en particular la también pintora surrealista Leonora Carrington.
Falleció de un paro cardíaco el 8 de octubre de 1963 en Ciudad de México."
Remedios Varo (1908-1963).

El túnel

Foto: María Eugenia Ramos

No hay Dios
ni tierra prometida,
dijeron los arcángeles.
Nos han prohibido el paso
en este túnel. 

(Se respira un polvillo
de cristales 
y en el aire
arde una mariposa extraña.) 

¿Quién levantó este túnel,
quién lo hizo oscuro
como el miedo 
y le colgó a la puerta
este desconocido pájaro? 

Son infinitos los mundos, 
dijeron los arcángeles,
y en todos
la ansiedad tiembla descalza 
como una niña ciega. 

De todos los temores 
el de la soledad 
es el más grande.
De todos los dolores, 
de los remordimientos, 
de los dones. 

La soledad es nuestra fuerza, 
dijeron los arcángeles. 

Con ella romperemos el túnel.
Andaremos el túnel para llegar a ella.
La perderemos para pasar el túnel.
La encontraremos en el túnel. 
 
Romperemos
andaremos
llegaremos
perderemos
pasaremos. 
 
¿Encontraremos? 
 
(De Porque ningún sol es el último, Ediciones Paradiso, Tegucigalpa, 1989.) 
© María Eugenia Ramos

* * *

Cuando se llevaron la noche

Moonlight interior. Óleo sobre lienzo, Edward Hooper, 
1921-1923.
Cuando el cielo se oscureció, yo empezaba apenas a quitarme la ropa. Marcos me vio, sonrió con pereza y dijo:
—Va a llover.
—Sí —le contesté—. Así es mejor.
Aquella noche las cigarras cantaban con un toque especial, como a gritos. Había hecho demasiado calor durante el día. El sudor nos había pegado la ropa al cuerpo.
Cuando se empezaron a escuchar los primeros golpes en el techo de cinc, yo estaba cantando en mi interior una canción de Phil Collins, poniéndole la letra que se me antojó. Marcos estaba lejos, tal vez caminando sobre alguna duna. Cuando los golpes se hicieron demasiado fuertes, dejé de cantar y pellizqué a Marcos para que regresara. Él volvió con desgano, con un gesto de sufrimiento, como un niño al que desprenden abruptamente del pecho.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Granizo —había fastidio en su voz.
Pero entonces los golpes ya no eran aislados, sino un solo rumor, de avalancha cada vez más próxima. Salté de la cama y traté de ver por la ventana, pero la luz incierta de las seis de la tarde ya no estaba. En su lugar había una masa negra, y sentí una hebra helada que se me escurría dentro del corazón. Tragué saliva y me volví hacia Marcos.
—Marcos, ¿qué está pasando?
—Pues que está lloviendo, ¿no oís?
—No, es otra cosa —quería gritar, pero mi voz apenas se escuchaba. Quise apartar la cortina para mostrarle lo que no había, pero lo hice bruscamente y el trozo de tela floreada se me quedó en la mano.
—¿Qué estás haciendo? —se irritó Marcos—. ¿No ves que estoy desnudo? ¿Querés que nos vean e afuera?
—Pero Marcos, es que no hay nada, quiero decir, no se ve nada. No está.
—Estás loca. ¿Quién no está? —y se tiró de la cama, sábana en mano, para cubrir la ventana desnuda.
—La noche. Se llevaron la noche.
Él me miró y pude ver pasar por sus ojos la burla primero, después la incredulidad y por último un inicio de miedo.
—¿Estás tomando algo, o qué? Solo está lloviendo, ¿no entendés?
Me quedé callada. Él me tomó por un brazo, con cierta brusquedad.
—Vení, volvamos a la cama. Vamos a jugar de caballito.
—Marcos, por favor. Te digo que no está la noche.
—Qué joder, carajo. Te estás inventando esa estupidez. Si no querías acostarte conmigo, no hubieras venido.
—No, te juro que es cierto. Acercate, mirá.
—No, mirá vos —y sin soltarme el brazo, descorrió el pasador, abrió la ventana y me obligó a sacar la mano—. ¿Ves? ¿Sentís la lluvia?
—¡No, por favor!
Aunque Marcos me hacía estirar la mano con la palma hacia arriba, yo sentía que los dedos me rebotaban en una especie de colchón elástico. Definitivamente, el aire, la lluvia, las cigarras, el calor, la noche entera, ya no estaban.
Él me soltó despacio y comenzó a vestirse, diciéndome:
—Yo creo que estás jugando conmigo —su voz tenía un tono de rencor—. Tengo mucho que hacer y solo vine a estar un rato con vos. ¿No podés entender eso? Pero está bien, si no querés, no volvamos a vernos.
—Marcos, no te vayás, por favor. No podés irte. No hay adónde ir.
—Quedate vos con tu locura, si querés. Me voy.
Tiró la puerta con tanta violencia que la sábana mal puesta sobre la ventana cayó al suelo. Yo la tomé, me acurruqué en la cama y me envolví toda para no ver eso que estaba afuera en lugar de la noche. Y aquí estoy desde entonces, esperando que pasen las horas y que cualquiera de los dos, o juntos, Marcos y la noche, vuelvan por mí.

(De Una cierta nostalgia, Editorial Iberoamericana, Tegucigalpa, 2010. Segunda edición.)

© María Eugenia Ramos
* * *

De este país y de estas gentes


De este país y de estas gentes

Como un norte helado y cruel
el dolor ha caído brutal
sobre este tiempo y estas gentes.
Las tierras ávidas,
las mesas de trabajo,
las mujeres encinta
han desaparecido bajo una lluvia sucia
de hojas disecadas y animalitos
muertos.


En todos los pasillos
cientos de espejos rotos
reproducen el polvo.
A juzgar por la imagen que devuelven
ningún hombre está sano.
Solo aparecen rostros incompletos,
ojos llenos de furia,
bocas incapacitadas para el beso,
frentes donde todos los pensamientos
mueren sin pasar de embriones.
El odio se distribuye en panes
por las mesas.
No hay sitio para la sal
y el café de las mañanas
tiene un sedimento amargo.
Son los pobres de luna,
los mendigos del ojo solitario,
los impotentes,
los maniáticos,
los que hoy deciden
sobre la restauración de catedrales
el curso de los ríos
y la conveniencia del amor.
Estar vivo
y ser de este país
y de estas gentes
no es alegre ni triste
sino necesario.
Ser fiel a las raíces,
seguir creyendo
en la posibilidad de la esperanza,
es el único modo de sobrevivir
a la miseria de este tiempo.

(De Porque ningún sol es el último, Ediciones Paradiso, Tegucigalpa, 1989.)

© María Eugenia Ramos