2 de noviembre de 2016

"Una cierta nostalgia": persistencia en el tiempo y en la memoria

Gustavo Campos * 


Cubierta de Una cierta nostalgia, cuarta edición, 2016.
Fotografía de cubierta: Lourdes Soto.
Una cierta nostalgia se publicó por primera vez como libro en el año 2000, si bien una primera versión apareció en 1998 como separata en “Hondulibros”, el suplemento cultural dirigido por el poeta Óscar Acosta en el diario El Heraldo de Tegucigalpa. Escrito a lo largo de varios años, incluyendo un cuento que data de la primera juventud de la autora, cuando ni siquiera imaginaba en ese momento que se convertiría en libro, y mucho menos uno de los más importantes de la narrativa breve de Honduras, Una cierta nostalgia es testimonio de una vocación encontrada en un mundo entretejido entre el onirismo, lo fantástico y lo real, con el acompañamiento de las dotes de la paciencia, la corrección y la perfección.

La extrema sobriedad narrativa, su laconismo obsesivo, no entorpecen las tramas de sus cuentos; por el contrario, esa destreza es la que evidencia la altura literaria de Una cierta nostalgia y en especial algunos de sus cuentos, como “La muerte del abejorro”, “Para elegir la muerte”, “Domingo por la noche”, “Cuando se llevaron la noche”, que en distintos contextos y lecturas tendrán cada vez nuevos significados. Es un libro lleno de símbolos, de inaccesibilidad, de hondas angustias, de terrores manifiestos y contenidos, que expresan la preocupación interior al verse impotente ante las fuerzas del mundo exterior. Obras como Una cierta nostalgia se componen de pensamientos esquivos, de silencios, mutan y se disfrazan de rasgos kafkianos, haciendo que el lector vuelva una y otra vez a ejercer el verdadero acto de lectura, que es la relectura.

Madejado por un profundo proceso de extrañamiento en el que convergen desde ambientes de humor absurdo, a lo Stevenson o Chesterton, a los ambientes realistas de una época a la que su propuesta no fue indiferente, como la terrible herida de los desaparecidos, este libro ha estado sin embargo bajo la amenaza del silencio. Sin ser bien digerido ni comprendido por las “instituciones literarias” del patio, el libro tomó fuerza y desde el extranjero nos ha sido devuelto como un objeto de incalculable valor, no solo para Honduras sino para Latinoamérica.

La autora ha sido reivindicada gracias a la lectura desprejuiciada de lectores de mayor nivel. Sí, quizás solo dos o tres personas en Honduras pudieron descubrirlo. Y quizás sus juicios pasaron inadvertidos, pero no para un grupo de editores y organizadores de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que en 2011 la rescató y la propuso al mundo como uno de los “25 secretos literarios mejor guardados de América Latina”. El avezado ojo lector del escritor nicaragüense Sergio Ramírez hizo justicia. 

Es difícil y riesgoso para los contemporáneos captar una obra en el sentido histórico del tiempo y de la sociedad. La academia sugiere un largo distanciamiento para hacer sufrir al creador mediante una absurda paciencia y tiempo de espera, para que su obra sea validada o descubierta como una fracción de nuestra sociedad. Si es cierta esa premisa de que el escritor o la escritora escribe para lectores cuyo juicio no sea enceguecido por una falsa conciencia literaria, este es el caso de María Eugenia Ramos, y es precisamente por esa razón que ella está condenada a que su obra sea sometida constantemente a la persistencia de la memoria y del tiempo. 

María Eugenia Ramos es por el momento quien mejor representa a nuestra literatura nacional. Así como los personajes de sus libros, la autora aún no decide indagar más allá de los límites de la narrativa, que es al mismo tiempo su vocación, su legado y su condena.


Gracias, Lempira, 18 de octubre de 2016.

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Gustavo Campos, escritor, editor y promotor cultural hondureño (1984). Ha publicado poesía, relatos, novela y artículos periodísticos y de crítica literaria. Su obra figura en numerosas antologías de narrativa y poesía publicadas en Honduras, España, México, Estados Unidos y Francia. Ha obtenido diversos premios literarios, entre ellos el premio único en el VII Certamen Centroamericano de Novela Corta (2016), otorgado por la Sociedad Literaria de Honduras. La crítica y profesora universitaria guatemalteca Beatriz Cortez ha incluido una de sus obras en la cátedra que imparte en la Maestría en Literatura Centroamericana de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Este artículo fue escrito para la cuarta edición de Una cierta nostalgia.

Ver comentario crítico de Sara Rolla
Ver comentario crítico de Mario A. Membreño Cedillo

1 de noviembre de 2016

"Bañar al bebé": un cuento de Luis Fernando Lezama

Luis Fernando Lezama en Buenos Aires, donde estudia Ciencias de la Comunicación.
Foto: La Tribuna.

La vida es un permanente andar, un entramado de encuentros y desencuentros, en el que cada día alguien, aun sin saberlo, nos da las herramientas para ser mejores. En mis primeros años de secundaria tuve un excelente maestro de matemáticas, el profesor Benjamín Lezama, a quien considero un mago porque fue capaz de hacer que yo, reacia a los números, sacara cien por ciento en los exámenes. No volví a saber del profesor Lezama, pero siempre lo recordé con mucho cariño y agradecimiento.

Muchos años después, tuve el privilegio de ser compañera de trabajo de mi amigo el escritor Julio César Anariba, genial escritor de cuentos cortos y maestro amado por sus estudiantes. Y es precisamente uno de esos estudiantes, Luis Fernando Lezama (Tegucigalpa, 1 de noviembre de 1995), quien siguió los pasos de su maestro y está escribiendo cuentos. El que leerán a continuación ganó el primer lugar, medalla al mérito “Gabriel García Márquez” y 6 millones de pesos colombianos en el  XI Concurso Internacional de Cuento "Ciudad de Pupiales", 2016. Conversando con Luis Fernando, me enteré de que es sobrino-nieto de mi recordado profesor Benjamín Lezama. Y es así como vuelvo a lo que decía al inicio, a los encuentros maravillosos que a veces la vida nos otorga.

"Bañar al bebé" tiene todos los requisitos del buen cuento que nos enunciaba Cortázar. Pero no adoptaré poses académicas, que no es lo mío. Léanlo, disfrútenlo. Asómbrense como yo estoy asombrada de la madurez de esta voz tan joven. Enorgullezcámonos de que la literatura hondureña tiene un buen futuro.


Bañar al bebé

Luis Fernando Lezama

―Amor ―le había dicho su mujer del otro lado de la puerta del baño, antes de tocar dos veces―: no te demorés en la ducha, que quiero bañar al bebé.
Llorando desnudo dentro de la bañera y rodeándose con los brazos las rodillas pegadas al pecho, Adrián debió sufrir por tercera vez esas aterradoras palabras.
Bañar al bebé. Imposible.
Sintió que no podía más, pero siguió conteniéndose: no podía salir sin antes saber cómo proceder. Y, como quien busca en el pasado una respuesta para el presente, recordó el comienzo de aquella pesadilla. Repasó el día en que conoció a esa mujer, la anéstesica felicidad del primer beso, la primera vez que hicieron el amor y cuando se decidieron a vivir juntos.
Maldita sea. Todo lo había dejado por ella. Su familia, sus amigos. De todos se alejó desde que apareció Mariela. Ya no recordaba la última vez que se encontró con Maxi, su mejor amigo, y ni siquiera recordaba si había visto a sus padres desde el inicio de la relación. Mariela le había consumido la vida. Se había apoderado de su mente como el tiempo y el musgo se apoderan sin tregua de las paredes. Y ahora esa misma mujer ―aunque él se resistía a pensar que era la misma mujer― lo tenía llorando de miedo en el baño, tocándole insistentemente la puerta para bañar a un bebé que no existía.

El terror se había desatado con la inocente frase que toda mujer dice, tarde o temprano, en una relación:
―Amor, quiero tener un bebé.
A Adrián no le pareció extraño cuando ella se lo deslizó una noche en medio de una cena, dejándolo frío y sin respuesta. Tomó su copa de vino y pensó, mientras demoraba el sorbo, que aunque llevaban poco y que ni siquiera se la había presentado a su familia y a sus amigos, Mariela encarnaba, en una sola mujer, todos sus gustos. Soltó una risita y le mintió: 
 ―Me parece bien, dulce.  
Dos semanas después de aquella petición, vio como su mujer empezó a obsesionarse con las revistas de maternidad. No podían ir al centro comercial o al supermercado sin que volviera con una nueva. Planificación familiar, decoración para el cuarto del bebé, métodos para acrecentar la fertilidad en la pareja… En suma, las tenía todas. Después, cuando agotó sus posibilidades más cercanas, comenzó a comprarlas por internet. Cuando se hizo con los ejemplares de cada revista nacional, se volcó a las internacionales. Y así el departamento se fue llenando de revistas. A las pocas semanas, no se podía andar por ninguna habitación sin tropezar con algún pilón desparramado.
Claro que Adrián se preocupó, y claro que intentó embarazarla. Pero pasaban los meses, y nada sucedía. Vinieron entonces más compras: las primorosas “cositas para el bebé”: sábanas, ropa, juguetes. Y Adrián, aunque seguro de que ella lo hacía con las mejores intenciones, consideró alarmante el hecho de que su mujer comprara cosas para un bebé que era, técnicamente, más una posibilidad biológica que un bebé.
Una no-posibilidad, mejor dicho, como estaban las cosas.
Con cada día, el hastío crecía en Mariela. Y una punzante palabra empezó a sobrevolar el pensamiento de Adrián. Y esa palabra, la palabra “infértil”, lo llevó hasta una clínica en busca de una respuesta.

Todavía hecho un ovillo dentro de la bañera, Adrián debía esforzarse para ignorar a Mariela insistiéndole:
–Adri, por favor. Dejame entrar, y bañamos juntos al bebé.
Sentía los golpes a la puerta retumbar como si Mariela estuviera dándolos directamente con el cráneo y no con los nudillos.
Y también debía esforzarse para no llorar como un marica. Cerró los ojos. Y recordó la clínica del doctor Vallejo.
Los golpes de ese ariete desaparecían como tragados por una densa niebla.

―¿Adrián Rojas García? ―preguntó el entrecano y grueso internista no bien le abrió la puerta del consultorio. Acababa de entrar en la habitación donde Adrián esperaba, sentado en una camilla, los resultados de sus exámenes.
―Hola, sí, soy yo.
―Mucho gusto, Adrián. Yo soy el doctor Vallejo. Vengo a hablarte de tus exámenes.
 El doctor se puso el estetoscopio, le pidió que se abriera la camisa, lo auscultó, le tomó la presión. Y le habló a Adrián sobre su espermograma.
―¿Así que todo bien, doc? ―preguntó él, que no estaba seguro de lo que se le dijo.
―Vos tranquilo: tenés buenos nadadores. Lo único es que te veo algo estresado y confundido, pero ya te prescribí algo que te hará sentirte de 10. Acaso el estrés tenga algo que ver con eso de que vos y tu esposa no puedan concebir. ―Adrián se levantó. El doctor lo encaminó hacia la puerta para despedirlo. Antes de que él saliera, le dio un último consejo―: Para estar seguros, te recomendaría traer a tu esposa a ver a un ginecólogo. Yo te puedo recomendar uno muy bueno.

Cuando Adrián se lo propuso a Mariela, ella agarró de la pila de revistas más cercana decenas de ejemplares y se los lanzó rabiosa. Terminó con las revistas, y siguió lanzándole adornos. Él se le acercó, y ella aprovechó y logró abofetearlo.
Dos semanas sin hablarse.
Adrián salía al trabajo, volvía, se iba a la cama. Y ella seguía en la sala frente al televisor. En piyamas andaba siempre. Sin decirle una sola palabra. Sin siquiera voltear a verlo.
Él lo soportó todo. Hasta que un día, al volver de trabajar, había notado algo raro.
Fue cuando pasó por la sala y vio de reojo a Mariela. Estaba sentada en el sofá, frente al televisor.
Y estaba con el televisor apagado.
Se miraba el regazo, los brazos entrelazados en señal de cargar con algo. De… ¿acunar?
Pero no cargaba nada ni acunaba a nadie.
Y tenía un pecho fuera del corpiño.
Adrián tragó despacio antes de preguntarle qué sucedía, aunque ya conocía la respuesta.
Ella desvió la mirada de esos brazos vacíos. Y le contestó, sonriendo con escalofriante naturalidad:
―Aquí, con el bebé. No ves que estoy dándole la teta, infeliz.

Todavía duchándose, luego de recordar cómo comenzó aquella locura, Adrián pensaba y pensaba. ¿Bajo qué estúpida ilusión se esperanzaba especulando con que todo aquello no era más que una broma, y de pésimo gusto? Las revistas, los juguetes, las sábanas, y ahora la lactancia ficticia.
Cómo pudimos llegar a esto, se preguntaba, con el agua cayéndole sobre la nuca.
Entonces, oyó sus pasos.
―¿Te seguís bañando vos? ―decía Mariela, del otro lado de la puerta―. Apurate, que se hace tarde y necesito bañar al bebé.
Adrián se llevó las manos a las sienes ante el siniestro y alegre tono con que su mujer le habló. Entonces confirmó lo que venía imaginando: no había vuelta atrás, su mujer ya no vivía en este mundo. Y lloró como un chico, tirado en la bañera, hasta que se quedó dormido.
A la mañana siguiente se sorprendió ―se alegró― de no ver a su mujer en la casa.

Cuando Adrián volvió del trabajo ―era de noche―, la casa seguía vacía.
Yendo a la cocina para prepararse algo, sintió un olor muy fuerte ―¿pintura fresca?― que le secó la garganta.
Guiándose por el olor, llegó hasta el cuarto de visitas.
El cuarto, que hasta entonces había sido uno muy normal ―cama, mesita, lámpara y escritorio―, se le apareció todo pintado de azul. Con estrellas amarillas colgando de hilos desde el techo. Con una pila de peluches en una esquina. Con cortinas nuevas de avioncitos estampados.
Y en medio de todo, bajo el ventilador y el mosquitero, Adrián vio una cuna de madera barnizada.
Se acercó a la cuna.
Estampados en las sábanas, miles de ositos polares lo miraban a los ojos.
Oyó abrirse la puerta del frente y se escabulló del cuarto.
Su mujer venía entrando en el departamento. Llevaba un vestido flamante. Empujaba un cochecito rojo.
Un cochecito aterradoramente vacío.
―Hola, Adri, vengo de hacer compras con el bebé. ¿Qué decís, amor, nos vamos los tres a dar una vuelta?
Paralizado, él asintió mudo.
Antes de salir, le pidió a Mariela que esperase. No podría soportar más el estrés y el miedo, así que se tragó un par de pastillas de las recetadas.
Con eso tal vez soportaría el “paseo”, y trataría de pensar qué hacer con Mariela.

Yendo por la calle, ella sonreía, y a cada cuadra se detenía a “arreglarle algo al bebé”. Incluso le tomó un par de fotos al coche ―vacío― “con el papi”.
No ves que estoy dándole la teta, infeliz.
Quiero bañar al bebé.
¡Sonreí, Adri, no ves que es la primera foto con tu hijo!
 Estaba a punto de detenerse, de cortar con aquella locura, cuando vio aparecerse en la otra esquina a su mejor amigo.
¿Desde cuándo no veía a Maxi?
Recordó que Maxi no conocía a Mariela, así que avanzó rápido a su encuentro dejando atrás a su mujer. No quería que Maxi, de quien se había alejado por esa loca de mierda, viera la escena. Sería mucha la vergüenza, el castigo.
―Maxi, hermano ―le dijo alzando los brazos.
Después de abrazarlo, se dio vuelta. Su mujer se acercaba, con una sonrisa. Adrián pensó lo peor: le tocaría presentarla, y le tocaría explicar lo del coche.
Maxi, te presento a mi mujer. Y este es mi hijo. Sí, ya sé que no existe. Pero qué va, Maxi: yo no le veo nada de malo. La pluralidad, Maxi. No seas anacrónico: los hijos imaginarios son el futuro.
Cuando la sintió detenerse a su lado, se dio cuenta de que Maxi había advertido ya algo insólito:
―¿Qué pasa, Adrián?
Él se supo vencido, y entonces decidió decir lo que nunca le dijo a nadie:
―Amigo: esta mujer que está a mi lado es Mariela, mi novia.
Maxi rio. Adrián se relajó un poco al ver que su amigo no notaba la condición de Mariela.
¿En qué momento me preguntará por el maldito coche?, se torturaba Adrián.
Entonces notó que Maxi lo miraba extrañado, sin saludar a aquella.
Vio cómo su mejor amigo ―a quien no veía desde que comenzó su relación con esa demente― arrugaba el ceño antes de preguntarle, confundido y con toda seriedad: 
―¿Qué mujer, Adri? 

18 de octubre de 2016

Escritor hondureño Gustavo Campos obtiene premio único en certamen centroamericano de novela corta

El escritor sampedrano Gustavo Campos en la librería Mundo Literario de Tegucigalpa.
Foto: María Eugenia Ramos.

El escritor hondureño Gustavo Campos obtuvo recientemente el premio único en el VII Certamen Centroamericano de novela corta 2016, otorgado por la Sociedad Literaria de Honduras, con su obra El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot, que ya había quedado entre los cinco finalistas del Premio Centroamericano y del Caribe Roberto Castillo. El premio, otorgado por la Sociedad Literaria de Honduras, ha sido obtenido en ediciones anteriores por los escritores Juan Antonio Canel, guatemalteco, Arquímides González Torres, nicaragüense, y los hondureños Kalton Harold Bruhl y Jorge Medina García.

Gustavo Campos nació en San Pedro Sula el 29 de enero de 1984. Cursó estudios de literatura en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Ha publicado artículos en diarios y revistas del país y la prestigiosa revista Carátula, de Nicaragua, así como poemas en revistas de Francia y España. Es autor de numerosos libros de poesía, novela y cuento, así como antologías. En 2006 obtuvo el tercer lugar en el Premio Nacional Europeo Hibueras, rama de narrativa, con una primera versión de la novela Los inacabados, y en 2013 obtuvo el segundo lugar en poesía del mismo premio, con Tríptico del iris de narciso. Ha participado como invitado en encuentros literarios internacionales como el Festival Internacional de Poesía de Occidente en Chalchuapa, El Salvador; el encuentro de narradores “Centroamérica cuenta”, Nicaragua, y el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua.

En 2010 participó invitado por el escritor y crítico Jorge Carrión en el proyecto 1975. Antología-catálogo del futuro de la literatura en español. 50 autores representativos de la producción literaria joven de América Latina y España. Su obra ha sido incluida además en las antologías Puertas abiertas. Antología de poesía centroamericana, del escritor nicaragüense Sergio Ramírez (Fondo de Cultura Económica de México, 2011); 4M3R1C4 2.0. Novísima poesía latinoamericana, de Héctor Hernández Montecinos (México, 2012).

Ha sido incluido asimismo en las antologías Voces de América Latina, compilación de María Palitachi (Texas, Estados Unidos, 2016) y Un espejo roto. Antología del nuevo cuento de Centroamérica y República Dominicana, compilación de Sergio Ramírez (GEICA y Goethe Institut Mexiko, 2014), publicada también en alemán con el título Zwischen Süd und Nord. Neue Erzähler aus Mittelamerika (Entre sur y norte. Nuevos narradores de Centroamérica). Ha sido traducido parcialmente al francés, alemán, inglés y portugués.

Reconocido en los círculos literarios de Honduras y Centroamérica como autor y promotor cultural, Campos actualmente está dedicado al fomento de la creación infantil, trabajando como voluntario de la organización no gubernamental Plan en Honduras en la ciudad de Gracias, Lempira. Su obra ha sido incluida por la crítica literaria guatemalteca y catedrática universitaria Beatriz Cortez en el programa de la Maestría en Literatura Centroamericana de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.


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Lo anterior fue una "nota oficial". Quiero agregar que Gustavo Campos ha recorrido un largo camino, sorteando el cinismo, el desencanto y sus demonios personales. Este premio, así como otros reconocimientos, no son más que la confirmación de su constancia, de su determinación de seguir su vocación de escritor. Personalmente le estoy agradecida por una amistad que tiene desencuentros y a veces distintos puntos de vista, pero me nutre y me da puntos de referencia para seguir en lo que él considera que también es mi vocación: narrar.

14 de octubre de 2016

Julio Escoto y María Eugenia Ramos representarán a Honduras en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara


Los narradores Julio Escoto y María Eugenia Ramos son los escritores hondureños seleccionados por el comité organizador de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en el programa “Invitado de honor”, que se desarrollará del 26 de noviembre al 4 de diciembre. Este año, en la trigésima edición del evento más importante del mundo editorial iberoamericano, el programa “Invitado de honor” está dedicado a América Latina.

Julio Escoto, nacido en San Pedro Sula en 1944, es catedrático universitario, novelista, crítico literario y analista social. En 1975 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa. Entre sus numerosas obras se destacan Los guerreros de Hibueras; La balada del herido pájaro y otros cuentos; El árbol de los pañuelos; Días de ventisca, noches de huracán; Bajo el almendro… junto al volcán; El ojo santo: la ideología en las religiones y la televisión; José Cecilio del Valle: una ética contemporánea; El general Morazán marcha a batallar desde la muerte; Rey del albor, Madrugada. Actualmente mantiene una columna de opinión en diario El Heraldo.

María Eugenia Ramos nació en Tegucigalpa en 1959. Estudió periodismo y literatura en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. En 1978 obtuvo el premio de poesía Independencia Nacional, auspiciado por la Sociedad Literaria de Honduras y el Banco Atlántida, y en 1992 el premio de narrativa Francisco Morazán, otorgado por la UNAH. Ha publicado un libro de poesía, Porque ningún sol es el último; cuento, Una cierta nostalgia; ensayo, La visión de país en Clementina Suárez y Alfonso Guillén Zelaya, en coautoría con Mario A. Membreño Cedillo; y Los contenidos informativos de la radio y la televisión en Honduras. Ha publicado artículos en diarios y revistas del país, tales como El Heraldo, Conexihon, El Pulso y las ya desaparecidas revistas literarias Alcaraván y Tragaluz. Asimismo, recopiló y editó la poesía completa de Clementina Suárez, publicada por la Editorial Universitaria en 2012. En 2011, la FIL Guadalajara la seleccionó como una de “25 secretos literarios mejor guardados de América Latina”.

Ambos autores han sido incluidos en numerosas antologías de literatura centroamericana y han participado en Centroamérica cuenta, evento que se realiza anualmente en Nicaragua y reúne a importantes figuras de la literatura, el arte y el periodismo de Centroamérica, México y Europa.

Durante su estancia en Guadalajara, los escritores hondureños participarán en conversatorios y encuentros junto a otros autores centroamericanos como Sergio Ramírez y Gioconda Belli, de Nicaragua; Anacristina Rossi y Carlos Cortés, de Costa Rica; Horacio Castellanos Moya y Vanessa Núñez Handal, de El Salvador; Rosa María Britton y Enrique Jaramillo Levi, de Panamá, entre otros.

4 de agosto de 2016

María Eugenia Ramos en 392 palabras


Cuando la Feria Internacional del Libro de Guadalajara me seleccionó en 2011 como una de "25 secretos literarios de América Latina", me pidieron escribir una biobibliografía en tono coloquial, en 300 palabras, que explicara quién soy y por qué debían leerme. Haciendo el recuento, veo que me pasé de ese número, ¡y bastante! Pero me siento muy identificada con lo que escribí, esta soy yo.

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Nací a los siete meses de gestación, en un día de mucho viento. Según mi madre, siempre fui rebelde, hasta en el hecho de nacer antes de tiempo. Cuando niña, soñaba con ser bióloga y arquitecta. Bióloga no fui desde que no pude revivir a unas pobres arañas a las que congelé en un experimento de hipotermia. Para ser arquitecta hace falta mucha matemática, y a esta altura de mi vida una de mis pesadillas recurrentes sigue siendo que debo presentar un examen en esa materia, lo cual me produce una angustia indescriptible. Pero al escribir puedo darle vida a arañas, edificios, soles y monstruos, y ese es un privilegio invalorable.

Siempre he vivido en una pobreza decorosa, si cabe el término, en la que los libros han sido los bienes más preciados. A fin de cuentas, los libros no solo poblaron mi infancia y mi adolescencia de aventuras insospechadas, sino que después, siendo editora, me permitieron ganarme el pan, y aun viajar y conocer otras gentes, otros mundos.

Tuve un padre y una madre maravillosos, firmemente convencidos de que, como decía Ernesto Sábato, leer da una mirada más abierta sobre la humanidad y el mundo. Ello me permitió no solo empezar a leer, escribir y crear a muy temprana edad, sino también ser una participante activa durante mi adolescencia y juventud en las luchas sociales de la región centroamericana. Mi poesía proviene de esta época de mi vida, de la cual me siento muy orgullosa. Sin embargo, en mis cuentos huyo lo más que puedo del realismo, porque me interesa mucho más buscar ese mundo paralelo que está allí, pero no siempre es visible.

En mi país, a pesar de que sigue siendo desconocido, de no ser por el fútbol, los huracanes y un golpe de estado en pleno siglo veintiuno, existen voces frescas y variadas que han ido construyendo un universo literario propio. Y sin embargo, pocas, poquísimas, han encontrado eco en otras partes. Por eso me siento honrada y comprometida al ser una de las voces que ha logrado, de alguna manera, romper el aislamiento. Si debe haber alguna razón para leerme, que sea la de acercarse por mi medio a mi generación y a las siguientes generaciones que, en palabras de la maestra Rosario Castellanos, practicamos “otro modo de ser humano y libre: otro modo de ser”.

(Texto publicado en el dossier del programa "25 secretos literarios de América Latina", de la FIL Guadalajara 2011.)