14/07/2012

Homenaje a Ventura Ramos en el 104 aniversario de su nacimiento

Ventura Ramos, maestro del periodismo hondureño 
(14 de julio de 1908 - 12 de septiembre de 1992). 
Retrato
En este país
vive un viejo de ochenta años,
enfermo, casi sordo,
lleno de rituales y afectos.

Con su andador de niño
va de su cuarto al comedor,
pelea con su mujer y con las nietas,
va al patio, regresa.

Desde su escritorio
sueña con un país mejor,
el verdadero,
se conmueve, se indigna
y con la furia de su espera
lanza páginas en llamas
contra los enemigos de la Patria.
María Eugenia Ramos
(De Porque ningún sol es el último, Ediciones Paradiso, Tegucigalpa, 1989.)
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Análisis, testimonio y reto


PRÓLOGO DE RAMÓN OQUELÍ A LA PRIMERA EDICIÓN DE 
HONDURAS, GUERRA Y ANTINACIONALIDAD, DE VENTURA RAMOS 


Por lo general, los escritores hondureños más afamados han muerto jóvenes, o dejaron de escribir al llegar a cierta edad, o se retractaron en la madurez de su existencia biológica de las actitudes de avanzada que habían anunciado en su juventud. Don Ventura Ramos Alvarado, originario de la tierra de Lempira, es, en éste y en otros aspectos, una de las excepciones dentro del no excesivamente frondoso campo del pensamiento y las letras hondureñas. A sus 79 años, que hoy 14 de julio acaba de cumplir (nacer en esta fecha es coincidir con las conmemoraciones del ataque victorioso a La Bastilla y el día inicial del visionario Ramón Rosa), y pese a haber sufrido una amplia gama de persecuciones, presidio, exilio y en la actualidad un fuerte golpe a la salud física, se sigue manteniendo lúcido mentalmente, firme en sus viejas convicciones y consecuentemente digno e indignado por la lamentable situación económica, moral y política en que se encuentran atrapados su gente, su terruño.

Hace medio siglo, al estallar la guerra civil española, el profesor egresado de la Escuela Normal (excelente semillero de algunos maestros que, sin ascender a los escaños universitarios, dieron muestras de haber adquirido mejor formación que muchos de los egresados de la máxima casa de estudios), tomó conciencia de que dentro y fuera de las fronteras nacionales se mantiene una lucha cuyo final no parece estar cercano, entre quienes defienden primordialmente sus intereses particulares, inseparables del mantenimiento de la situación predominante, y los que pretenden transformar las instituciones existentes para construir una existencia auténticamente humana. El profesor Ramos se dedicó a la enseñanza del idioma, y desde órganos periodísticos como Vanguardia Revolucionaria, El Cronista y Tiempo, a la divulgación de ideas transformadoras, a denunciar injusticias y a proponer soluciones. Y hoy, en una de las horas más graves de la patria, cuando estamos al borde de la desnacionalización total, nos brinda este vigoroso ensayo, que es a la vez denuncia, análisis, testimonio y reto.

El maestro Ramos se lamenta al ver a sus compatriotas “humillados, degradados y abyectos, además de aterrorizados y hambrientos”, ciegos al momento de concurrir a las urnas, incapaces hasta ahora de ejercer la fuerza potencial popular para organizarse y desarrollarse, carentes de identidad nacional por falta de autenticidad, por no haberse resistido a la absorción y ocupación por parte de los intereses norteamericanos, viviendo una parálisis moral, con la moral desgarrada por falta de entereza. Sin una burguesía propia, porque el capitalismo periférico impidió su crecimiento, y la cual, al carecer de poder político, ha sido incapaz de formular un proyecto nacional que incorporara “a todos los sectores de la producción y de la política, así como a instituciones de gran poder de convocatoria como la Iglesia Católica”. En el otro extremo, el minifundio define la “vida frustrada de los campesinos”.

Dentro de tanta miseria material y moral, lo único que practicamos con alegría son las elecciones en las que el pueblo elige gobernantes que dependen de los militares. “Pasadas las elecciones el pueblo estorba en Honduras”, se convierte en enemigo potencial dentro de la doctrina de seguridad nacional. Siguiendo la lógica de la fuerza en contra de la lógica de la historia, se desarticulan las organizaciones sindicales, estudiantiles, magisteriales, campesinas; son objeto de presión y asalto “para imponerles juntas directivas apoyadas y asistidas por los cuerpos represivos de la política de seguridad”. La democracia liberal, “tradicional y endeble, desapareció con la militarización del gobierno”. Se produce el terror como definición política, el estado de sitio permanente, “bajo el paraguas económico y militar del imperialismo norteamericano”, que nos ha convertido en protectorado de hecho, en plataforma de agresión que “apunta hacia adentro, al norte, al sur, el este y al oeste”. “El poder nacional de decisión está perdido y el gobierno de turno no hace otra cosa que adaptarse más y más a las consecuencias que derivan de la dependencia total”.

Al concurrir todo lo contrario de lo que postularon Valle, Morazán, Rosa, Froylán Turcios, Visitación Padilla y muchos más, necesitamos reiniciar el proceso histórico, librar “la batalla decisiva por la segunda liberación nacional”. “La mentira, el engaño y el cinismo oficiales deben ser sustituidos por la verdad y la dignidad que la patria reclama como puntos de partida para recobrar el prestigio perdido en la escala internacional”. Avanzar, “sin servidumbre alguna, por la amplia vía de la cultura humanística, la única que nos puede permitir evolucionar del vasallaje a la cooperación internacional, cuya base es la igualdad de derechos y el beneficio mutuo”. No podemos aceptar seguir siendo víctimas de un anticomunismo desesperado, que ha alcanzado un carácter patológico y se ha “inflado hasta el salvajismo”. Donde la verdad es vista como subversiva, nuestra defensa estará asentada en “nuestra capacidad de imponer la verdad sobre la falsificación de nuestra escala de valores nacionales”.

Aunque no es tarea fácil la de construir una nación, ni “llegar a la profundidad de una revolución”, don Ventura no ha perdido la esperanza de que los hondureños asumamos nuestra responsabilidad, pese a toda la campaña para norteamericanizarnos irremediablemente. “El proceso avanza hacia la toma de conciencia y por tanto, el ideal de convertirse en pueblo para sí, es decir, en sujeto consciente de su soberanía y su derecho a autodeterminarse, no está lejano”. Soberanía y democracia, que vienen a ser en la presente crisis “categorías idénticas. Los pueblos no pueden luchar por una de ellas en particular. Las dos se refuerzan mutuamente y se desarrollan juntas”. Muchas más reflexiones y denuncias nos ofrece este testimonio de quien, profundamente indignado por la miseria, la desorientación y el sometimiento, sintetiza, a manera de un manual de patriotismo, pensamientos que parten de una actitud consecuente. Queda por ver la respuesta que demos a este reto los amigos y admiradores de don Ventura Ramos, los hondureños todos.

Tegucigalpa, 14 de julio de 1987.

Ramón Oquelí



11/07/2012

Jessica Sánchez, narradora hondureña: "Entre lo imaginario y la realidad ya no podemos hacer una escisión"

Entrevista por Óscar Urtecho
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Jessica Sánchez caminaba descalza bajo la lluvia por las calles de San Pedro Sula, hacía equilibro sobre una delgada línea de ladrillos, a cuatro metros del suelo, y en algún momento fue novia de un cura, luego recapacitó y decidió irse a vivir con él. Estas cosas pasaron cuando estudiaba Literatura en la universidad. Estas cosas eran pequeños ejercicios de libertad.

En 2009 publicó Infinito cercano, un libro de cuentos donde todas las protagonistas viven en un infierno doméstico creado por los hombres. En estos relatos, contados con la intensidad de quien confiesa experiencias dolorosas, la imaginación le da sentido a una realidad opresiva donde para la mujer las únicas formas de verdadera libertad son la locura y la muerte. La narradora Jessica Sánchez, con pasión y sin complejos, habla en esta entrevista sobre cómo el erotismo ha encasillado a sus compañeras escritoras, el sentido de la liberación femenina, la locura y la muerte. Estas son sus palabras, dichas con la misma libertad de la muchacha que hace 15 años caminaba descalza bajo la lluvia.

¿Por qué tu libro, cuya temática central es la represión y opresión femenina, se llama Infinito cercano?

El tema del análisis y la opresión de la mujer salió después, los cuentos fueron hechos desde experiencias vividas, desde lo que yo quería escribir… aunque claramente hay una línea feminista allí porque, claro, he leído teoría, crítica feminista. Infinito cercano es por el título del último cuento, porque creo que es un conjunto de cuentos que no es como muy esperanzador, y el título contrasta con ese infinito que mediante estos cuentos no está tan lejano, sino que está allí cerca, y el último cuento se llama "Infinito" por esas posibilidades de acercamiento, de perdón y de solidaridad que podemos tener las mujeres aun en relaciones tan difíciles como las de madre-hija y abuela-nieta. Es un poco eso.
Gustavo Campos, Jessica Sánchez y Carlos Rodríguez en San Pedro Sula.

Durante la lectura de tu libro en algún momento identifiqué infinito con la muerte. ¿Podrías hablarnos del significado que tiene la muerte para tus personajes?

La muerte es una constante en mi libro. Algunas veces la ves acercándose, otras está más oculta. El último cuento sí tiene una cuestión más vivencial. Es sobre una mujer enferma de alzhéimer y lo duro que es ver a una persona, en este caso mi abuela, deteriorándose día con día y queriendo morir, y la muerte que no llega, entonces allí yo aprendí una lección: la gente no se muere cuando quiere, se muere cuando puede. Entonces tenés, sentís a la muerte allí, en una persona que ha pasado cinco, seis años postrada en una cama, y todo huele a muerte, y no muere físicamente, pero la muerte ya está allí y lo único que falta es ese acto final, y eso te hace pensar en qué momento el sufrimiento puede llegar a ser tanto que la muerte es una liberación, la deseás y la ansiás y no te toca. Es en ese infinito donde está esa posibilidad de liberación. Pero también en estos cuentos, con estas mujeres, particularmente en el caso de la abuela, que lleva una vida de cárcel, de prisión, vos te preguntás qué hubiera sido mejor. Que viviera así encarcelada toda una vida, una mujer que solo salió cinco veces de su casa, que lo más que iba es al parque, ¿acaso eso no es una muerte, una pequeña muerte? Esa reflexión es este cuento.

Todos tus protagonistas son mujeres y a veces tus cuentos son tan íntimos que parecen confesiones... ¿cuánto de lo que les sucede a los personajes te ocurrió a vos?

Yo creo que un escritor o escritora escribe desde lo que vive, entonces sí, algunas cosas son vivencias mías, otras, como el cuento de Margarita, son vivencias de otras compañeras. La idea de transformarlas en algo literario, en un cuento, viene porque lo que para mí fue realidad, para otra gente puede ser ficción… Hay mujeres que no pueden terminar de leer algunos de estos cuentos porque para ellas es demasiado terrible. Por ejemplo: sobre el cuento del incesto, el de "La máscara", hay quienes dicen “no puedo leerlo”, incluso me han dicho: “deberías escribir otro libro, pero menos duro, más alegre”. Sin embargo, en estos momentos autobiográficos hay también elementos de ficción, hay cosas que no son tan ciertas, porque hay un momento en que entre lo imaginario y la realidad ya no podemos hacer una escisión, porque creo que conviven diariamente.

En tu libro hay tres generaciones de mujeres, abuela-madre-nieta, todas oprimidas, todas lastimadas. ¿Realmente te parece que la sociedad hondureña sigue siendo igual de injusta con las mujeres que hace 60 años?

Yo creo que se ha avanzado, que se ha logrado mucho en poco tiempo. El movimiento feminista surge de los años 80 para acá y se ha logrado muchísimo. Tal vez no es que yo así vea el mundo, es que así vi mi realidad. Te puedo hablar de estos cuentos, como dice Antonio Skármeta, con la mirada del miope, solo te puedo hablar de mi mirada, y de mi mirada corta. Sí se ha avanzado, sin embargo, los asesinatos de mujeres se han disparado y se han disparado de una forma brutal. Ahora yo no solo la matan, le quitan los senos, le quitan la vagina, la violan, la ponen en escenas rituales, son cosas que vos decís hace 30 o 40 años no eran tan fuertes. Ha habido un movimiento de mujeres que ha logrado y que ha conquistado muchas cosas, pero la represión y la violencia ahora son más fuertes. Nos enfrentamos a contextos más complejos de lo que eran hace 20 años y eso tiene que ver con la violencia. Lo que yo quería transmitir en estos cuentos es que, a pesar de que somos mujeres modernas, o posmodernas, y que supuestamente tenemos que estar liberadas y ser la supermujer que trabaja, que tiene una familia y si es posible tiene un amante por ahí, esa mujer, en realidad es esta mujer de los cuentos. Una mujer que trabaja, que aparentemente es superexitosa, puede llegar a su casa y sufrir violencia doméstica, puede llegar a morir en la pobreza, en la indigencia más absoluta. Una cosa es el deber ser, lo que la sociedad te dice, los aparentes logros de los que nos enorgullecemos como sociedad civilizada, y otra cosa es lo que es. Ejemplo: lo de las cárceles. En el tiempo de Carías, Carías mataba a sus enemigos, esa es una cosa clara, pero meterles fuego a las cárceles, que tantas personas mueran quemadas, eso es como de la Edad Media. Nos pensamos en la modernidad, pero estamos con poses de la Colonia, y esa complejidad es la que quieren mostrar mis cuentos, no tanto que las mujeres son pobrecitas y están deprimidas. Ha habido avances, ha habido logros, pero hay casos como el de una promotora formada, educada, una estudiante, que te dice “tengo que dejar este diplomado porque mi marido no me da permiso”.
María Eugenia Ramos, Jessica Isla y Karen Valladares durante un evento
cultural en Tegucigalpa. Foto: Ludwing Varela.

¿Han sido engañadas…? ¿Hemos sido engañados? 

Totalmente. Vivimos en un supuesto estado de democracia que no lo es, en una supuesta guerra que no estamos viviendo y que sí es. El tema es que las resistencias siempre han estado allí, de eso habla este libro, de que seguimos luchando porque las cosas cambien. Te hablaba antes del contexto, qué pasa ahora, que ahora lo denunciamos, que ahora protestamos, porque hace algún tiempo ¿una mujer se hubiera atrevido a escribir sobre estas cosas? En los mismos cuentos de María Eugenia Ramos, ¿realmente esto hubiera ocurrido a inicios del siglo pasado, que una mujer se atreviera a escribir sobre estas cosas? Estas son las resistencias que vamos haciendo y las luchas y las denuncias que vamos haciendo.

Uno de tus cuentos, “Punto g”, es erótico. Muchas escritoras reaccionan contra la represión escogiendo este tema para sus obras. ¿Qué relación encontrás entre feminismo, erotismo y literatura escrita por mujeres?

Te lo voy a dar desde dos perspectivas. Una de las iniciadoras del erotismo en Honduras, lo que no hacía por ser mujer sino por ser ella, es Clementina Suárez. Yo al principio desconfiaba de ella, pero en la época en que ella hizo esto, durante la dictadura, cuando Carías planteaba cómo era la moral, que ella haya escrito “sexo” realmente es una ruptura con esa moral de la época. Porque de Clementina se habla mucho sobre su personalidad y poco de su obra, que si andaba en bares, que si era esto o lo otro… Qué nos interesa eso, eso es irrelevante para mí. Pero que en esa época se haya atrevido a escribir “sexo” y haberlo declamado en el Manuel Bonilla, con Carías encima, para mí esa es una gran vertiente del erotismo, de ruptura. 

El otro caso es en Guatemala, durante lo duro de la represión de Ríos Montt, si no me equivoco, aparece Ana María Rodas con Poemas de la izquierda erótica, y a quién se le ocurre que la izquierda es erótica, a nadie, si la izquierda es cuadrada, y ella sale con esa rebeldía en un ambiente de represión, donde ni sus propios compañeros la apoyaban y se referían a ella como “esta loca”. Ella se mantiene con eso, ella contaba que tres editoriales no la quisieron publicar… para mí eso es ruptura. La utilización de lo erótico ha sido una vertiente de la que nos hemos alimentado, pero la utilización de lo erótico simplemente como lo erótico, que ha sido un recurso literario muy utilizado aquí, mayormente en poesía, me parece que ha debido trabajarse más, y de alguna manera ha encasillado a las escritoras, porque ya no podés escribir siendo mujer si no es sobre lo erótico, o no podés llamar la atención si no es sobre lo erótico.

“Punto g” es el único cuento que hay sobre ese tema en mi libro, por lo mismo, porque siento que las mujeres, después de Clementina, están encasilladas. Roberto Sosa decía una cosa con la que no estoy de acuerdo: ninguna mujer ha podido insertarse en la poesía nacional, además masculina, como Clementina, y cómo lo hizo, mediante el erotismo, mediante sus figuras eróticas. Pero yo también siento que lo hizo desde Canto a la encontrada patria y a su héroe. Y no solo se le encasilla en lo erótico, sino también como la mujer de mundo, la mujer pública, la mujer a la que le gustaban los hombres… Y así dice en los textos: “a Clementina le gustaban los hombres, ojo con que fuera lesbiana, se vestía con estas ropas…”, y eso qué nos interesa. Yo creo que esa gran figura de Clementina hay que recuperarla desde una perspectiva mucho más sería, mucho más cercana, y que sirva para que otras mujeres escritoras puedan construirse no tanto desde su personalidad, sino desde su obra, y cómo su obra en ese contexto, el de la dictadura, rompe con esa moral, porque para mí el valor del erotismo está en cómo rompe con la moral. ¿Cómo evitar que lo erótico se convierta en algo vulgar, como en el caso de algunas de nuestras escritoras? Ese es el tema fundamental. Es el trabajo que hay que hacer. 

Yo siento que las mujeres escritoras, y te hablo de mujeres porque yo siento que nuestra realidad es un poco distinta, tenemos que empezar a hacer escuelas de escritura. Y no es que esté sesgada, porque cuántas mujeres había estudiando Letras cuando nosotros estudiábamos, y la mayoría de las que había era porque les interesaba dedicarse al magisterio, pero cuántas eligen voluntariamente estudiar Letras por amor a la palabra. Yo creo que una cosa fundamental para nosotras las mujeres es la lectura, leer a otras mujeres, leer a hombres y leerlos de forma seria. O sea, cuántas compañeras han leído a Coetzee, a Doris Lessing, yo sé que algunas y que algunas escriben, y algunas han leído a Lucila Gamero, pero el reto es: ¿cuando leemos Blanco Olmedo, hacemos un análisis crítico de esa obra o nos quedamos con el tema del amor romántico? Yo siento que lo que no se ha hecho es el análisis crítico de las obras. Vos ves a Clementina, a Lucila Gamero, a Argentina Díaz Lozano, están allí, encasilladas en lo romántico, que es parte del erotismo, porque para mí el erotismo es parte de ese amor romántico que nos han vendido como lo ideal en esta sociedad y aún en la literatura.

En el cuento “Infinito”, la abuela, que ha sido toda su vida sumisa, se vuelve senil y empieza a irrespetar la figura del abuelo, y la narradora, orgullosa, la compara con una furia griega. Hablanos un poco de la relación que hay en este relato entre el ejercicio de la libertad de la mujer y la locura o la pérdida de la razón.

Yo no creo que sea propio de las mujeres. Yo creo que la locura, el estado alterado de conciencia, en cualquier persona, te lleva a tener poder, porque realmente a una persona loca, loca, loca no sabés cómo tratarla, nuestro sistema de normalidad no está preparado para eso. En el caso de este personaje, la locura la destapó, pero puede ser que para otros sea el ejercicio de su sexualidad. Pienso en un caso concreto que podría ser fantástico, en el caso de una mujer que se encuentra por primera vez como lesbiana y empieza a sacar todo lo que ha tenido guardado por mucho tiempo… qué sé yo… hay tanto, tanto. Yo siento que el término liberación femenina no está bien usado… porque es como si te lograras liberar de una vez, estás preso en un ataúd y te liberás para siempre, y eso no es cierto porque siempre vas con ataduras por la vida y eso es para hombres y para mujeres, porque yo soy medianamente libre, pero tampoco tan libre, porque yo no puedo hacer lo que quiero, yo no puedo acostarme con quien quiera a cada rato. ¿Qué es eso de la liberación femenina? Lo que sucede es que vamos conquistando ciertos derechos, pero siempre tenemos ataduras, porque vivimos en un mundo mixto donde tenemos compañeros, hijos, novios, compañeros, amantes, padres, etc. Yo siento que la locura es un elemento más de esa posible liberación. Claro, cuando alguien está senil, como en el caso de la abuela, ya no tiene mucho que perder y puede soltarse y decir todo lo que ha tenido guardado durante mucho tiempo. Para mí, que he bordeado varias veces la locura, la locura es una cosa muy poderosa que además te rompe los diques, que además te traslada a otro nivel, casi de dios, porque nadie sabe cómo tratarte. 

Pero también es un estigma. Si una mujer por el ejercicio de su libertad es tratada como loca, esto es una forma de reprimirla.

Yo me acuerdo que cuando estudiaba Letras yo era vista como la loca… El pelo, la vestimenta, el personaje que era se perdonaba porque yo estaba loquita… y es eso: cuánta libertad podés ejercer realmente. Ahora, yo siento que la locura es más permitida para la mujer que para el hombre, porque el “hombre es el responsable de que la sociedad camine, de las familias”, etc. Fijate, ahora que me preguntás eso me doy cuenta, en el caso mío, en el caso de mi familia, las mujeres han logrado libertad a través de la locura. Yo tuve una tía a la que le mataron el novio, la misma familia, y a la semana se volvió loca. Era una maestra, te estoy hablando de 1930 tal vez, y ella se desnudaba, salía a la calle y empezaba a tirarle el calzón a cualquiera y el brassiere a cualquiera. Era una mujer súper conservadora, se enamora de un hombre y le dicen no puede andar con ese hombre y se lo matan en una semana, y entonces ella dice a la mierda, ahora le voy a dar mi sexualidad a quien putas quiera. No sé si realmente perdió la razón, lo que sí sé es que fue una forma de revelarse. Qué hicieron, hubo un castigo, claro. El fantasma de la locura siempre nos ronda a algunas personas y algunas mujeres, porque bueno, tengo que estar loca para decir tal y tal cosa… incluso en la familia se dice es que esa se pone loca a veces, le agarra la locura.

¿Recordás el cuento “La máscara”, sobre una niña agredida? Hablanos un poco de esa máscara o coraza que construyen algunas mujeres. A vos, para el caso, ¿cómo te limita?

Primero te digo que la del cuento soy yo. Esa máscara yo la construí durante mucho tiempo… eh… es difícil hablar de experiencia personales, por eso la literatura te da ese extrañamiento, y creo que es también una realidad de muchas mujeres que poco lo hablan, y más de muchas niñas, y cuando ves en los periódicos niñas de 11 años embarazadas… eso es incesto. Para mí la literatura fue una tabla de salvación, me salvó la vida, y no solo físicamente, sino emocionalmente, con la lectura, con esa posibilidad de trasladarte a otro mundo y, además, crear otro mundo diferente. Esa máscara, fundamentalmente la máscara de la violencia, de la violencia sexual, física, doméstica, la he ido trabajando poco a poco; yo creo que una cosa fundamental para las mujeres es encontrar espacios de autoayuda, de apoyo psicológico, de acompañamiento con otras mujeres. Esto es una realidad, y alguien que pasa incesto, por ejemplo, está marcada, y hay un responsable y hay muy poca sanción social. En este sentido el truco, la magia es cómo no perder la alegría de vivir, cómo encontrar esta alegría entre tanta tristeza, cómo sobrevivir. Yo encuentro la magia precisamente en la locura, en la literatura, en la medio locura que me dan ciertos espacios, en mis compañeros, compañeras, amigas, en esos otros mundos posibles, y también creo que en los amores. Saber y amar desde otro sitio te da esa alegría de vida, encontrar alguien que te ame, que te ame bien, los hijos, las hijas. De eso se trata, de cómo no dejás que esas cosas te venzan, destruyan todo lo positivo que podás tener. Se oye como muy autoayuda, muy Paulo Coelho, pero se trata de cómo te agarrás… te agarrás de la vida, porque querés estar viva, yo quiero estar viva y feliz.

Respecto a lo de la máscara, hablando del tema de literatura, siento que me ha costado mucho, que me ha costado construirme no solo como escritora, sino como feminista; estas deberían ser dos cosas aparte, pero incluso se me ataca en eventos públicos, literarios, por mi condición de feminista, cuando no tiene nada que ver una cosa con la otra. Eso es para que veás qué pijeado es. Me ha costado mucho, porque se dice que las mujeres no pueden escribir, y vos tenés que demostrar que lo podés hacer, sin embargo, para mí se trata de cuánto amás lo que hacés y para mí la literatura es mi amante, la amo, le saco horas del tiempo que no tengo, así que para mí es una relación como cuando tenés un amante, a escondidas, en la noche, es una relación totalmente pasional.

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Foto: David Romero (El Heraldo)
Jessica Sánchez nació en Lima, Perú, en 1974. Nacionalizada hondureña. Es licenciada en Letras y Lenguas por la UNAH-Valle de Sula e Integrante de la Red de Escritoras y Artistas Feministas. Publicaciones: Antología de narradoras hondureñas (compiladora, 2005) e Infinito cercano (2009). Ha aparecido en las siguientes antologías: Mujeres poetas en el país de las nubes y Entre el Parnaso y la Maison: narrativa de la costa norte (2010). Actualmente es coordinadora del Diplomado en Género y Políticas Públicas de la UNAH.

07/07/2012

Un cuento inédito de Giovanna Rivero

Fusión

Infografía: María Eugenia Ramos


Va ser difícil sacar a la niña en este caos. ¿Qué puedo decir? ¿Que es mi hija, mi nieta, mi pariente? Kazuo me contactó precisamente porque confiaba en mí y quería que la niña estuviera a salvo, que tuviera una vida normal. Nos conocíamos desde la guerra y aunque éramos de bandos enemigos, las circunstancias transformaron nuestras posiciones. Él defendió mi condición de prisionero y por eso regresé a Utah a fines del cuarenta y cinco casi sin un rasguño. Además, no estaba en el frente, mi misión era importante pero no ofensiva: emitía mensajes por radio en idioma navajo. Luego Kazuo me explicaría su conmoción y pena al saber que yo, en realidad, era un poeta, un poeta indio, y no había tenido muchas opciones. O la guerra o la eterna vergüenza.

Mitsuko es su nieta y, según Kazuo, ya la han detectado. Kazuo quería que yo la llevara conmigo a América para salvarla de un destino que parece seguro: la entrenarán en la base nuclear. No solo en Japón o Rusia o Ginebra ‒había leído informes confidenciales‒, sino en lugares recónditos como Bolivia, en una zona convenientemente turística llamada Samaipata, se hacen experimentos con máquinas de aceleración de partículas. Los avances son significativos, pero aún no se controla el factor de la reversibilidad. En Ginebra, por ejemplo, la Máquina de Dios condensa las partículas obteniendo cantidades importantes de masa atómica, pero la reversibilidad no es perfecta, no basta con diluir la masa flamante en ferro fluido, eliminando las características iniciales. Esto significa, en otras palabras, que los ansiados viajes en el tiempo tienen todavía una larga carrera de obstáculos por resolver. A lo mucho, uno se embarca en un One Way Trip. La niña, en cambio, posee la capacidad. Es una especie de Princesa del Fuego, para decirlo mejor. El fuego que destruyendo transforma  y transformando domina y en su soberbia obedece. El fuego azul, que es el primer fuego de todas las criaturas.

Un fuego que hace del tiempo una materia maleable. Ir, volver, descentrados del presente. Una flecha de dos púas.

Ahora, mirándola dormir, pienso en las palabras sencillas de Kazuo, “es tuya, acéptala”. Kazuo sufría los últimos estertores de un cáncer de páncreas, de modo que el terremoto solo actuó como lo haría la Máquina de Dios: acelerando el desenlace, volviendo al punto de partida, a la cuna del río. Ahora estoy solo y en problemas. La pequeña Mitsuko duerme con la placidez de sus siete años. La cabellera nocturna le enmarca la carita pálida, le otorga un aire de pubertad que me recuerda a la madre, Aoi, la hija primogénita de Kazuo, que jamás reveló la identidad del padre de la niña y con ese silencio murió en el parto. A Kazuo le preocupaba ese silencio inquebrantable, pero por algún motivo decidió que era mejor no indagar más.

Me acerco a la ventana. Estamos en el piso 28 de un hotel céntrico en Sendai. La nieve cubre la calle; aun así la gente pulula movida por la energía del horror. Es profunda esa energía, casi inhumana.  El Kosukai ha triplicado sus precios debido al costo de los motores que han debido activar para mantener el edificio con calefacción, pero no garantizan nada.

Mitsuko se mueve en la inmensidad de la cama, busco otra manta en el clóset y la cubro. Los párpados transparentes surcados de venas e inteligencia tiemblan, ¿qué estará soñando? Kazuo la imaginaba en América. No sé ahora si en verdad es una buena idea. La cooptarían igual, la exprimirían, le partirían el alma en mil como a una liebre para extirparle lo imposible. Ni siquiera podría traer de vuelta su pellejo, la hermosa cabellera, para arrojarla a una tierra que es de por sí una inmensa tumba.

Mitsuko se queja en una lengua distinta. No domino el japonés, pero tengo buen oído para distinguir los sonidos básicos de una lengua. Sentir una lengua ajena es como entrar en un bosque distinto y amistarte con sus lobos para sobrevivir.

Prendo un cigarrillo. La televisión emite imágenes mudas. La tierra rajándose, el eructo del agua, la súplica tonta del que va a morir. Yo conozco eso. La súplica tonta.

Quizás debería acostarme junto a la pequeña Mitsuko y dormir también, resignarme. Que la profecía nipona se cumpla y un remolino nos trague. Sin embargo, la voz del viejo Kazuo, “es tuya, acéptala”, me mantiene alerta, nervioso, quizás esperanzado, como en los viejos tiempos.

Mitsuko abre los ojos y dice:

私は飢えている



El Kosukai no está brindando servicio de cena a la habitación. Han prohibido usar los ascensores, y las escaleras están, por el momento, restringidas y vigiladas. Son, sin duda, estrictos con las leyes de emergencia social, aunque nada preguntaron cuando me registré con una niña de siete años en la misma habitación. Ahora Mitsuko tiene hambre y en el frigobar solo hay gaseosas. Ya no quedan chocolates ni bandejas de sushi. Hemos cenado durante tres noches nueces y barras dulces. Yo puedo aguantar con los cigarrillos, pero desconozco los poderes de la niña.

Le ofrezco agua mineral.

Mitsuko sujeta la botella con ambas manos y cierra los ojos de párpados transparentes, surcados de venas e inteligencias.

Suda. Un aura verdosa brota de la garganta. Ya me lo había advertido Kazuo. También se estremece suavemente, como una hoja. “No te espantes, mantente fiel”, dijo Kazuo. “Incluso el árbol inmutable, si lo miras mucho tiempo, sufre violentas transformaciones, cambios terribles. Mitsuko es más rápida, solo eso”, dijo.

El aura eléctrica me eriza los vellos, trepa por las lámparas y aniquila el televisor.

No podría ahora mismo decir cómo, bajo qué conjuros y concretas mutaciones, pero lo que era botella es en cuestión de segundos un caneco de arroz perlado, tupido, sobre el que Mitsuko se aplica usando sus deditos flacos como hashis. Come a una velocidad deliciosa, llena de esperanza.

Luego levanta el caneco y me convida.

Es un auténtico arroz. Tierno como los cereales de las praderas de Colorado. Nada que envidiarle a la Madre Tierra, ningún regusto a electricidad o a plástico o proteínas sintéticas, nada.

¿Cómo has conseguido… esto?

Ella dice que no sabe, Tierra o arroz o agua mineral, ¿no es todo lo mismo? ¿No somos todo lo mismo? Me da flojera pensar de otro modo, bosteza. Solo preste atención. Escuche.

Mitsuko esgrime su dedito índice como si fuese una antena captando ondas hertzianas en la lejanía.
Kazuo, mi abuelo, es ahora un copo de nieve. No debería preocuparse tanto, señor Yuma.

Intento no preocuparme. Visualizo praderas y cachorros. Lo que me tranquiliza, en realidad, es el trote silencioso del caballo de mi infancia. De modo que al amanecer aquello que ha dicho Mitsuko y lo que ha dicho Kazuo, “es tuya, acéptala, Yuma”, va confluyendo en la misma vertiente y entiendo lo que debemos hacer. Cuando un hombre entiende lo que se debe hacer no hay marcha atrás, incluso si el entendimiento del mundo es oscuro. Esto lo sabía antes de la guerra y lo sé ahora.

Desayunos en silencio con la técnica culinaria de Mitsuko. Y con la panza llena para no nublar los pensamientos, le planteo a la niña mi plan.

Mitsuko está de acuerdo, va a ser divertido, ya lo verá señor Yuma, se entusiasma. Dice que lo ha hecho antes, con su mejor amiga, que así jugaban bromas a las ancianas del barrio. Nunca las descubrieron.  Los turnos eran veloces, de segundos apenas, y las tontas ancianas se estrujaban los ojos con sus puños arrugados o escupían a un costado por si se trataba de un demonio. El juego, eso sí, tiene un límite, explica Mitsuko, la fusión más larga dura la mitad de un día, nunca ha conseguido un día completo. ¿Será suficiente?

Mitsuko se aprieta contra mí. No me llega ni al pecho.



En el aeropuerto la gente se agolpa en los mostradores dispuesta a pagar miles de yenes por salir de Sendai.  Las noticias son devastadoras. Un enorme dragón acecha hambriento convulsionándose bajo los mares y será cuestión de horas antes de que todo Japón sucumba. América es el destino apetecido. Y luego Londres.  Un grupo de brasileños protesta porque su ruta de vuelo no está entre las prioridades, necesitan de un pasajero más. Con el temporal, el vuelo toma 18 horas y una obligada escala en la Guyana Francesa. Decido que es el lugar perfecto para llevar a Mitsuko, siempre y cuando todo salga bien y un cambio de planes en la duración del vuelo no la obligue a imponer sus partículas infantiles sobre las mías, anulando la necedad de mi carne envejecida.

Yo voy a Brasil, levanto con insospechada agilidad mi mano, que ahora es blanca, como si nunca hubiera trabajado.

¿Coronel Yuma?, confirma la agente de la aerolínea. ¿Alguien más con usted?

Nadie, nadie más.

Miento. Guardo el secreto de la verdad. Y me siento travieso, como hace incontables lunas, niño otra vez, apenas protegido por el cuero todavía fresco de algún animal, galopando sin el permiso de Black Hawk, mi padre y el padre de todos, en los campos de Ojo de Oso, entre la nieve y las estrellas, en el calor y en el frío, listo para enfrentarme al enemigo.

La agente me alcanza el pase a bordo. Me cuelgo al hombro la mochila y camino rápido por los aterrados pasillos del aeropuerto. Camino casi a saltitos, como si la vida comenzara. Mi garganta comienza a cantar una ronda en japonés, una canción que nunca había escuchado, quizás se trate de una canción de despedida.

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Foto: María Eugenia Ramos
Giovanna Rivero (Santa Cruz, Bolivia, 1972). Libros publicados: Relatos: Niñas y detectives, Bartleby Editores (Madrid, 2009). Las bestias (1997, Premio Nacional de Literatura), Sentir lo oscuro (2002), Contraluna (2005), Sangre dulce (2006). Novelas: Las camaleonas (2001) y Tukzon, historias colaterales (2008). Cuentos para niños: La dueña de nuestros sueños (2002). Ha obtenido los premios de cuento Presencia (1993) y "Franz Tamayo" (2005). Cursó la Maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Florida, EE.UU. Figura en la antología latinoamericana El futuro no es nuestro (2009) y participó en el programa "Escribir en residencia" auspiciado por la Universidad Alcalá de Henares. En 2011 participó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, como una de los "25 secretos literarios mejor guardados de América Latina". Reside en Gainesville, Florida.

Giovanna Rivero describe así su relación con la literatura: "Soy escritora. Lo soy desde niña,  nueve, diez años, cuando el mundo de los grandes me parecía fascinante, terrible e inalcanzable. Precoz como era, necesitaba dar ese salto, encontrar el modo de hacerlo sin esperar un montón de años,  y entonces entender qué significaba ser grande, qué oscurísimos secretos se develaban con el conocimiento de los adultos, qué tenía el mundo para mí y yo para el mundo. No sabía que ese contacto vital que yo anhelaba se llamaba experiencia, y por tanto dolor y placer y amor. Me di cuenta de que inventando podía tender aquel puente hacia la adultez. Reemplacé la experiencia con la ficción. Y claro, salieron monstruos. Pero eran míos." 



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01/07/2012

Un cuento de Roberto Martínez Bachrich: Wave

Sobre Roberto Martínez Bachrich, el blog de la Cooperativa Editorial "Lugar Común" (muy buen ejemplo, por cierto, de lo que puede hacer una iniciativa colectiva independiente) dice lo siguiente:
Roberto Martínez Bachrich (Venezuela) y 
María Eugenia Ramos (Honduras) en la FIL 
Guadalajara 2011.
"Nacido en Valencia, en 1977. Narrador, poeta y profesor de la Escuela de Letras de la UCV. Magíster en Técnicas de la Narración por la Scuola Holden (Turín, Italia) y en Estudios Literarios por la misma UCV. Autor de los libros de relatos Desencuentros (Gobernación de Carabobo, 1998) y Vulgar (Universidad de Carabobo, 2000), además del poemario Las noches de cobalto (Funsagú, 2002). Algunos de sus relatos y poemas han aparecido en las antologías De la urbe para el orbe (Alfadil, 2006), Próximos (Embajada de Venezuela en China, 2006), Tatuajes de ciudad (Sacven, 2007), Carne de exportación (Funcas, 2008), la versión digital de El futuro no es nuestro (Pie de Página, 2008), En obra (Equinoccio, 2009) y El océano en un pez (Arte y Literatura, 2011). Su obra ha merecido el Premio de Cuento de la FHE de la Universidad de Carabobo (1996); Premio Bienal de Narrativa “Rafael Briceño Ortega” (1998); Premio de poesía “Vox Novula”, UCAB (1999) y Premio de Cuento Breve 1999 de la UCV. Con el libro Tiempo hendido: Un acercamiento a la vida y obra de Antonia Palacios, obtuvo el X Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana 2010. Forma parte de nuestro catálogo con Las guerras íntimas, su tercer libro de cuentos. Gracias a este título fue seleccionado como uno de los 25 secretos literarios mejor guardados de América Latina en la FIL Guadalajara de 2011."  
Se ha dicho de la narrativa de Roberto Martínez Bachrich que reúnen todas las características del cuento clásico: brevedad, intensidad y sorpresa, además de un uso magistral de las técnicas narrativas. Así lo demuestra sin lugar a dudas el cuento que transcribo a continuación.



Wave
Agora eu já sei
da onda que se ergueu no mar
e das estrelas que esquecemos de contar
o amor se deixa surpreender
enquanto a noite vem nos envolver
Antonio Carlos Jobim

Somos jóvenes e inconscientes, Verónica y yo, y siempre hemos estado orgullosos de ello. Será por eso que no nos costó ningún trabajo mentirle a nuestros padres. Verónica le aseguró a mi mamá que no iríamos a la playa, que por nada del mundo se nos ocurriría –con los indicios de esa horrible tormenta que se aproximaba a la costa– acercarnos al mar, que no, que nos quedaríamos en casa de su tía Carmelina en Coro, y que dedicaríamos el fin de semana a pasear por la zona colonial y conocer la ciudad. Por otro lado, yo le juré al padre de Verónica que no tenía de qué preocuparse, que nos quedaríamos con mi tía Dulce y mis primas, nada de playa, porque la verdad es que yo detesto el sol y el pegoste de la arena, además, las playas de por allá están llenas de aguamalas en esta época y a mí esos bichos viscosos me dan un poco de tirria, pero sobre todo, la amenaza de que el huracán Sabrina llegue a las costas falconianas me aterra en demasía (con frecuencia tengo pesadillas al respecto). En fin, dijimos, Vero y yo tenemos toda una vida por delante para estar corriendo riesgos estúpidos y arruinar nuestro futuro con cualquier imprudencia. Nuestros viejos quedaron absolutamente convencidos y aliviados, así que Verónica y yo agarramos autopista.

Apenas llegamos a la posada en Adícora, y después de dejar el perolero, nos ponemos nuestros trajes de baño y tomamos la carretera hacia las playas del norte de la península. El clima luce perfectamente normal: el calor espeso de siempre y la ventisca salada propia de cualquier zona costera. Le pregunto a Verónica si Playa Blanca o Saledales, le toca decidir a ella, porque yo elegí la posada. Vero me ausculta de cabo a rabo y decide que Playa Blanca, arguyendo que eso de que los médanos acaben en el mar es profundamente romántico y hermoso. A mí me parece perfecto, pero no sólo por las razones de Vero, sino porque en Saledales siempre hay demasiada gente y eso significa someternos al recato y la castidad, cosa poco deseable teniendo a mano los senos erectos y recién operados de Verónica. Tontamente me sonrojo y rápido vuelvo a mi color. Lo sé: frente al mar el deseo se duplica. Hay algo en el aire marino que arranca todas las costras de la costumbre: el agua salada parece inducir irremediablemente a los juegos del cuerpo, el mar nos hace sensuales. Y esto se convierte en toda una delicia cuando la cosa va un poco más allá de un par de senos perfectos: es el amor, tan ardiente como un erizo de morcilla tapatía, tan dulce como un delfín de crema pastelera vienesa, tan sabroso y envolvente como un pulpo de piña colada, tan grande como una ballena de eucaliptos. Sí, el aire marino duplica la mil veces reformada y empalagosa sintaxis del bobo amor.

Nos detenemos en una licorería del camino para apertrecharnos de bebidas. Me toca decidir a mí, así que escojo ginebra y jugo de naranja, aunque sé que Vero hubiese preferido vodka con limón, pero se sabe que el limón en la playa mancha e imagino que las comisuras de los labios de Verónica oscurecidas no deben ser tan apetitosas. Luego seguimos y ella descubre, a mitad de camino, un pequeño restaurante que le parece muy pintoresco. Me sugiere que almorcemos allí y le digo que mejor en la playa, en cualquier quiosco a la orilla del mar, pero me mira severamente y dice que le toca decidir a ella la suerte de nuestro almuerzo. Acepto un poco fastidiado, porque la verdad me muero de ganas de acostarla inmediatamente en la arena y besarla, acariciarla de polo a polo, lamerle cada resquicio y hacerle el amor hasta que caiga la noche para terminar contando las estrellas en su mirada; pero lo de acatar las decisiones intercaladas siempre ha sido la única ley de nuestra relación y, además, eso me da el poder de decidir con exactitud lo que haremos cuando la playa esté, finalmente, frente a nosotros.

Almorzamos sin demasiado apetito porque la comida no está muy buena y el zumbido de una radio ruidosa cuya señal va y viene mantiene ocupado al único mesonero del lugar, completamente abstraído con las noticias de la tormenta. Luego proseguimos nuestra ruta y, unos metros más adelante, unos guardias nos detienen intentando cerrarnos el paso y queriendo alarmarnos con el asunto del huracán. Yo les digo que vamos a buscar a mi tía Dulce, la pobre, que vive sola en el próximo caserío y debe estar muy asustada —es una señora bastante mayor, comprendan— con el asunto de Sabrina. Así que nos dejan pasar y un par de kilómetros más allá, Playa Blanca aparece ante nuestros ojos completamente sola y paradisíaca. Estaciono el jeep al borde de la carretera y atravesamos a pie los médanos que nos separan del mar. La ventisca salada ha aumentado un poco y el sol parece demasiado adormecido para ser mediodía. Verónica comienza a decir que quizá sí sea peligroso todo aquello, que si no sería mejor devolverse y dejar lo de la playa para otro día, que de cualquier forma tenemos la posada para divertirnos de lo lindo los dos juntos, pero yo le estampo un largo y cálido beso en la boca y le aseguro que no tiene la más mínima razón para preocuparse, que está conmigo, que no nos va a pasar nada y que la arena de Playa Blanca es mucho más cómoda que nuestro triste catre en la posada. Mi deseo efervescentemente animal, sin embargo, no durará mucho rato. Apenas estamos frente al agua el sol parece ocultarse por completo en una densa y oscura nube. El mar está picado y la ventisca se ha convertido en ventarrón. Nos detenemos y Vero me abraza asustada. El viento va tomando fuerza y en cuestión de segundos el último médano antes del agua comienza a desplazarse hacia el punto en el que estamos. Verónica se sume en una extraña tembladera y a mí me invade un hondo y paralizante desconcierto. El agua se revuelve furiosa y a cada minuto nace una nueva ola inmensa que revienta a pocos metros de nuestra parálisis. Vero me exige que nos vayamos y algunas lágrimas que la tolvanera hace desaparecer en milésimas de segundo brotan de sus ojos. Intentamos retroceder, llegar hasta el jeep, pero la carrera es inútil. Los médanos han decidido fundirse al mar y corren en sentido contrario a nuestra huida. Avanzamos tres pasos y un gran médano informe en perpetuo movimiento nos devuelve al mismo punto. Verónica comienza a llorar de pánico mientras su mirada se desfigura. Lo seguimos intentando, jadeantes, y todo es inútil. El mar convulsiona ferozmente, las olas –cada vez más voluminosas– chocan entre sí y producen un estrépito espantoso. Mi carro, que apenas se divisa con el arenero en el aire, desaparece de pronto sepultado por un médano. Verónica me abraza con esa fuerza sobrehumana que otorga el desconsuelo. Y nos quedamos allí, parados, en medio de las cachetadas de arena y el rumor terrible de las olas. Al coro se unen, ahora, montones de truenos que revientan incansables en la bóveda celeste. Y de repente estalla un aguacero que parece fracturar el firmamento y echarlo abajo a líquidos pedazos. Entonces el mar parece abrirse, las aguas ensayan una horrible contracción y bajan hacia los lados, dejando en el centro de nuestra visibilidad un lejano y misterioso islote azul que hace coagular en el viento un silencio siniestro. En ese instante nos damos cuenta: es la ola que crece. Una ola enorme, monstruosa, que marcha a toda velocidad hacia nosotros y parece rasgar el aire a su paso produciendo un sonido seco y estruendoso, un rugido insoportable. Es la misma ola con la que yo he soñado tantas veces antes, es la misma pesadilla recurrente, que se repite con una rigurosa y macabra perfección en la realidad: yo, abrazado al cuerpo de una mujer de firmes senos (en el sueño la mujer no tenía cara, no podía saber que fuera Verónica), viendo la ola venir, aterrados los dos, paralizados ante el horror final. Entonces sé que esta vez no despertaré. Y me toca decidir a mí cómo ponerle fin a todo esto: si dejándonos arrastrar, aplastar y ahogar por la ola o entregándonos a la sepultura del inmenso médano blanco que se desplaza furioso desde el otro lado. “Paso”, pienso, pero ya no puedo decírselo a Vero.

(De Las guerras íntimas, Editorial Cooperativa Lugar Común, Caracas, 2011.)
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